| Diario Ámbito Financiero
– 2 de febrero de 2005
Revelan testimonios de niños
escondidos en el Holocausto
por Máximo Soto
Diana Wang, psicóloga y actual presidente
de la asociación “Generaciones de la Shoá en
la Argentina”, ha logrado en su libro Los niños
escondidos. Del Holocausto a Buenos Aires, el testimonio de
los sobrevivientes secretos de aquella tragedia, los chicos que,
rescatados milagrosamente del nazismo, encontraron su salvación
en la Argentina. Dialogamos con la escritora.
Periodista: ¿De qué trata Los niños escondidos?
Diana Wang: Son niños testimoniando la historia
del holocausto, cada uno contando su propia historia.
P.: ¿Su interés tiene que ver con
que es psicóloga?
D.W.: No, dejé toda lectura psicológica
a un costado. Traté de que el libro fuera lo más fáctico
posible, que es lo que tiene fuerza. Son historias de vida de 30
chicos que tenían entre cero y 16 años al comienzo
de la ocupación nazi. Son los niños judíos
en el holocausto, pero es también el tema de los chicos en
las guerras, es una historia universal.
P.: ¿Qué edad tenían cuando
los entrevistó?
D.W.:Entre 65 y 80 años. Coordino un grupo
de sobrevivientes y de hijos de sobrevivientes hace años,
porque también soy hija de sobrevivientes. Tenemos la asociación
“generaciones de la Shoá en la Argentina”, que
en este momento presido, y tengo a los protagonistas al alcance
de la mano. Tuve la enorme ventaja de una confianza mutua. Cuando
les propuse hacer un libro se mostraron menos asustados que hace
unos años, cuando les propuse hacer una película.
P.: ¿Cuál fue la reacción
ante aquel film?
D.W.: Me miraron como si estuviera totalmente loca,
pero la película se hizo. Es el documental Aquellos niños
(2001) que dirigió Bernardo Kononovich.
P.: ¿Cómo organizó Los
niños escondidos?
D.W.: Por distintos temas. Empiezo ubicando quien
era cada uno, como eran sus familias que provienen de distintos
países, de distintas extracciones económico, socioculturales,
religiosos y no religiosos, de izquierda y de derecha, hay de todo.
Ofrece un fresco de la vida en Europa y el trayecto de cada uno,
y un tema central es el de los salvadores.
P.: ¿Qué caso más la conmovió?
D.W.: Todos, son 30 historias de cómo llegaron acá,
qué les pasó. Un caso: Rosi, Rosita, la más
chiquita de todos los que dieron testimonio. Nació en 1941
en el gueto de Varsovia, los padres se casaron cuando el gueto estaba
cerrado. Cuando tenía seis meses los padres se dieron cuenta
de que allí la vida era imposible. La contrabandearon fuera
del gueto, entregándola a una cuñada que estaba viviendo
como católica fuera de allí, y le perdieron el rastro.
Terminó en un orfanato de monjas polacas en Varsovia, sin
saber cual era su nombre real. La madre murió. El padre se
volvió a casar y con su nueva mujer comenzaron, después
de la guerra, a remover cielo y tierra. La encontraron milagrosamente
en ese orfanato que había recibido a niños judíos
durante el nazismo, y la devolvieron a su padre. Vivieron un tiempo
en Francia y luego llegaron a la Argentina. No sabía nada
de nada, dónde había estado, qué había
pasado. Rosi hoy es doctora en bioquímica, una profesional
destacada. Hace unos diez años fue a Canadá a un Congreso,
y en una de esas horas muertas de los congresos científicos,
escuchó a unas mujeres hablar en polaco y, como ella habla
polaco, se puso a charlar con ellas, a contar su historia y una
mujer, que no podía parar de llorar, le dijo: “Yo también
soy judía, yo también fui escondida en un convento
en Varsovia y creo que es el mismo en el que vos estuviste, y como
era más grande tenía que ocuparme de los bebés
recién llegados, probablemente fui la que te cuidó
a vos”.Y le contó todo lo que Rosi no sabía.
Esa es una de las historias de Los niños escondidos.
P.: ¿Cómo son las otras historias?
D.W.: En esa es donde menos se cuenta la guerra,
después hay historias de los más grandes, de los que
tenían 14, 15, 16 años. Dos estuvieron en Auschwitz,
otros anduvieron deambulando y haciéndose pasar por católicos.
Pero siempre hubo alrededor alguien que tendió una mano,
que se arriesgó y esta es una de las lecciones que todavía
tenemos que aprender. De cualquier modo, el momento más terrible
es la separación de sus padres, más que cualquier
dolor, más que el hambre, cuando pierden el referente adulto,
y la pregunta: ¿por qué me pasó lo que me pasó?,
y la indiferencia del mundo, como dice el tango.
P.: ¿Cómo sienten aquellos niños
a la Argentina?
D.W.: En cada uno es diferente. Lo primero es el
agradecimiento por haber podido desarrollar sus vidas, por haberse
integrado a una vida normal. Pero también está que
tuvimos que entrar a la Argentina mintiendo nuestra identidad y
nuestro origen, porque llegamos entre el 46 y el 52, y si uno era
judío no lo dejaban entrar y teníamos que decir que
éramos católicos.
P.: ¿Relaciona esas historias con La
vida es bella?
D.W.: Para mí, La vida es bella
no es una película sobre el holocausto sino sobre lo que
los padres somos capaces de hacer por impedir el sufrimiento de
nuestros hijos. Esos niños en gran parte sobrevivieron porque
los padres hicieron lo de La vida es bella, y cosas más absurdas
e increíbles. Yo tengo un hermanito perdido. Cuando los niños
eran pequeños y los padres tenían que esconderse,
como sucedió con los míos, no podían llevar
a los más chiquitos porque no podían permanecer en
silencio. Cuando se tiene que estar escondidos dos años,
como le sucedió a mis padres, a un chico le es absolutamente
imposible. Los padres buscaban desesperadamente familias donde dejar
a su hijo con la convicción de que el chico se iba a salvar.
Mi papá contaba cómo le enseñaba a mi hermanito
a no mostrar el pito, porque estaba circuncidado, le inventaba jueguitos
cuando tenía dos años para que hiciera pis tapándose,
para que no se viera que era judío. Son cosas más
locas que las que cuenta Benigni en La vida es bella.
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