Los padres subversivos educan a sus hijos para la subversión. Eso hay que impedirlo.” El autor de la frase es nada menos que el general Ramón Camps, jefe de la Policía de la provincia de Buenos Aires y jefe de uno de los mayores circuitos represivos durante la última dictadura militar. Lo dijo en una entrevista publicada por un diario español en 1984.
Ese fue el plan. Y así lo denunciaron en los años de plomo aquellas mujeres de pañuelo blanco en la cabeza. Eran madres y abuelas buscando a sus hijos, buscando a sus nietos.
Desde entonces mucho ha cambiado en la República Argentina y así como en el inicio de la democracia fue histórico el juicio a las Juntas lo será también el juicio por el plan sistemático de robo de bebés que podría haber tenido lugar este año pero que quedó pendiente para 2009. En el banquillo estará sentado, otra vez, Jorge Rafael Videla, ex presidente de facto, que hoy cumple su arresto en Campo de Mayo.
Puesto en práctica por militares y demás fuerzas de seguridad, el Proceso de Reorganización Nacional, que instauró la represión, secuestro, tortura y desaparición forzada de personas como método, incluyó la detención de mujeres embarazadas y de hombres y mujeres junto a sus hijos, fueran estos bebés, niños pequeños o adolescentes y también el asesinato de muchos de ellos. En este contexto, pocas mujeres embarazadas fueron liberadas con vida y sólo tres mujeres detenidas junto a sus hijos sobrevivieron. La última en encontrar a su hijo fue la uruguaya Sara Méndez, que a principios de 2002 conoció a Simón, y Simón, con el nombre de Aníbal, habló por primera vez en el libro De vuelta a casa.
Los que pensaban como Camps se equivocaron al creer que en los nuevos “hogares” los chicos permanecerían ocultos para siempre y crecerían con las mismas convicciones ideológicas que sus apropiadores. La sociedad argentina cambió, los bebés crecieron y muchos, la mayoría, eligieron su propio destino. La democracia ya lleva 25 años y ellos tienen alrededor de 31.
UN TRIUNFO DE LA DEMOCRACIA
En el ámbito de la Justicia, como en la sociedad, cambiaron algunas cosas. Si durante los años de la dictadura fueron pocos los jueces que apoyaron la búsqueda de los bebés y niños robados, en los años de la democracia la situación se revirtió. En 1978 la Corte Suprema, por ejemplo, se declaró incompetente ante un pedido de las Abuelas para que se prohibiera dar en adopción a niños registrados como NN y la Corte actual estaría a punto de fallar a favor de la extracción de muestras de ADN por métodos alternativos, es decir, los allanamientos que permiten recolectar elementos personales.
Los primeros niños fueron encontrados entre 1979 y 1980. La mayoría de los 95 hallados recuperaron en cambio su identidad en plena democracia.
Siendo menores de edad, el primer escollo fue la obvia resistencia de quienes tenían a los niños, como el caso de aquellos que se fugaron. El otro problema, el de la certificación de la identidad de los pequeños, fue salvado a partir del trabajo de los científicos que a través de los exámenes de histocompatibilidad (HLA) primero y luego con las avanzadas técnicas de ADN permitieron aclarar dudas o confusiones y dar índices casi perfectos de certeza.
Mientras los niños fueron menores de edad la Justicia podía decidir por ellos. Pero los chicos crecieron y estos procedimientos fueron puestos en duda, muchas veces por las propias víctimas.
Un caso en particular cambió la perspectiva. Fue el de los mellizos Matías y Gonzalo criados por el ex subcomisario de la Policía Federal Samuel Miara. Los encontraron en 1984 pero cuando se estableció que eran Reggiardo Tolosa, luego de que los Miara fugaran a Paraguay y de un larguísimo periplo judicial que ordenó su restitución cuando ya eran adolescentes, fueron ellos mismos quienes no quisieron separarse del matrimonio que los crió. Tan escandaloso y doloroso fue el proceso que la sociedad, los jueces y algunos comunicadores (que actuaron con evidente intencionalidad política) se encontraron frente al enorme dilema de qué debía hacerse. Los jueces, las Abuelas, las familias, los hermanos que buscan, aprendieron después de este caso a esperar sin resignar su pedido de verdad y justicia. Cuando un hijo-nieto es encontrado se intenta ahora que desee saber la verdad por su propia voluntad y sólo en casos extremos se apela a los métodos alternativos para la sustracción de sangre mientras que otros hijos-
nietos golpean con sus propias manos a las puertas de Abuelas para preguntar si pueden ser sus nietos.
En la presentación de De vuelta a casa, en noviembre último, Matías Reggiardo Tolosa venció sus temores, volvió a hablar después de quince años y dijo lo que sentía por sus verdaderos padres, María Rosa y Juan Enrique. Dijo que, a diferencia de ellos, él hoy puede decir lo que piensa en libertad. Y ya no defiende a sus apropiadores. Les habló también a los que tienen dudas sobre su identidad, a los más de cuatrocientos bebés y niños desaparecidos que falta encontrar: “Este es el momento para aportar mi grano de arena, para que mi historia y mi mensaje de amor que quiero transmitir haga que aquellos que no pueden dormir porque el miedo los acecha cada noche ante la duda de no saber quiénes son puedan vencer ese miedo, puedan cruzar la frontera hacia lo desconocido sabiendo que van a terminar a salvo ese viaje, sabiendo que enfrentarán momentos difíciles pero que serán felices de una forma que sólo puede alcanzarse cuando uno conoce íntimamente y abraza la verdad. Por eso mi testimonio, porque me siento muy conectado y consustanciado con aquellos que pasaron por algo similar y sufren, por eso mi deseo de abrazarlos, contenerlos y apoyarlos a todos. Y mi mensaje final es que el amor repara heridas que parecían imposibles de reparar”. A su lado, el diputado porteño Juan Cabandié,
que recuperó su identidad en 2004 y con quien jugaba de niño porque los apropiadores de ambos, miembros de la Policía Federal, eran amigos, lo felicitó y palmeó su espalda. Desde su butaca alzó la mano Alba Lanzillotto, que asistía al acto junto a Buscarita Roa en representación de Abuelas de Plaza de Mayo. Se puso de pie y dijo: “Matías, me has hecho muy feliz esta noche”. Y agregó: “Esperé muchos años para escuchar esto”. Alba aún busca a un sobrino. Aquella noche, Matías la abrazó, finalmente. Y también abrazó a Buscarita Roa. En ese abrazo, en ese reencuentro, la democracia
selló su certificado de madurez. A la mañana siguiente Matías me contó cuánto bien le hicieron esos abrazos.
Analía Argento