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Cuba libre
'Cuba libre. Vivir y escribir en La Habana' (Editorial Marea) es el libro que rescata el blog 'Generación Y', de la cubana Yoani Sánchez. Creado en 2007, el blog fue censurado en Cuba desde 2008 pero logró sobrevivir, recibir varios premios internacionales, ser traducido a 17 lenguas. Su autora, además, fue seleccionada por la revista Time como una de las 100 personas más influyentes del mundo. Ofrecemos un adelanto.
Por Yoani Sánchez
Introducción
(...)
Algunos de los que me saludan por la calle me preguntan por represalias, como si solo el golpe validara, o ser víctima fuera la condición indispensable para que me escucharan. No tengo moretones que mostrar, solo me fracturé un hueso una vez en mi infancia y durante años nadie tocó a mi puerta para advertirme nada. El machismo tiene un único lado positivo: enfrentados a la disyuntiva de a quién llevarse detenido, han venido todas las veces por mi esposo, Reinaldo. Mis ovarios son culpables, pero subestimados. Algo de ese menosprecio isleño hacia las faldas actuó como blindaje protector durante un tiempo. Hasta que en diciembre de 2008, le vi por primera vez el rostro a Fantomas. Una citación llegó a mi casa y en una sórdida estación de policía me advirtieron que 'había traspasado todos los límites'. Hace meses que sé que no hay retorno al mutismo.
Generación Y derritió la máscara que llevé durante muchos años y dejó a la intemperie un nuevo rostro que cada cual percibe a su manera. Las palabras vertidas en ese diario virtual no han tenido la carga pesada de los que han sido víctimas o verdugos, son –simplemente– los demonios liberados de alguien que se siente 'responsable' de lo ocurrido en su país. El blog me ha traído enemigos y fanáticos, insomnio y paz, la perenne zozobra de sentirme vigilada y la tranquilidad de quien no tiene nada que ocultar. El cartelito de enemiga del gobierno cubano no hay quien me lo quite, aunque yo he preferido ratificar que solo me siento una ciudadana. Tantos kilobytes utilizados me han reafirmado que no soy yo, ni somos nosotros, los que nos oponemos a algo, sino que es la realidad cubana –esa que describo en mis posts– la que se muestra profundamente contestataria, marcadamente opositora.
La Habana, octubre de 2009
Un día sin mercado negro
Intento imaginar unas increíbles veinticuatro horas en que no tenga que apelar al mercado informal. Qué tal un día sin la leche comprada a los que tocan a mi puerta y que suple la ausencia de lácteos –en el mercado racionado– para los que tenemos más de siete años y menos de sesenta y cinco. No concibo una jornada sin zambullirme en el mercado negro para comprar huevos, aceite o salsa de tomate. Incluso para adquirir un cucurucho de maní, debo pasar la línea de la ilegalidad.
Si estoy urgida de llegar a algún lugar, lo más probable es que tenga que montarme en un taxi sin licencia. Ni hablar de la amplia gama de trabajadores underground a los que tengo que apelar cuando se rompe la lavadora, se tapa la hornilla del gas o la ducha deja de funcionar. Todos ellos –en la sombra– apuntalan mí día a día y suplen los limitados servicios que brinda el Estado.
Hasta el periódico debo comprarlo, a sobreprecio, a los viejitos que –despiertos desde el amanecer– adquieren todos los ejemplares de Granma y Juventud Rebelde para revenderlos y compensar así sus reducidas pensiones. Eso sin hablar de las cosas 'innombrables' que nos provee el mercado negro y de los incontables 'ábrete sésamo' que nos proporciona un billete deslizado en la mano indicada. Pero lo más asombroso es la infinita capacidad de regeneración que nos muestran los vendedores informales después de que pasa una de esas frecuentes razias contra ellos. Yo no sé ustedes, pero yo no puedo vivir un día sin el mercado negro.
6 de enero de 2008
Pelo suelto
Muchos habaneros estamos desconsolados por el operativo policial que desmanteló va -rias redes de fabricación de platos, cucharitas y hebillas plásticas. En medio de una 'ofensiva contra las indisciplinas sociales', la Policía –después de caerles arriba a los 'buzos'– ha cerrado trece talleres y diez almacenes clandestinos donde se confeccionaban objetos de gran de manda popular. Los ilegales fabricantes no procesaban dro gas, ni traficaban con armas, sim plemente se dedicaba a pro ducir pozuelos, palitos de tendederas y pellizcos para el cabello.
Parece que perseguir más intensamente a los fabricantes privados forma parte de los nuevos cambios que tanto se exhiben hacia el extranjero. Por sí o por no, y como protesta ante esta razia, llevaré el pelo suelto por estos días. Es la forma que tengo de decirme 'Yoani, acostúmbrate a la desaparición de los accesorios que te permitían domar tu melena'. Por lo pronto, ya fui a comprar una espumadera de aluminio y una escoba nueva, que de seguro desaparecerán después de esta incautación. Los acongojados compradores de las vituallas plásticas, referiríamos que en lugar de una arremetida policial, los productores alternativos tuvieran la posibilidad de legalizar su labor. Si la ONAT11 los legitimara, entonces pagarían impuestos y podrían acceder a un mercado mayorista donde comprar la materia prima. En breve tiempo nadie querría pagar los elevados precios de productos similares en las tiendas en divisas y el Estado no tendría que importarlos desde tan lejos. Los delatores de siempre no tendrían que informar sobre quienes producen juntas de cafeteras, percheros y tapas para pomos. Eso sin hablar de mi pelo, que luciría una bella hebilla, de producción popular, comprada a un respetado productor por cuenta propia.
17 de junio de 2008
Lady, I love you
Espero en un banco del Parque Central a unas amigas, que ya llevan media hora de retraso. Ha sido un día duro y tengo pocas ganas de conversar con alguien. Un muchacho –que no rebasa los veinte– se me sienta al lado. Habla pésimamente el inglés, pero lo usa para preguntarme de dónde vengo y si comprendo el español.
En un primer impulso tengo ganas de decirle que se largue, que no estoy para 'jineteros' a la caza de turistas, pero lo dejo avanzar. No sabe que mi pálido pellejo lo he heredado de dos abuelos españoles, pero mi pasaporte es tan azul y nacional como el que tiene él. Si no fuera por su falsa apreciación de que soy extranjera, nunca se me acercaría. No soy un buen partido –eso se ve a la legua–, pero él calcula que aunque parezca una forastera pobre, al menos puedo generarle una visa para emigrar. Llega a decirme, estimulado por mi mutismo: 'Lady, I love you', y después de semejante declaración de amor, no puedo seguir conteniendo la risa. Le apunto en mi peor slang centrohabanero 'No gastes balas conmigo, que soy cubiche'.1 Se levanta como si lo hubiera picado una bibijagua y se va insultándome. Lo escucho cuando exclama en voz alta 'esa flaca parece yuma,2 pero es de aquí y vale menos que la moneda nacional'. Mi día ha cambiado repentinamente y empiezo a reírme sola en aquel banco, a pocos metros del Martí de mármol que adorna el parque.
La revancha le llega rápido al frustrado Casanova. Una nórdica en bermudas pasa por su lado y él le repite el mismo estribillo que me soltó a mí. Ella sonríe y parece deslumbrada ante su juventud y sus trencitas que terminan en cuentas de colores. Los veo irse juntos, mientras el ágil mancebo le declara su amor, en una lengua de la que apenas conoce una docena de palabras.
15 de enero de 2009
1 Cubana.
2 Nadie tiene una explicación convincente de la razón por la cual, en Cuba, esta palabra designa de forma cariñosa a los estadounidenses.
http://www.artemisanoticias.com.ar/site/notas.asp?id=44&idnota=6952
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