| Escrito con sangre
Cerca de la revolución
Hernán Brienza, el autor de "El loco Dorrego", dice
que el fusilamiento del prócer puede leerse como el acto
inaugural de la Argentina violenta
Lisy Smiles / La Capital
Hernán Brienza nació en 1971 y ese dato le permite
decir que es integrante de una generación particular: “Si
la infancia puede ser leída como un paraíso al que
se quiere regresar, el nuestro es un tanto violento y torrentoso.
Creo que por eso fui hacia Manuel Dorrego (1727-1828), para averiguar
el origen de la violencia en nuestro país”.
Pero esa no es la única razón que motivó a
Brienza a escribir “El Loco Dorrego” (Editorial Marea).
Hay otras, algunas más domésticas, como vivir en
la avenida Dorrego (Buenos Aires) y recordar que cuando era chico
preguntaba por ese prócer o cuando en plena adolescencia
escribió un cuento sobre su fusilamiento. Así, llegó a
razones más políticas: reivindicar dentro del relato
histórico la figura de ese hombre temperamental que no dudó en
sumarse a los ideales de la Revolución de Mayo, poner el
cuerpo a la Independencia, defender la república y sostener
un liderazgo con los que menos tenían.
“El Loco Dorrego” es una biografía histórica,
aunque dentro de la narración Brienza imprime pinceladas
que acercan el relato a ciertos mecanismos literarios. “A
medida que avanzaba, sentí que crecía la biografía,
es que para sustentar mi tesis respecto de Dorrego debía
aportar solidez, y para conseguirlo aposté a la prepotencia
de los datos”.
Romper la cadena
El reclamo que pretende Brienza es desmontar
determinados mecanismos históricos por los cuales el líder revolucionario
no aparece en la historia en el sitio que le corresponde. “Tanto
para la escuela liberal como para la revisionista, Dorrego fue
poco reconocido”, dice el periodista y politólogo.
Brienza busca crear un foco de tensión entre los eslabones
de cierta cadena histórica que conforman San Martín,
Rosas, Yrigoyen y Perón. Para él, tras “El
Libertador” debería estar Dorrego y da sus razones.
Claro, la tarea no es sencilla, su héroe no se la hace
fácil, nunca la hizo fácil. Demasiado liberal para
los nacionalistas, y con aroma nacionalista para los liberales,
declarado federal pero ferviente porteño, estudioso de la
Ilustración pero con un accionar político popular,
defensor de la república pero adherente a un proyecto americanista,
Dorrego deja fuera de escuadra a propios y ajenos.
A este ideario tan particular debe sumarse
a la vez su temperamento, que le valió la sanción de San Martín y Belgrano
por indisciplinado pero también le sirvió para ganar
el respeto militar y popular por poner el cuerpo ante el enemigo.
Sin embargo, ese carácter, a veces un tanto obstinado, lo
llevó a cometer errores y no escuchar consejos clave, que
podrían haber salvado su proyecto y, más concretamente,
su vida.
Pero su praxis política —según muestra Brienza
en su libro— lejos estuvo del pragmatismo o del sectarismo.
El 13 de diciembre de 1828 un pelotón al mando de Juan Lavalle
lo fusiló, tras una decisión sumarísima.
Esas balas que entraron de lleno en el cuerpo
de Dorrego no sólo
mataron al primer revolucionario que cruzó los Andes, sino
al soldado que permitió que el ejército de Manuel
Belgrano ganara batallas clave. Mataron también al "verdadero" mentor
de la guerra de guerrillas en Salta —como señala Brienza—,
al que soportó el destierro por denunciar connivencias de
las elites locales y potencias extranjeras, y al que fustigó sin
cesar a Bernardino Rivadavia.
Pero Brienza además de reclamar a través de su investigación
una revalorización de Dorrego advierte que el crimen perpretado
fue producto de un golpe de Estado que hará de preámbulo
a tantos otros que se derramarán sobre este país,
donde la violencia buscó silenciar las voces disidentes.
En diálogo con Señales, el autor de “El Loco
Dorrego” señala los aciertos y errores de este personaje
histórico, pero también lo dota de humanidad, de
imperfecciones.
—¿Qué significa para vos que este libro se
haya publicado en una colección que lleva por título
Pasado Imperfecto?
—La idea de pasado imperfecto, más allá del
juego de palabras, tiene que ver con un pasado que es de alguna
manera causa de este presente. También tiene que ver con
un pasado que no es revisado en toda la perfección que podría
haberse revisado, si es que un pasado puede revisarse con perfección.
En realidad, creo que el pasado está más para ser
interpretado que para ser revisado con perfección, para
hacerlo propio. Esa es su riqueza, y me parece que la idea de pasado
imperfecto lo desacraliza. Creo que hay que desacralizar el pasado.
Por eso, una de las cuestiones que me puse como premisa para escribir
el libro fue entender a los hombres no como seres de otra especie,
de bronce o de mármol, sino simplemente como seres humanos,
y el ser humano es imperfecto.
—¿Y cómo calza Dorrego
en ese pasado imperfecto?
—Es que Dorrego no aparece en ese pasado perfecto que cuentan
las dos escuelas historiográficas argentinas: la mitrista
o liberal y la revisionista. Esta última si bien es nacional
y federal nunca hizo un rescate propio de Dorrego, entonces ahí también
hay una imperfección respecto del pasado. Uno siempre tiene
una preocupación por alguna de las dos líneas históricas
y yo en general me he volcado por la nacional y popular. Pero siempre
me llamó la atención que el paladín de ese
sector fuera Rosas y no Dorrego. Y a mí don Juan Manuel
no me terminaba de cerrar, quizás por la idea de la Mazorca
como primer sistema parapolicial en la Argentina o lo de ser la
primera tiranía, que luego de investigar bien vale decir
que no fue la primera sino la segunda, la primera fue la de Lavalle,
en fin, todo eso siempre me generó dudas. Por eso empecé a
investigar, y de ahí surgió que Dorrego es el primer
líder popular de la historia argentina, el primero querido
y acompañado por los pobres, los orilleros. “El padrecito
de los pobres”, como le decían.
—¿Cuándo decidiste escribir
un libro sobre Dorrego?
—La idea surgió hace dos años y tiene que
ver con tratar de averiguar cuándo empezó la violencia
en Argentina. Como yo nací en los 70 creo que mi generación
tiene derecho a decir cosas sobre lo que pasó en los 70,
porque es hija de esos años. Ir hacia Dorrego es una forma
de responder por esa violencia que vivimos de chicos. Si la infancia
es el paraíso, nuestro paraíso es bastante sangriento
y tormentoso. Creo que en mi generación operará una
falta de paraíso y un miedo permanente a la guerra civil,
un peligro latente.
— ¿Cuál fue el error de
Manuel Dorrego?
—Comete un montón de errores particulares que lo
llevan a la debacle. Creo que su temperamento es una de las claves.
Es apasionado, burlón, transgresor, soberbio, es un idealista,
algo que es peligroso. En general, uno tiende a idealizar a los
idealistas y los idealistas son bastantes peligrosos. Claro que
en este caso él fue víctima de su idealismo, no se
le puede reprochar. Algunos dirán los 300 muertos de Navarro,
pero también hay que tener en cuenta que su ejército
no profesional se enfrentó a la brutalidad de Los Coraceros
de Lavalle, que eran soldados veteranos. Creo que otro error de
Dorrego fue no haberse dado cuenta de que le convenía escapar
al territorio de (Estanislao) López como el propio Rosas
le aconsejó, no hacerlo le valió la muerte, y el
fin de un proyecto.
—Bueno, también habría que considerar que
si Rosas no lo traicionó, al menos lo dejó solo.
—Sí, en realidad creo que lo que dice es como la
famosa frase de todo peronista: “Te acompañamos hasta
la puerta del cementerio, no adentro”. Si bien lo abandona
en el momento más crítico, se cansa de advertirle
que tiene que irse a Santa Fe. Y creo que esa soberbia institucional
de decir “si yo me voy de la provincia dejo de ser gobernador” es
un acto idealista y también de ceguera. Cuando a él
le dicen en la noche del 1º de diciembre que Lavalle está conspirando
a diez cuadras y él contesta “yo lo voy a convencer,
Lavalle es un tonto”, no se da cuenta de las fuerzas económicas
y políticas que está enfrentando.
—En cierta manera acertaba en la construcción política
pero también padecía ingenuidad en cuanto a las alianzas
y por ende a las traiciones.
—Parecería que fuera un excelente táctico
y que en la estrategia no le iba tan bien. Es raro, porque a largo
plazo tenía clara la construcción americanista y
republicana, también en el cortísimo plazo funcionaba
bien, de hecho se carga al primer presidente de la república,
(Bernardino) Rivadavia, lo hace desde el periodismo y desde el
Congreso, pero a la hora de encabezar él los proyectos era
un hombre arrebatado. Creo que eso es lo que le hace perder poder
con los suyos, y al mismo tiempo comete la ingenuidad de creer
en los demás. El cree que es posible hacer un gobierno de
unidad nacional. Por eso llama a Vicente López y a Tomás
Guido a su propio gobierno, que es lo que Rosas se da cuenta de
que no hay que hacer, por eso él gobierna 30 años
sólo con los suyos.
—También hay que tener en cuenta cómo jugaban
los intereses económicos, donde no siempre lo que estaba
en juego eran sólo construcciones políticas.
—Rosas claramente hace una alianza con su clase, que son
los ganaderos de Buenos Aires, alianza que Dorrego no tenía
firme. El tenía cerca los sectores populares de la ciudad
de Buenos Aires, con algunos comerciantes, algunos hacendados,
no era un representante claro de una misma clase.
—¿Es válido decir que la línea que
sostenés es San Martín, Dorrego, Yrigoyen y Perón?
—A mi lo que me llama la atención son los enemigos
de estos personajes, son siempre los mismos y las acusaciones también.
Apuntan a la demagogia, al autoritarismo, se las han hecho a San
Martín, Dorrego, Rosas, Yrigoyen y Perón. Obviamente
es una interpretación muy personal, yo lo que digo es que
Dorrego es el último personaje que logra sintetizar el liberalismo,
el republicanismo, el nacionalismo y lo popular en una misma corriente.
Yo creo que Yrigoyen es un hombre del campo nacional y popular
pero está más preocupado por la cosa institucional,
y el peronismo está más ligado a lo popular y no
tanto a lo institucional.
—Pero el espíritu revolucionario de Dorrego chocaría
con ciertos personajes peronistas.
—Es que Perón es más parecido a Rosas que
a Dorrego. Quizá Perón lo palmearía en la
espalda en sus momentos de crisis coléricas y le aconsejaría
que se refugie en la cañonera paraguaya, que es un poco
lo que le dijo Rosas, que se refugie en Santa Fe. Pero Dorrego
sería la fuente popular de Perón, ahí está la
ligazón.
—¿Te considerás un historiador?
—Creo que no. Me considero más bien un interpretador
y narrador de la historia. Pero creo que la historia en la Argentina
no sé si la han escrito las academias. Las academias lo
que sí han logrado es divorciar a la historia de la gente.
Me parece que esta idea de los divulgadores o de los escritores
que narran historia es mucho más interesante que las academias.
La historia es para todos y no para pocos. Y me parece que cualquiera
tiene derecho a hacer historia si trabaja en forma honesta y profusa.
Uno puede errarle al método histórico, pero eso no
impide que uno pueda hacer historia. Esto dicho por si alguno piensa
que la historia se hace solamente en la academia.
http://www.lacapital.com.ar/2007/05/27/seniales/noticia_391545.shtml
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