| 21.05.2006 | Clarin.com | Sociedad
EL MUNDO
La Gran Vía
de Irán Un paseo por Valiasr, la avenida más larga
de Teherán: 33 kilómetros que muestran los contrastes
del nuevo archienemigo de EE.UU.
Gustavo Sierra
Las iraníes dan saltos de libertad sobre
los canales por donde corre el agua del deshielo. Se arremangan
el chador y se agarran fuerte la hijab (manto negro) o el pañuelo
de Dior, según sean conservadoras o progresistas, y sortean
las acequias para llegar a la otra vereda. En grupos de a cuatro
o cinco, las chicas iraníes –más allá
de su clase social y posición religiosa– pasean y miran
vidrieras sobre la famosa avenida Valiasr (se pronuncia “valiás”)
de Teherán, una verdadera columna vertebral de 33 kilómetros
que recorre la capital iraní desde las montañas de
la cordillera de Alborz hasta el desierto.
Valiasr nace cerca del bazar del norte, el de Tashrish, principal
centro comercial del barrio alto donde vive la clase acomodada iraní.
Un lugar donde se pueden comprar desde un Rolex de 15.000 dólares
Land Rovers de 120.000 a finas agujas de tejido de alfombras y latas
de caviar por céntimos. El dinero de los antiguos bazaaries
–los hombres que tienen puestos en el mercado desde hace cinco
generaciones– corre por las bóvedas de ladrillos y
cerámicas donde se amontonan miles de personas en busca de
comida y placer. El barrio se levanta alrededor del antiguo palacio
de Saad Abad y el Palacio de Mármol, que mandó a construir
el primer Sha Reza en 1926 y que ahora ocupa el Guía Supremo
de la Revolución Islámica, Alí Khamenei, el
clérigo que sucedió al ayatollah Khomeini en 1989.
Khamenei se apropió del palacio tras el derrocamiento del
último sha, Reza Pahlavi, en 1979. “Aquí estuvo
el poder desde que los reyes decidieron asentarse en la falda de
las montañas. La ciudad se extendía hacia abajo, pero
los poderosos siempre prefirieron el fresco de la zona alta”,
me cuenta Amir, un muchacho iraní criado en España,
cuya familia vive en el barrio desde que su tatarabuelo construyó
allí la primera casa de tres pisos que repartió entre
sus hijos varones, todos comerciantes.
A pocas calles de ahí, ya en la ladera de la montaña,
aparece el camino que lleva a la estación de funiculares.
Son tres tramos hasta llegar a la primera pista de esquí
a los 2.500 metros. Desde allí luce imponente el Demavand,
el pico más alto de la cordillera con 5.670 metros. Los chicos
ricos llegan con sus snowboards o esquíes suizos de 3.000
dólares; los chicos pobres se conforman con pasear y tirarse
unas bolas de nieve. La mayoría de las chicas esquía
con el mismo equipo que cualquier occidental, pero algunas se lanzan
envueltas en sus tapados negros hasta los tobillos y sus chadores
al viento. Parecen la novicia voladora.
Marjaneh Satrapi, la autora de Persépolis, un libro de cómics
sobre la historia de Irán que vendió más de
un millón de ejemplares y se editó en varios idiomas
en todo el mundo, asegura que comenzó a dibujar para mostrar
que Irán tiene montañas. Marjaneh se exilió
con sus padres en París a los 14 años y desde entonces
dice luchar contra los prejuicios que hay en el mundo acerca de
su país. “Tienen que saber que las montañas
y la nieve están en nuestra tradición desde hace 3.000
o 4.000 años. El agua del deshielo corre por nuestras venas”,
dice Marjaneh.
Al menos le da una frescura y un color muy particular a esta principal
avenida teheranense proyectada en los años cuarenta como
parte de una cruzada modernizadora emprendida por el sha. La avenida
Pahlavi –tal era el nombre original– unía la
estación central de trenes que ingenieros alemanes levantaban
en el sur de la ciudad, con las residencias de verano de la familia
real. Bajo los frondosos abetos que la enmarcan, paseaban las señoras
de la corte hasta los años setenta en que la enorme calzada
se empequeñecía ante las masas que reclamaban por
sus derechos. En 1979, cuando los ayatollahs se hicieron fuertes
y tomaron el control de la revolución desplazando definitivamente
a toda la izquierda y los liberales que habían liderado hasta
entonces el país, le cambiaron el nombre a la avenida. La
bautizaron como Valiasr, palabra de origen árabe que significa
“dueño del tiempo” y que tiene un profundo sentido
religioso. Define al Mesías, el último imán
que los shiítas esperan que llegue en cualquier momento.
Cuando la avenida se abre y se pasa el enorme complejo de la radio
y televisión iraní, aparece el parque Melat, el principal
centro de encuentro de los jóvenes de clase media y media
alta de Teherán. Por ahí caminan y dan la vuelta al
perro en sus autos modernos, chicos y chicas, a partir de las cuatro
de la tarde y hasta las diez de la noche. Más tarde, es peligroso.
Pero no por la inseguridad sino porque pueden aparecer los basijis,
los jóvenes milicianos que hacen el trabajo sucio de la policía
religiosa. Piden documentos y si llegan a encontrar a un hombre
y una mujer que no tengan algún parentesco, los golpean,
los arrestan y los multan.
A esta hora, no hay peligro. Las chicas están sentadas en
una mesa del barcito Clasic, en la esquina con la calle Fereshté.
Los chicos pasan una vez con el auto, muy despacio. Miran, hay sonrisas,
pero siguen de largo. Un momento después dan vuelta la manzana
y aparecen otra vez en la esquina. Bajan las ventanillas y le tiran
un papelito a la mesa de las chicas. Les pasan el número
de sus celulares. Si las chicas llaman, tal vez, mañana se
junten a tomar un té en la misma mesa, en la misma esquina.
Luego, puede haber una invitación a alguna fiesta privada
en alguna casa. Ahí puede haber un poco de alcohol y hasta
un porro de hachis –una droga opiácea –, pero
no sexo. Para eso habrá que esperar mucho. El bien más
preciado de esta sociedad sigue siendo la virginidad. Tanto, que
están muy de moda las cirugías reconstructivas del
himen que se hacen en secreto en clínicas de la capital o
en Turquía, el único país al que pueden viajar
los iraníes sin tener visa.
Me encuentro en el parque con cinco chicas vestidas de negro de
pies a cabeza, de entre 20 y 23 años, y que miran a las más
modernas con curiosidad y cierto desdén. “El chador
nos protege”, dice Sahar. “Y no tienta a los hombres”,
agrega Bahreh. “Nosotras no necesitamos vestirnos como las
otras chicas del barrio para sentirnos modernas”, se encima
Somayeh. “No vamos a sentarnos en un bar solas. Eso sólo
lo hacen las libertinas”, termina Lahmeh. Cinco chicas conservadoras
en el reino de las reformistas. Una rareza en esta zona de la ciudad,
pero la norma si se avanza hacia el sur. Al pasar la avenida Vanek,
ya el tráfico es un infierno. Teherán está
colapsada a cualquier hora del día. La nafta barata y el
boom demográfico hicieron explotar el parque automotor. En
las calles se mezclan los últimos modelos europeos y los
viejos Peykan, especie de Siam Di Tella fabricados en Irán
hasta hace poco, que son manejados con una habilidad increíble.
Igualmente, la cifra de víctimas por los choques es récord:
300 muertos por semana.
Las obras del anterior alcalde y actual presidente del país,
Mahmoud Ahmadinejad, no son suficientes. El dinero del petróleo
–50.000 millones de dólares al año– hicieron
posible la construcción de enormes autopistas y el mantenimiento
de una ciudad amplia, impecablemente limpia y ordenada. Pero al
mismo tiempo, fomentaron el uso de los autos y la corrupción.
Algo parecido está sucediendo hoy con el gobierno nacional.
Al asumir en agosto pasado, Ahmadinejad se encontró con un
fondo de 14.000 millones de dólares que el gobierno anterior
había creado para enfrentar emergencias y catástrofes.
El populista Ahmadinejad –el mismo hombre que negó
el Holocausto y pidió que Israel fuera borrado de la faz
de la Tierra– decretó una “emergencia social”
y desde entonces reparte el dinero del fondo entre la gente que
lo escucha cuando da sus encendidos discursos. Su gobierno es la
consecuencia directa de la falta de respuesta hacia los más
postergados y pobres de la sociedad que tuvieron los diez años
de gobierno reformista de Mohammad Khatami. Los liberales y reformistas
no pudieron sostener a un buen candidato en las elecciones y apareció
en escena el todopoderoso ex presidente Akbar Rafsanyani: un ayatollah
multimillonario que es percibido por la población como la
encarnación de la corrupción. Ante esta candidatura,
los más postergados votaron por el marginal Ahmadinejad,
que levanta las banderas del derecho a un programa independiente
de nergía nuclear.
Claro que nada puede durarmucho tiempo en una sociedad en la que
el 70% de los 77 millones de iraníes tiene menos de 35 años.
Con el éxito de la revolución, el ayatollah Khomeini
pidió a la población que tuviera hijos. El resultado
es un baby boom que impresiona. En las calles, prácticamente
no hay gente que supere los 50 años. “El futuro es
nuestro. No puede seguir estando en manos de estos viejos”,
me dice un chico que dirige un sitio de Internet dedicado a las
artes.
Si continuamos bajando por Valiasr, no muy lejos del bazar central
y el edificio clausurado de la antigua embajada de Estados Unidos,
se encuentra uno de los consultorios médicos más concurridos
de la ciudad. Es el del doctor A.H. Ghaisari, un prestigioso cirujano
plástico que atiende mujeres de todas las clases sociales.
Su especialidad es la cirugía de nariz y las iraníes
se vuelven locas por una reforma en sus caras. “Es lo único
que pueden mostrar: sus rostros. Entonces, lo cuidan como su bien
más preciado”, me dice el doctor mientras examina a
una paciente que operó la semana pasada. En la sala de espera
hay otras catorce mujeres esperando. Si bien no hay estadísticas
precisas, el doctor Ghaisari asegura que Irán lleva el récord
mundial de cirugías de nariz. “Las mujeres persas ya
tienen un renombre mundial por su belleza, pero acá les ayudamos
a mejorar esa parte del cuerpo con la que no están satisfechas”,
explica Ghaisari.
En el corazón del sur de la ciudad, Valiasr se oscurece.
Aquí no hay mujer que no lleve su chador y su hijab negros.
Los hombres también bajan sus tonos en la ropa y aparecen
las barbas renegridas. Las tiendas de ropa dan paso a talleres mecánicos
y panaderías. Y hay una larga cuadra toda llena de altares
de espejos. Son de las casas fúnebres. A los jóvenes
que mueren antes de los 18 años se les levanta un hejleh,
una pequeña torre de madera recubierta de espejos que lleva
en el centro una foto de la víctima. Se las coloca en la
puerta de la casa o en la esquina y todos los vecinos ofrecen sus
respetos durante dos o tres días. A veces, los hejleh se
colocan al lado de unos altares que conmemoran a Alí o Hussein,
las máximas figuras religiosas del shiísmo (aquí
hay dos grandes grupos religiosos: shiítas y sunnitas). “El
islamismo se instaló en el pueblo persa desde hace mil años
y la revolución islámica consolidó nuestra
fe”, dice el clérigo Mohsen Alviri de la universidad
Imam Sadigh, donde se forman los cuadros más ortodoxos de
esta teocracia.
Cuando se llega a la estación de trenes y un gran boulevard
hace las veces de cul de sac de Valiasr, se puede ver el gentío
más ruidoso de los 33 kilómetros de recorrido. De
aquí parten las motos que llevan a la gente más apurada.
Es la única manera de avanzar en medio del tráfico.
Y es aquí donde se ve la mezcla más grande de teheraníes.
Mujeres elegantes y esbeltas, de ojos enormes y acaramelados, con
figuras curvilíneas que se adivinan aun debajo de los chadores.
Frescos y elegantes, como esta Valiasr que baja de la montaña
trayendo las claras aguas del deshielo.
ESTE TEXTO ES PARTE DE KABUL-TEHERAN -BAGDAD,
RELATOS DESDE LOS CAMPOS DE BATALLA, LIBRO QUE PUBLICARÁ
EN JUNIO EDITORIAL MAREA.
http://www.servicios.clarin.com/notas/jsp/clarin/v8/notas/imprimir.jsp?pagid=1199256
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