| Elogio de la locura
Hernán Brienza, el autor de "El loco Dorrego", dice
que el fusilamiento del prócer puede leerse como el acto
inaugural de la Argentina violenta
Eduardo Toniolli
En una época no muy lejana, las luchas políticas
argentinas solían verse atravesadas por la recurrencia de
sus actores en el intento por establecer relaciones entre representaciones
del pasado y alternativas para el presente. Así, “Pepe” Rosa,
historiador revisionista, detenido en los 70 por alguna de las
dictaduras que antecedieron el regreso de Perón, podía
afirmar, con ironía y convencimiento, que quienes lo habían
metido preso eran, sin lugar a dudas, “unitarios”.
Sólo una década después, la derrota de los
grandes relatos colectivos sobre la Nación y la corrección
política con que la recuperación democrática
pretendió uniformar las miradas en torno a la historia patria
parieron un ascetismo republicano a prueba de pasiones, consideradas
a partir de allí como “desmesuras” perturbadoras,
capaces de exhumar los fantasmas de un pasado signado por los desencuentros
y la violencia fratricida.
Por estos días, una polémica persistente recorre
los suplementos culturales de periódicos, las aulas universitarias
y las páginas de historiadores más o menos reconocidos:
cierto lugar común, que se pretende académico, gusta
de anatematizar algunas obras bajo el rótulo de “divulgación
histórica”. La operación suele empujar al anaquel
de los condenados a libros sin mayores pretensiones que la de dar
respuesta rápida —y, huelga decirlo, oportuna— a
una demanda masiva por la historia; junto a obras que se proponen
retomar el hilo de polémicas inconclusas, encontrando en
el carácter político —y por tanto pasional
y desmedido— de los relatos históricos, uno de los
andariveles a recorrer para dar respuesta a la pregunta por los
orígenes, inquietud extendida a partir del estallido del
2001.
lejos de la pedantería
“El Loco Dorrego”, de Hernán Brienza, se inscribe
entre las segundas, combinando prosa ágil y rigor, que en
este caso no es falso y pedante erudición libresca, sino
sólido respaldo bibliográfico que sirve como base
a un relato épico que da cuenta del derrotero de Manuel
Dorrego, héroe de la Independencia, vehemente militar que
supo construir su legitimidad a partir de su ascendencia sobre
la tropa, y que, devenido político, comprendió la
necesidad de sentar las bases de un proyecto de país que
incluyera la concurrencia de los caudillos federales, representantes
genuinos de la soberanía de los pueblos del interior profundo.
otra revisión
Brienza no sólo recorre el ascenso, apogeo y las intrigas
entre “doctores” unitarios y emisarios británicos
que desembocaron en el fusilamiento del líder federal: además
se propone revisar las miradas retrospectivas en torno a su figura.
Para aquellos historiadores que de alguna
manera se sintieron llamados a construir un relato histórico con arreglo a los
intereses y la visión del mundo de la elite comercial porteña
y su descendencia, la exclusión de Dorrego del panteón
oficial será colofón necesario de un crimen —el
que lo tuvo como víctima— de difícil justificación.
Tal es así que hasta los mismos protagonistas del hecho,
asaltados por la conciencia de la indecibilidad del crimen que
estaban por llevar adelante, maniobraron de tal manera que el juicio
de la historia, y el de sus contemporáneos, los librara
de sospechas fundadas: Juan Cruz Varela, poeta y unitario furibundo,
luego de instigar el fusilamiento del gobernante depuesto, culminará una
misiva a Lavalle con un lacónico “cartas como estas
se rompen”.
Una vez ajustadas las cuentas con la historiografía liberal,
el autor se pregunta por el aparente olvido por parte de las corrientes
nacional-populares, encontrando en el mártir ejecutado en
Navarro a una rara avis —liberal revolucionario, nacionalista
democrático, ilustrado y popular, porteño y federal— cuya
huella no encontró mayores ecos, producto de las urgencias
de guerras internas y externas y de un estado de excepción
permanente, que convertirá en fútil cualquier intento
de recuperación en clave doctrinaria de su acervo.
Con “El Loco Dorrego”, Brienza reconstruye pues el
recorrido de una figura que, quizás como ninguna, se verá atravesada —en
su postrer negación o descuidado olvido— por las disensos
que jalonaron las luchas políticas y sociales a las que
se vio sometida la Argentina de los siglos XIX y XX.
http://www.lacapital.com.ar/2007/05/27/seniales/noticia_391546.shtml
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