Los post de Yoani Sanchez, en su primer libro

Una bloguera en La Habana


29-04-2010 / Enemiga oficial del gobierno cubano, leída en todo el mundo, en sólo tres años Yoani Sánchez se convirtió a través de su blog Generación Y en una de las voces de los jóvenes que nacieron en Cuba en los años setenta y ochenta y hoy chocan con la administración castrista. Acaba de llegar a la Argentina Cuba libre (Editorial Marea), su primer libro, que recoge algunos de los post de su sitio que llegó a tener 14 millones de entradas por mes.

Internet por señas. Nuevas medidas reguladoras de Internet se extienden por los centros de trabajo vinculados a los medios informativos cubanos. Yahoo y Gmail se llevan la peor parte, junto a un travieso Google que guarda –accesible desde su caché– hasta las páginas que los filtros ideológicos no dejan pasar.

Los pocos “Café Internet” que quedan en la ciudad de La Habana tampoco permiten muchas posibilidades de real navegación. La lentitud, el deterioro de una buena parte de las computadoras que todavía funcionan, unidos al precio que oscila entre 5 y 6 CUC por hora, hacen que la red de redes sea un lujo con sabor amargo. Una buena parte de los hoteles ha restringido el servicio de conexión sólo para huéspedes, y en los denominados “correosdecuba.cu” la gente se cuida de lo que escribe o recibe.

Si los usuarios lo tienen feo, ¿qué queda para aquellos que queremos programar o diseñar para la web? Subir un megabyte lleva alrededor de diez minutos, el protocolo ftp (File Transfer Protocol) no funciona en los lugares públicos y la mayoría de las veces es imposible descargar hasta pequeños programas. Los blogueros escasean y chatear se convierte en una pesadilla.

Propongo entonces, para saltar por encima de todas estas dificultades, que volvamos a las señales de humo, al toque de tambor para comunicamos... –yo la tendré especialmente difícil pues tengo el oído cuadrado– y al cobo con la punta perforada para transmitirnos las noticias. No se extrañe usted lector, si el próximo post de Generación Y le llega en forma de voluta o con tonos de repique.
13 de agosto de 2007

La otra Habana. Hay una ciudad que discurre a nuestro lado sin tocarnos. Una Habana que habla de “queso parmesano” de “centímetros de césped” y de “fin de semana en Cancún”. Esta otra urbe apenas se mezcla con la nuestra.

Ambas “Habanas” cohabitan y a la vez se niegan. Quien vive dentro de una no puede imaginarse –en toda su extensión– la otra ciudad que la completa. Una discurre velozmente sobre ruedas, mientras la nuestra se añeja en las paradas, esperando la guagua. La dulce Habana de la opulencia se desplaza al Oeste, especialmente hacia la zona de Miramar, Cubanacán, Atabey y Jaimanitas. La mía, la verdadera, crece a saltos hacia San Miguel, Diez de Octubre, El Calvario y Fontanar.
Cuando ambas ciudades coinciden y chocan no pueden comprenderse de tan lejanas realidades que viven. Mientras una se queja de sus viejos muebles de IKEA y de las dificultades para transportar el “container de la mudada desde el puerto”, la otra se mece en los gastados sillones heredados de los abuelos y se sumerge en el mercado negro.

Mi deteriorada Habana compra al menudeo, habla por lo bajo y huele a aguas albañales, mientras que esa ciudad que habitan los ministros, los altos funcionarios y los diplomáticos, se mueve entre canapés, recepciones y expande un delicado aroma de cremas hidratantes.

Prefiero, sin embargo, la capital decrépita que desando cada día, pues al menos ella es coherente y transparente con lo que guarda en su interior. La hemos hecho a nuestra imagen y semejanza o, mejor dicho, somos nosotros los que la imitamos en su resignación y su miseria.
27 de noviembre de 2007

Periodismo o literatura. Al terminar el preuniversitario tenía el capricho de ser periodista. Entre tres amigas contratamos una profesora particular que nos repasaba para las pruebas de ingreso a la universidad. Aquella mujer insistía –hasta llegar a molestarme– en que nunca iba a lograr ser una buena reportera, sino que todo en mí apuntaba a otra profesión: la filología. Su maldición se cumplió pues terminé metiéndome con las palabras, la fonética y los conceptos literarios, en lugar de correr tras las noticias.

No sólo la profecía de esta Tiresias habanera me alejó de la labor informativa, sino la convicción de que en una sociedad marcada por la censura, por el oportunismo y la doble moral, ser periodista era el origen de mil y una frustraciones. Había conocido a Reinaldo, expulsado de Juventud Rebelde porque “su línea de pensamiento no se ajustaba con la del periódico”. Ver sus deseos de escribir malgastándose en una dura jornada como mecánico de ascensor fue el puntillazo final a mis sueños adolescentes.

La Glasnost había pasado y en Cuba un sabor a oportunidad perdida se extendía entre los reporteros y sus frustrados lectores. La tele nos repetía que las producciones aumentaban, que el país resistiría y que el “invencible líder” nos llevaría a la victoria, mientras nuestras vidas desmentían cada frase triunfalista y cada cifra engordada. Una y otra vez respiré aliviada de no haberme hecho periodista. Creí sentirme a salvo en el mundo de la metáfora.

Sin embargo, no estaban tan alejadas ambas profesiones, ya que una buena parte del periodismo que se hace en los medios oficiales cubanos tiene mucho de literatura. Pues sí, tratando de escaparme hacia la ficción, lo novelesco y lo teatral, encontré que de eso mismo estaban llenos los telediarios cubanos: de personajes que nadie se cree, de historias futuristas que nunca llegan a materializarse y de rostros sonrientes seleccionados entre miles de caras angustiadas.

Con su vaticinio, aquella profesora ilegal quería advertirme de algo que descubrí por mí misma años después: que entre la ficción de nuestra prensa y la de nuestros novelistas, la segunda me iba a proveer de más certezas.
8 de julio de 2008

Ganas de elegir. Desde hace semanas, hay palabras como “urna”, “votos” y “candidatos” que nos persiguen por todas partes. Primero fueron los comicios en Estados Unidos y ahora el tema ha renacido con lo ocurrido el domingo en Venezuela. Como si al final del año todo conspirara para recordarnos nuestra condición de no electores, nuestra escasa práctica de decidir quién nos dirige.
Uno se acostumbra a no poder optar qué va a llevarse a la boca, bajo qué credo va a educar a sus hijos o a quién le abrirá la puerta, pero esa resignación estalla cuando ve votar a otro. De ahí que tenga revueltas –por estos días– las ganas de doblar la boleta, colarla en la ranura y saber que junto a ella va mi grito, un estentóreo alarido que reclama: “elegir”.
25 de noviembre de 2008

Labios pintados. La crisis económica en Cuba nos obligó a encontrarle sustituto a casi todo, incluso a los cosméticos. En la década de los ’90, el betún de lustrar los zapatos se usó para resaltar las pestañas, el detergente de fregar se convirtió en champú y el vinagre en suavizador.

Una amiga muy humilde se sintió aliviada cuando descubrió que podía pasar un pañuelo por las paredes –pintadas con cal– y con él empolvarse la cara. El laxante se dejaba reposar para que flotara el aceite mineral que contenía y se usaba como bronceador de piel.

En una muda complicidad, hombres y mujeres concertaron desvestirse con la luz apagada y así no revelar los huecos y los zurcidos de su ropa interior. Lo más humillante fue retornar a la costumbre de nuestras abuelas de lavar las compresas en los días de la menstruación o quedarnos en casa –sentadas en el servicio– cuando llegaba el ciclo de la luna.

A partir del otoño de 1993 los que querían lucir bien tuvieron la oportunidad de adquirir novedosos productos y hasta de elegir entre varias marcas, pero tenían que llevar en su cartera la moneda del “enemigo”. Así que al precio de muchos sacrificios, las féminas de esta isla no se dejaron derrotar en su deseo de verse más bonitas. Con sus labios pintados y la ropa ceñida, se ríen de aquellos que –en los momentos de mayor extremismo– definían como “frivolidad capitalista” a la humana intención de acicalarse. Pintarse el pelo de azul, hacerse un tatuaje o engancharse una argolla en el ombligo ya no es visto como una debilidad ideológica. Sobre los cuerpos han comenzado a brotar las señales de la seducción y del cambio.
13 de septiembre de 2009.

 

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