| Revista Ñ –
27 de noviembre de 2004
Ficciones compartidas
por Daniel Santoro
“La reflexión sin oficio (periodístico)
está vacía, y el oficio sin reflexión es ciego”,
dice el periodista, filósofo y docente Miguel Wiñazki
en el prólogo de su investigación que desarticula,
con datos y argumentos, dos mitos populares modernos: el supuesto
asesinato de Carlos Menem Junior y la creencia de que Alfredo Yabrán
está vivo y en un exilio dorado en lugar de muerto.
En su nuevo libro La noticia deseada, Wiñazki también
señala cómo la opinión pública rechaza
la verdad cuando no quiere escucharla con el ejemplo del tráfico
de influencias en la universidad de los hijos de Fernando De la
Rúa que fue documentado por el diario Perfil, pero no aceptado
cuando el ex presidente tenía una excelente imagen pública.
Dueño de una sólida formación académica
sin caer en un lenguaje elitista, Wiñazki desarrolla una
teoría que cuenta cómo la ciudadanía se mueve
a la velocidad de Internet al interpretar los hechos que le presenta
el periodismo en sus distintos formatos y de acuerdo a sus deseos,
más que a los datos de la realidad.
Wiñazki, autor de memorables investigaciones como El Adolfo
sobre el ex presidente Rodríguez Saá, descarta una
a una las teorías conspirativas –alimentadas por algunos
periodistas– que sustentan la construcción del supuesto
atentado contra el helicóptero en que viajaba Carlitos Menem.
La más conspirativa –una costumbre analítica
tan argentina como el tango– es la teoría según
la cual fueron “asesinados” los testigos que hablaban
de un atentado. Pero el libro enumera que, en realidad, la mayoría
de los testigos que murieron desde 1995 hasta ahora eran los que
vieron cómo el helicóptero se enganchó con
los cables de alta tensión sobre la autopista que une Buenos
Aires con Rosario.
Luego profundiza en el caso Yabrán y señala que “la
superstición de la opinión pública presupone
que los hombres poderosos no se suicidan” y por eso no creen
en la necropsia del cadáver –observado por periodistas
independientes–, ni en exámenes de ADN que dan una
garantía del 99,99 por ciento. En esta parte hay otro hallazgo.
El testimonio del abogado de la familia de José Luis Cabezas
–el fotógrafo de Noticias asesinado por orden de Yabrán–
quien certifica que el empresario telepostal se suicidó y
está muerto. No hay mejor voz para certificarlo.
Un capítulo aparte constituye la reconstrucción del
informe del diario Perfil de 1998 sobre los hijos de De la Rúa
basado en una escucha telefónica. En este caso, era la “noticia
indeseada”, subraya Wiñazki. En 1998 la mayoría
de la opinión pública no quería escuchar una
parte gris de la historia de los De la Rúa. Tres años
después, el mimo dirigente que era antes intocable, tras
la crisis financiera y el estallido social, terminó su gestión
con un 96 por ciento de desaprobación.
Wiñazki también hace un profundo análisis sobre
la cobertura triunfalista de los medios durante la Guerra de las
Malvinas.
En 240 páginas, Wiñazki demuestra lo importante que
es para los periodistas combinar el oficio con la reflexión
y al lectorado –como llama a las audiencias mediáticas
modernas– no perder nunca la capacidad de crítica y
dejar de lado sus deseos ante la contundencia de los datos comprobables.
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