| Revista Imperio – mayo
2004
La historia de la homosexualidad
es la historia de su represión
Este mes llegará a las librerías
Historia de la homosexualidad en la Argentina. De la Conquista de
América al siglo XXI, del periodista Osvaldo Bazán.
Se trata de una obre que, además de ser un valioso registro,
deja abiertas las puertas a futuras investigaciones y nos recuerda
que, todavía, no todo está tan bien.
En 1997, el periodista Osvaldo Bazán y un
amigo, Gonzalo Pérez, intentaron realizar un documental sobre
la vida de los gays a principios de la década del setenta
y el Frente de Liberación Homosexual. Aunque el video no
pudo hacerse, los datos y testimonios obtenidos tomaron vida en
La más maravillosa música (2002), novela en la que
Bazán relata una historia de amor entre dos hombres que quedaron
separados por sus respectivos compromisos políticos, pues
uno militaba en el Frente y el otro estaba en las filas de Montoneros
que, reproduciendo los prejuicios de los sectores reaccionarios
que pretendían combatir, cantaban: “No somos putos,
no somos faloperos…”. La historia siguió interesándole,
y ahora presenta Historia de la homosexualidad en la Argentina.
De la Conquista de América al siglo XXI. Sobre esta obra
charlamos con él, en compañía de Ledesma, el
gato que estuvo junto a Osvaldo en cada hora de escritura (y al
que no agradeció en su libro, por lo que intentamos hacer
aquí algo de justicia con el felino de la casa).
En esta Historia, su autor supo moderar el rigor del dato histórico
con un estilo coloquial y, en ocasiones, cierto tono de novela.
“Me pareció que el desafío era humanizar una
historia cuyos protagonistas fueron, sucesivamente, tratados como
pecadores, luego enfermos y finalmente delincuentes. Además,
algunos capítulos los conté como si fuesen testimonios
de primera mano; hay puesta en escena, para darnos idea del contexto,
el momento, las costumbres, pero nada es inventado.
- Supongo que no te va a ofender si te señalo que
en el libro se te nota anticlerical y anticastrense…
- ¿Se nota mucho? (risas).
- También se nota que tenés puesta la camiseta
de un “nosotros” que te lleva a optar por temas y modos
de tratarlos.
- El libro tiene una posición tomada desde el principio:
es una historia de la homosexualidad contada por un homosexual.
Un heterosexual no lo haría en este contexto, porque tendría
que aguantarse que se dijese: “Che, ¿este no es medio
puto?”. Viendo el archivo periodístico de los 80 para
acá, quienes escriben notas sobre homosexualidad es un reducido
grupo de periodistas (no más de diez) que, en general, son
homosexuales. Y esto no pasa en ningún otro ámbito.
Si un periodista deportivo escribe sobre la corrupción en
el mundo del fútbol, nadie cree que él es un corrupto
del mundo del fútbol; pero si un tipo escribe sobre homosexuales,
todos se preguntan por qué le interesa el tema, en qué
anda.
- ¿Cuál es el criterio de selección
de personajes?
- Busqué detenerme en los más significativos, los
más emblemáticos de sus respectivas épocas,
porque podían servir como anclaje de la vida y el pensamiento
en sus tiempos.
- No intentaste hacer siquiera un registro de los lugares
que se abrieron desde el 83…
-Fue difícil el final, porque no quería perder la
perspectiva de que era un libro de historia, y había cosas
que estaban demasiado cerca. Además, el libro ya era muy
extenso, y preferí que quedase constancia de los boliches
anteriores, de los que sólo hay recuerdos. A lo mismo se
debe la ausencia del periodismo especializado como tema en el libro:
me cuesta verlo en perspectiva histórica.
-Cargando con esta historia, ¿cuál te parece
que es hoy el desafío?
- Ya sabemos por dónde viene los sectores más reaccionarios
y conservadores, pero cuando el gesto que denota discriminación
viene de sectores progresistas o comprometidos socialmente, se ve
claro cómo está arraigado en todos el prejuicio y
la fobia. Por eso, lo que nos toca a las minorías, es enseñarles
a las mayorías que la democracia significa que nos respeten.
Por eso, hoy me interesa más señalar a los adversarios
menos obvios que a los muy obvios.
- ¿Y hacia dónde vamos?
- Después de haber visto todo lo que vi, creo que como la
historia de la homosexualidad es la historia de su represión,
cuando se termine la represión, se terminará el tema
homosexualidad. Porque es nada; sólo que el poder lo usó
políticamente, aprovechándose de la religión,
de la ciencia y del Estado para acusarla, respectivamente, de pecado,
enfermedad y delito. Pero como la represión todavía
existe (pese a que no haya ningún fundamento homofóbico
serio y racional), todavía hay que hablar de la homosexualidad
para que deje de existir la represión.
Los nombres
La galería de personajes rescatados es variada, y algunos
de ellos son, simplemente, maravillosos. Como Gabriel Iturri, tucumano,
que a los 21 años (1881) viajó a Europa, se instaló
en París (donde se rebautizó Gabriel D´Yturri)
y fue amigo, sostén, protector y colaborador (¡cuántos
eufemismos!) del conde Robert de Montesquiou, (retratados por Marcel
Proust como el Barón Charlus y su fiel secretario Juspien,
en En busca del tiempo perdido). O el guapo Andrés Cepeda
(quizás el personaje más entrañable y admirable
de todos los citados en esta historia), poeta, homosexual, anarquista
(suficientes antecedentes para haber pasado años detenido
por la policía una y otra vez); muerto por una puñalada
asestada por un hombre con el que disputaba la posesión de
un muchacho (o, según otras versiones, que había sido
“vejado” por Cepeda y se vengó así de
las burlas de las que era objeto) Cepeda, agonizante, se negó
a decir a la policía el nombre de su atacante, lo que le
valió que dos tangos lo recuerden (Sangre maleva y No fue
batidor), señalando que, para ser bien hombre, no hay que
ser batidor. Y los hombres que fueron abriendo caminos con su lucha
y su visibilidad desde diversos ámbitos: Tulio Carella, Witold
Gombrowicz, Oscar Hermes Villordo, Manuel Puig, Néstor Perlongher
y Carlos Jáuregui, entre muchos.
Quinientos años
Esta historia (la de Bazán y la de la América conquistada)
empieza con celebridades del crimen como Vasco Núñez
de Balboa, quien aperreaba a los putos (es decir, los entregaba
a ser comidos vivos por los perros) y luego los quemaba. Pero la
mayor información pertenece a los últimos ciento cincuenta
años. Desde el silencio oficial (mero reflejo de la negación
social) presente en el Código Penal y los supuestos postulados
científicos que enarbolaba el higienismo de la Generación
del 80 para investigar hasta la morbosidad a los “invertidos”
y marginales, hasta la sanción de la unión civil.
En medio, las distintas formas que tomó la discriminación:
la cacería moralizante del comisario Margaride, la izquierda
que también pregona la revolución sexual pero en la
cama sólo acepta el mismo “orden natural” que
la derecha, el Frente de Liberación Homosexual, los desaparecidos,
el Comando Cóndor, la renaciente democracia con las razias
a la orden del día, la batalla por la personería jurídica
de la Comunidad Homosexual Argentina (concedida por decreto de Menem,
siempre listo para la foto primermundista), y el arzobispo Quarracino
proponiendo un país aparte para gays y lesbianas.
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