| Diario Mundo Israelita –
4 de febrero de 2005
Voces de historias escondidas
por Moshé Korin
Una mujer se rememora niña nacida en la Polonia
de posguerra. Una mujer comienza a interrogar los pasos de su familia
que ha desembocado en Buenos Aires. Una mujer comienza a recordar
su infancia marcada por una pérdida: su hermanito escondido
y nunca recobrado en los tiempos de la guerra. Una mujer empieza
sí a deshilvanar el ovillo de su historia y se encuentra
con más preguntas y búsquedas. De esos encuentros
surgen transformaciones que marcan su profesión y su obra:
emprender la ardua labor de posibilitar a aquellos que han sido
niños escondidos en la guerra, preguntas y búsquedas
sobre su historia. Ofreciendo un lugar para aquellas voces testimoniales,
emprende la tarea de coordinación de grupos de “Niños
de la Shoá en Argentina” e “Hijos de sobrevivientes
de la Shoá”. Esta mujer es Diana Wang y su última
obra, el libro testimonial Los niños escondidos (Editorial
Marea), está delineada por la presencia de aquellas voces
que recuerdan sus infancias perdidas en diversos escondites, así
como por la ausencia de la voz de su hermano al que continúa
buscando y por su propia voz que testimonia aquella ausencia.
Aniquilaciones escondidas
Después de la guerra, el jurista Lemkin ha
forjado el término genocidio para designar la experiencia
inédita del exterminio de un pueblo. Pues ha habido matanzas
salvajes en todos los tiempos. Matanzas en las cuales un pueblo
se proponía desposeer al vecino de sus tierras, de sus riquezas
o poder político. Pero nunca como sucedió en el nazismo
se ha hecho sitio la idea de exterminar un pueblo para que su cultura,
sus tradiciones, su lengua y sus canciones dejen de existir sobre
la faz de la tierra. Es por eso que el lenguaje preexistente no
bastó y fue preciso acuñar el término genocidio.
En 1942, se aniquilaban 10.000 prisioneros diarios en Auschwitz,
y en 1945 unos 30.000. Estas cifras revelan que aún en vísperas
de la derrota, los nazis concentraron sus esfuerzos más en
acelerar el ritmo de matanzas en los campos que en su defensa militar,
tal era su macabra obsesión de borrar la cultura judía
europea que el propósito bélico quedaba en segundo
plano.
Mas no congelemos nuestra mirada tan sólo en los abrumadores
números, ni en las temibles prácticas de los campos
de exterminio. Si abrimos nuestra perspectiva, podremos acercarnos
a otra verdad, también cruel y macabra, pero necesaria de
vislumbrar: la maquinaria mortífera nazi alcanzó su
punto más explícito y visible en los campos de exterminio,
pero en tanto maquinaria cuyo propósito ha sido la aniquilación
de la cultura judía europea, ha tenido múltiples métodos
que habían comenzado mucho antes, y cuyos efectos han sido
menos devastadores. Sólo así podremos preguntarnos
por los diversos modos que han implementado para la aniquilación
de nuestro judaísmo europeo, sólo así podremos
escuchar las múltiples voces que hoy nos hablan de los diversos
padeceres que las han aquejado y aún aquejan. Sólo
así podremos escuchar las 30 voces de los niños escondidos
en la guerra que testimonian en las páginas del libro Los
niños escondidos. Donde la singularidad de cada una de sus
vidas confluyen en un punto común: la aniquilación
de sus infancias y de sus lazos familiares, testimoniando así
otra cara de la Shoá.
La lógica de la inhumanas prácticas de los campos
de exterminio consistía precisamente en borrar toda marca
de humanidad, aniquilar toda ligadura con nuestro pasado, con nuestros
seres queridos y semejantes, y por último con el futuro,
para así reducir aquellas almas a meros despojos, ya que
al desligarlos de todo lo humano, aquellos seres se convertían
en silenciosos pasos que marchaban hacia la “solución
final”. De las temibles modulaciones de esta lógica
nos cuentan las palabras acongojadas escritas en este libro.
Una madre imaginando melodías para sus palabras acongojadas,
escribió alguna vez en el gueto de Shauliai, Lituania, después
de la “Kinderaktion” –matanza de niños
judíos– de marzo de 1943, una canción que tituló
“Un niño judío”. He aquí algunos
de sus versos:
“Esta será tu casa ahora,
oye bien lo que te digo,
aquí te quedarás
porque tu vida está en peligro.
Juega con los niños,
sé bueno, no te portes mal,
no hables ni cantes ya en idish
porque dejaste de ser judío”.
Son estos versos de una madre que ha perdido su hijo,
mas son también versos para un niño que ha perdido
su madre y su mundo infantil hecho de cantos en idish, del amor
de su familia y de las voces melodiosas de sus antepasados. Son
versos para un niño que ha perdido su infancia, su familia
y su judaísmo.
Sobrevivir con otro
Todos los ya adultos que hoy nos hablan de aquellos
años de “niños” en las páginas
de Los niños escondidos han pasado su “infancia”
en la guerra. Han vivido en guetos, algunos también en campos
de concentración, otros han estado escondidos en orfanatos
o con familias que no conocían. Todos han perdido gran parte
de su familia cercana en manos del nazismo, algunos han perdido
a toda su familia. Algunos de ellos ni siquiera saben hoy cuál
es su verdadero nombre.
Estas 30 voces tienen hoy en este libro una enunciación común:
nos hablan de sus pérdidas, de sus infancias sesgadas, de
sus familiares ya ausentes, mas también nos relatan cómo
sobrevivieron con otros y para otros, tal ha sido su salvación:
el lazo humano.
Freda, una de las sobrevivientes que pone palabras a aquellas pérdidas
y salvaciones, nos brinda un recuerdo de cuando ya habiendo perdido
a su familia en Auschwitz, un singular hacer la rescató del
horror en el que transcurrían sus días: saberse humana
al sentirse ligada a otro, acompañando su partida de este
mundo.
“[De Auschwitz un tren] el tren nos llevó a la Baja
Silesia, a Breslau, que después se llamó Wroclaw.
Tenía una amiga que se llamaba Silvia y estaba enferma. Cuando
estuvo en el hospital fui a visitarla (…) no sé si
tenía algo contagioso, pero murió. La médica
me avisó y le pregunté a una alemana adónde
la llevaban, le expliqué que quería saber porque era
mi compañera. Ella me dijo que iban a buscar el cuerpo con
un carro para llevarlo hasta la fosa donde iban a tirarlo. Quise
acompañar a mi amiga y fui en el carro con un campesino.
Temía que el hombre me violara o algo, de lejos se escuchaba
la artillería porque el ejército estaba cerca. No
pensé en escaparme, aunque hubiera podido. Yo necesitaba
saber que quedaba algo de humano en mí.”
Cada uno con su propia voz nos testimonian las múltiples
estrategias de deshumanización implementadas por los nazis.
Es así que las vivencias de humillación, separación,
terror y la convivencia permanente de estos “niños”
con la muerte hecha cotidiana, son protagonistas en sus relatos
que hoy, con voz adulta, rememoran aquello que sus precoces ojos
infantiles han debido ver.
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