| CHRISTIAN VON
WERNICH
Comienza el juicio contra el cura represor
El jueves 5, en La Plata, se inicia
el primer proceso oral y público contra un sacerdote acusado
de participar en delitos de lesa humanidad durante la última
dictadura militar. Quién es Von Wernich. Su historia. Qué hizo.
Cómo se justifica. Quiénes fueron sus víctimas.
Los secretos de un personaje simbólico de los peores años
de la Argentina.
HERNAN BRIENZA*
2007-07-01 05:39:54
Su nombre completo es Christian
Federico von Wernich. Fue capellán y eslabón fundamental de
la cadena represiva de la inefable Policía Bonaerense de
Ramón J. Camps. Detenido desde septiembre de 2003 por su
actuación durante la represión ilegal en los años
setenta, el jueves 5 de julio se sentará en la incómoda
silla que los jueces del Tribunal Oral Federal I de La Plata dispongan
para él. Ese día tendrá el oscuro honor de
ser el primer sacerdote en América latina en ubicarse –con
su cabeza calva y cana y su típica sonrisa socarrona en
el rostro– en el banquillo de los acusados, en un juicio
por violaciones a los derechos humanos durante la última
dictadura militar, que hendió en dos a la historia argentina.
Según el relato de los testigos, Von Wernich entraba en
las celdas como si fuera un enviado de Dios –o del Diablo– complaciente,
con una sonrisa en los labios, dispuesto a hacer su trabajo con
eficiencia de relojero suizo. A veces llevaba sotana; otras, apenas
la camisa sacerdotal celeste o un poncho de vicuña con el
que cubría sus hombros del frío. Llegaba, casi siempre,
después de largas, terribles, extenuantes jornadas de torturas.
Entonces, se acercaba a esos cuerpos lacerados y humillados para
infligir el último tormento posible: el de la esperanza.
Con ella intentaba quebrar las almas que la fiereza de los verdugos
no habían podido lograr.
Identificado. Procesado con prisión preventiva por doce
casos de privación ilegal de la libertad y torturas, registrados
en los centros clandestinos conocidos como Puerto Vasco, Coti Martínez
y Pozo de Quilmes, que funcionaron durante los tenebrosos años
de la dictadura, Von Wernich fue visto por 30 ex detenidos, quienes
aseguraron que formaba parte de la maquinaria represiva del Grupo
La Plata, comandado por Camps y por el director general de Investigaciones,
Miguel Etchecolatz, condenado el año pasado.
El Grupo La Plata, dentro de la interna
militar, era sin dudas el sector más duro, y su característica principal
era el tono de cruzada religiosa que le imprimían sus integrantes.
Desde Camps, cuando declaraba que defendían los valores
de Occidente y del cristianismo, hasta la presencia permanente
y la bendición de la picana del por entonces arzobispo de
esa ciudad y capellán general de la Bonaerense, monseñor
Antonio Plaza. Y Von Wernich era un importante engranaje dentro
del esquema represivo del grupo, ya que era el último eslabón
de la cadena, el que hacía la tarea de campo, el que se
relacionaba directamente con los detenidos.
Su labor era sencilla: les quitaba información a través
de la confesión o los “asistía espiritualmente” para
que se quebraran, pasaran a formar parte de los Grupos de Tareas
y traicionaran a sus propios compañeros, cosa que logró en
varias oportunidades
El caso Velasco. Von Wernich nació en Concordia, en el
seno de una familia poderosa, y formó parte, en su juventud,
de ese típico grupo de muchachos de pueblo que gozan de
la impunidad por tener padres ricos.
En su legajo constan hechos de antisemitismo,
festejos por el golpe de 1955 y el haber integrado las patotas
que, durante la pelea por la educación laica o libre,
asolaron las calles de la ciudad entrerriana munidas de manoplas
y cadenas.
Metido a sacerdote a principios de los
setenta, la jugó de
cura compinche de los jóvenes, hasta que ingresó como
capellán de la Policía y comenzó a visitar
los centros clandestinos de detención.
Uno de los testimonios más importantes que, seguramente,
se escucharán durante el juicio será el de Luis Velasco,
por su fluidez para referirse a los hechos vividos durante su desaparición
forzada y por la calidad de sus palabras. En el libro Maldito tú eres,
El caso Von Wernich, Velasco relata de qué manera conoció al
capellán. Durante las extensas charlas que mantuvieron Von
Wernich y Velasco, el sacerdote se burló del detenido porque “tenía
los pelitos quemados por la picana” y lo obligó a
quitarse la venda de los ojos para que lo mirara a la cara. Además,
sometía a él y a sus compañeros de celda a
largos interrogatorios –siempre de forma muy amable, ya que
para las torturas estaban los miembros de las fuerzas de seguridad– durante
los cuales les extraía información precisa.
Velasco también fue testigo de las motivaciones de Von
Wernich. En esas largas charlas, el sacerdote le explicó que
los detenidos “tienen que pagar por sus actos contra la Patria.
Ustedes le han hecho mucho daño al país con sus bombas,
sus atentados [...] El dolor es una forma de redimir el mal que
hay en uno. Ustedes tienen que abrazar su cruz, así como
Jesús, por otros motivos. Porque el mal se cura con el castigo”.
Además, el relato de Velasco es importante porque demuestra
que el sacerdote estaba al tanto de las maniobras de apropiación
de menores, ya que cuando Héctor Baratti, uno de sus compañeros
de celda, le preguntó por su bebita nacida en cautiverio,
Von Wernich respondió cortante: “La culpa es de ustedes.
Y los hijos pagarán las culpas de sus padres”.
Tras recuperar la libertad, Velasco volvió a
ver a Von Wernich, ya que una extraña relación de
parentesco los unía. En una mesa de café, le preguntó qué se
sentía cuando se veía torturar a alguien. El sacerdote
lo miró y respondió: “Nada, absolutamente nada”,
dejando presuntamente implícito que había estado
presente en sesiones de torturas a detenidos-desaparecidos. Es
por estas cosas que el testimonio de Velasco es fundamental, sobre
todo si está dispuesto a declarar con valentía, como
afirmó en varias oportunidades.
Fuga en democracia. Pero Velasco no fue
el único testigo
que lo vio en los centros clandestinos de detención. También
habló, con total impunidad, con el productor Osvaldo Papaleo,
con el periodista Jacobo Timerman (ya fallecido) y con decenas
de testigos que relatarán sus días en cautiverio
y las andanzas del sacerdote blindado.
Luego de un viaje a fines de los 70 a
Estados Unidos para infiltrarse en una organización de derechos humanos, al mejor estilo
Alfredo Astiz, el nacimiento de la democracia encontró a
Von Wernich en Norberto de la Riestra, un pueblo del centro de
la provincia de Buenos Aires (a 170 kilómetros de la Capital),
algo así como un refugio ideal para permanecer inadvertido
como un simple profesor de inglés.
Sus ansias de ascender –no precisamente al cielo– pudieron
más que él. Por eso, a principios de 1988, pidió su
traslado a una diócesis mayor, donde pudiera detentar más
poder. Le tocó Bragado. Y volvió a la guerra.
Cuando los bragadenses se enteraron de
que su nuevo párroco
era Von Wernich, se alzaron en cólera. Pero días
y meses de manifestaciones y marchas contra el sacerdote no pudieron
torcerle el brazo. El sacerdote resistió y se quedó en
esa ciudad durante ocho años. La razón de tanta furia
era que Cecilia Idiart, integrante del Grupo de los Siete (ver
recuadro) y una de las principales víctimas del cura, era
oriunda de esa ciudad y su madre encabezaba las marchas.
Recién ochos años después, la Iglesia, que
había enfrentado a toda la comunidad de Bragado por mantenerlo
en su puesto, decidió sacarlo de esa parroquia por un escándalo
amoroso que incluía a una feligresa de nombre Elina. La
Santa Madre no pudo soportarlo: el amor era un asunto aún
más riesgoso que la tortura y la muerte.
Exilio chileno. Von Wernich viajó silenciosamente a Chile
y se refugió en la parroquia de El Quisco, un bucólico
pueblo del Sur, a 15 kilómetros de Isla Negra, el lugar
donde vivió el poeta Pablo Neruda. Allí se hacía
llamar Christian González. Tras adoptar la práctica
carismática, el sacerdote llegó a dar hasta tres
misas seguidas en su pueblo, una cuarta en Isla Negra, y luego
otra en El Totoral, todos pequeños paraísos de la
zona. La mayoría de los parroquianos quería comulgar
con ese hombre sonriente y afable, de buen porte, carismático
e histriónico que saludaba a todos los fieles por su nombre.
Alejado y olvidado estaba el Von Wernich
de los años de
fuego, tanto que cuando en 1998 comenzaron los Juicios por la Verdad
en La Plata, él prácticamente no se preocupó.
Pero cinco años después, el 5 de febrero de 2003,
el fiscal del juicio, Félix Pablo Crous, un hombre comprometido
con la defensa de los derechos humanos y que ahora estará a
cargo nuevamente de la fiscalía en el juicio, presentó ante
el Juzgado Federal Nº 3, a cargo de Arnaldo Corazza, una extensa
denuncia de 169 páginas contra Von Wernich. El pedido incluía
la detención y la declaración indagatoria del acusado
y la anulación de las leyes de Obediencia Debida y Punto
Final.
Pero el sacerdote estaba ausente y nadie
sabía dónde
se encontraba. Ni la Justicia ni la Iglesia habían logrado
dar con él. Von Wernich vivía olvidado. Hasta que
el 7 de abril de 2003, después de meses de rastrearlo y
de que el obispado de 9 de Julio negara su paradero en varias oportunidades,
lo encontré vía telefónica en la parroquia
de El Quisco. El diálogo que mantuvimos fue el siguiente:
—Buenas tardes.
—Qué tal, buenas tardes. ¿El señor
Christian von Wernich?
—Sí... –dudó.
—¿Usted es el sacerdote
argentino Christian von Wernich?
—Sí, soy yo. ¿Quién
es?
—Soy de la revista “TXT”, de Buenos Aires, y
quería pedirle una entrevista personal...
—Mire, le agradezco, pero no tengo ningún interés...
—Queríamos preguntarle por el pedido de detención
sobre usted que hizo el fiscal...
—Mire, le agradezco la preo-cupación,
ha sido un gusto charlar con usted. Le agradezco su llamado.
Hasta luego.
De inmediato, toda su historia comenzó a morderle los talones
como si fuera un perro rabioso. Ese mismo domingo, Silvia Carrasco,
una periodista de la revista chilena Siete+7, lo interceptó con
un fotógrafo y Von Wernich huyó. Nada se supo de él
hasta el 6 de agosto de 2003, cuando quedó detenido durante
una audiencia del Juicio por la Verdad. Fue liberado 24 horas después,
pero a fines de septiembre quedó tras las rejas hasta el
día de hoy.
En el único reportaje que dio Von Wernich, en 1984, expresó: “No
temo que por estas acusaciones me puedan echar de mi sacerdocio
en la Iglesia ni que sea sacado de mi lugar, como le ocurrió a
monseñor Plaza. Yo sé muy bien lo que hice y con
quiénes lo hice. Nadie me va a prohibir dar misa ni perderé ninguna
de mis atribuciones. Cuando sea el momento, la Justicia decidirá.
Y si la humana se equivoca conmigo, la divina acertará”.
Durante más de 20 años, ni la Justicia humana ni
la divina habían decidido algo sobre él. Ahora, la
de los hombres tiene la posibilidad de no equivocarse.
*Autor del libro Maldito tú eres. El caso Von Wernich,
Iglesia y represión ilegal.
http://www.diarioperfil.com.ar/edimp/0185/articulo.php?art=1986&ed=0185
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