| Revista Noticias – 15 de
enero de 2005
La historia al día
Por Elvio Gandolfo
Las famosas invasiones inglesas fueron sólo
las más recordadas dentro de una larga serie de intentos
de cualquier nacionalidad. El general Belgrano solía pasearse
con un uniforme verde (cola incluida) que le ganó el apodo
de “Cotorrita”. Hubo batallas clave del siglo XIX argentino
donde la confusión de uniformes era tal que un par de combatientes
podían pasarse largos minutos de diálogo cada vez
más tenso tratando de descubrir si el otro era amigo o enemigo.
En la muy polarizada época de unitarios y federales el fraile
José Félix Aldao (“un ser despreciable”,
a la vez gobernador de Mendoza), decretó la demencia de todos
los unitarios, mientras que José Rivera Indarte invitaba
desde Montevideo a asesinar a Rosas en una larga diatriba de intensidad
alucinatoria.
Describir los ítems o anécdotas del libro de Daniel
Balmaceda lo ubica con claridad en el aluvión best-sellerico
que abarca a nombres como Jorge Lanata, Felipe Pigna o Pacho O´Donnell,
objeto de balances periodísticos cercanos. La progresiva
lectura, dividida en tres zonas mayores (“En tiempos del Virreinato”,
“La Independencia” y “Unitarios y Federales”)
y 91 textos de muy diversa extensión, revela las semejanzas
y también las diferencias.
Hay que agradecer, por ejemplo, la falta de una teoría central
sobre “los argentinos” con la que se machaque al sufrido
lector. O el afán desmitificador explícito. Un toque
de humildad y picardía matiza el subtítulo: “Pequeñas
delicias de héroes y villanos de la historia argentina”.
Cuando pone manos a la obra, Balmaceda se muestra dueño de
un ojo certero para elegir el material. Si bien aparecen abundantes
casos de guerra o de sexo y muerte, sabe detenerse con esmero en
determinados personajes o situaciones, mostrando así su enfoque
personal, más por la mirada que emplea que declarándolo.
Es lo que ocurre con “la Recova”, un protoshopping porteño
que despertó la codicia recaudadora (y frustrada) de Rosas
para terminar demolido por la famosa piqueta fatal del “progreso”.
O con “el teniente coronel travesti”, que obedecía
a una madre deseosa intensa de una hija.
Con el lenguaje fluido, equilibrado entre el rápido apunte
del periodista y la capacidad de plantar la acción o el desarrollo
de una anécdota con claridad de buen narrador, hacia el final
Balmaceda parece tentado a pasar a mayores. Es lo que ocurre con
la agnóstica (y medio cómica) figura de unitarios
contada en dos partes (para quebrar su extensión), o con
el caso del “triunvirato asesino”. Esos textos más
extensos son por una parte bases cantadas de una buena película,
si el buen cine histórico argentino llegara a existir alguna
vez. Y por otra la posibilidad de que Balmaceda salte al campo más
estructurado de un libro directamente histórico y unitario.
Siempre que lo hiciera sin perder las virtudes del estilo que vuelven
tan estimulante la lectura de este desfile de “espadas y corazones”,
y muchas cosas más.
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