:: CRÓNICAS ::
Unidad disfuncional
En la crónica Orden de compra, Julián Gorodischer lleva adelante el diario del consumidor compulsivo. En este capítulo se entrega al universo del Abasto Shopping.

Por Julián Gorodischer.

orden de compraAhí estoy yo, en el corazón del Abasto Shopping. Ninguna mesa dispuesta en la constelación caótica del patio de comidas me genera familiaridad; no me habilitan a expresar una preferencia por una en particular (en el bar ocupo siempre una lejos de la puerta, junto a la ventana); acá se suprime la disposición en hileras o damero, lo que extingue la previsibilidad, la predeterminación.

Compro, entre la oferta de combos y menús previamente armados, estereotipos gastronómicos que vinculan a cada puesto con una ficción de un país; la posibilidad de connotar nacionalidad, en el patio de comidas, se reduce a los colores de una bandera en la cartelería y el packaging, estereotipo vulgar.

*

La materia y su representación. Me acerco a un mostrador con una vitrina que exhibe unos pocos productos pretendidamente “árabes” presentados en agrupamientos tipo “combo”: visualizo la cartelera en donde lucen -como sucede en McDonald’s- mejores, más jugosos, enormes trozos de carne y cordero desfasados de la materia que efectivamente se entrega. Es regla del género de la comida rápida que las suculentas fotografías retocadas contrasten con los magros trozos que se depositan sobre los panes.

Las imágenes voluptuosas son un colmo de color y talle, un límite al que podría aspirar el desarrollo de una sustancia, la consumación de un clímax publicitario que luego se convierte en su propia parodia al contrastar con la cualidad tangible y defectuosa. Aprendí, siendo consumidor, a no quejarme y acatar esa distancia como la frontera natural que divide a dos países, la materia de su representación icónica.

*

Espacio público-privado. Con la bandeja cargada, estando en tránsito, me detengo un momento en la galería lateral que funciona como palco de plaza seca; es el espacio del atrio, donde ingresan nuevos circulantes en la dirección de derecha a izquierda, de abajo a arriba, que nos pauta el shopping.

Confluyen paseantes y vendedores ociosos, y se puede permanecer de pie o sentado sin ser forzado a la circulación. En este espacio de transición alcanzamos el máximo grado de cohesión como masa, visibilizándonos como multitud con límites precisos (los portones de vidrio) en circulación liberada debido a la merma de logotipos que funcionen como polo atractor.

Evitamos el hacinamiento obedeciendo a instigaciones sutiles que nos mantiene en tránsito: hay escasez de asientos y una presencia exagerada de guardias en el predio.

La plaza promueve lo impensable en el resto del espacio: la espera, el encuentro azaroso, la interacción entre desconocidos e, incluso, como fenómeno reciente, los agrupamientos planificados(1); la plaza es el escenario transicional en el que me haré desaparecer más adelante, antes de devolverme a la avenida.

*

Deseo. No me detengo en ninguna mirada en particular pero percibo familiaridad en algunos rostros que, en segundos, se transforman en pasado: no logro prolongarlos en el recuerdo. Me detengo ante la vidriera de Levi’s: hay dos fotografías, una de espalda y otra de frente, del mismo modelo masculino vestido solamente con un jean llamado unbuttoned: en una de las poses se ve el comienzo del vello, en la otra el indicio del culo.

En vidrieras de marcas más tradicionales como Wrangler, New Man y Legacy, hay imágenes de modelos jóvenes-viejos (el prototipo publicitario dominante de la segunda mitad del siglo XX) (2), que priorizan cuerpos abrigadas y en reposo, la prolijidad y un modelo de masculinidad afirmada en jeans de corte ancho y tiro alto (hasta el ombligo) indefectiblemente exhibidos con su cinturón de cuero.

Pero en la vidriera de Levi’s hay mayor presencia de piel que de prenda: la ropa pierde la autonomía forjada durante la hegemonía de los maniquíes y es parásito reemplazable sobre el cuerpo fotografiado, quedando en segundo o tercer plano por su presencia minoritaria en la imagen. En foco queda Apolo, a veces un atleta con nombre y apellido, que condensa la virtud en el cuerpo-símbolo corporativo.

*

Eficiencia del sistema. Ahí ante la vidriera de Levi’s, el roce con el codo de un comprado me devuelve la conciencia de tener un contorno; estoy descubriendo, luego de horas de andar en óvalo, acoplado al ritmo colectivo, el límite que me separa de otro ser; por contraste descubro una frontera, mi piel, que me recorta de la masa; luego de tomar contacto con ese brazo, entonces, me invade una sensación de incompletud como si se desarmara la conciencia del colectivo que integraba, y no vuelve a conformarse una identidad plena, aun reiniciada la circulación.

Después de un rato, soy nuevamente una unidad indiferenciada dentro de un organismo que, cerca de los sectores de ingreso, se recarga de consumidores jóvenes, funcionales a la reproducción del consumo. Enérgicos caminantes nuevos se incorporan de este modo a una existencia expresada por fórmulas inquisitivas: preguntan, requieren, consultan a vendedores a cargo del modo afirmativo neutro (informan, entregan comandas) sin contaminarse de discurso persuasivo, el registro tradicional de la venta en calle y galerías.

*

Disrupciones. Por la reiteración de mis visitas dispongo de excesiva información sobre la distribución de locales y estrategias retóricas (lo cual diluye mi pulsión exploratoria); tiendo a poner en marcha un sistema de consumo dirigido que se independiza en compras puntuales, cotidianas, incorporando el shopping a mi mapa de comercios de escala barrial.

El resultado es que no suelo acoplarme a la flotación que alientan los pasillos. Me dirijo, en cambio, específicamente a la farmacia, al kiosco, al cine, sin vacilaciones, e interrumpo el ciclo de desplazamiento de derecha a izquierda / dirección ascendente, cuestionando el sentido natural de la circulación, lo que me convierte en un vicio de la línea de montaje bajo norma estándar.

Utilizando el shopping como centro de aprovisionamiento cotidiano tiendo a buscar y probar prendas sin requerir asistencia al vendedor y unifico ritmos de desplazamiento en pasillos y locales, dentro de los cuales me limito al chequeo improductivo para comprobar si hubo renovación de la oferta porque, por habitué, lo conozco casi todo; por la aceleración involucrada en mi desplazamiento dirigido y la baja pulsión exploratoria, la existencia se me va encriptando en una serie de acciones silenciosas, tendencia que comparto con otras unidades disfuncionales, esos vecinos del barrio que utilizan al shoppingcomo proveedor, igualmente ensimismados, junto a mí, en circulación aberrante.

Rebeldes, nos fuimos haciendo dependientes del empuje de las células sanas -esos recién llegados briosos- que sostienen el ritmo estable, nos disimulan, y permiten que permanezcamos bajo techo sin significar resistencia o interferencia en la línea de montaje.

*

Ciudadanía y subjetividad. La vidriera de Musimundo me excita con su invocación a resolver consignas múltiples. Se me transmiten, desde carteles en tipografía negra inmensa, órdenes sucesivas que combinan llamados a la acumulación de productos con arengas demagógicas que parecerían entremezclar el interés corporativo con el mío y en las que se me alienta a rebajar y fragmentar el gasto (3)

“Comprando uno llevás dos”.
“Pagá en 36 cuotas fijas”.
“Comenzá a sumar puntos”.
“Llevá dos al precio de uno”.

No puedo cumplir con la expectativa; soy colocado automáticamente en falta por desobediencia a algunas de las consignas expresadas en imperativo puro, sin suavizantes retóricos que darían margen a la posibilidad del disenso, a través de la pregunta, la recomendación, el consejo.

Conspira contra mi adecuación el hecho de que Musimundo no recorte el marco de la experiencia, que me asigna todo por igual y al mismo tiempo constituyéndome en un modelo de consumidor complejo: culto y masivo, preciosista y abaratador, conocedor de lo último en innovación tecnológica pero necesitado de pedagogía para principiantes.

“Comprá la música que querés al mejor precio”.
“Completá tu colección de libros clásicos”.
“Elegí la mejor imagen para ver en todo momento”.

Soy múltiple, diverso, contradictorio.

“Liberá tu música”.
“Cuidá el medio ambiente”.
“Dale una alegría a papá”.

Salgo estimulado, y retorno a la circularidad, derecha a izquierda, abajo a arriba. El entrenamiento -las horas transcurridas adentro- me vuelve, en un momento dado, tan dinámico y fluctuante como los ingresantes nuevos; abandono el sistema de aprovisionamiento cotidiano; nos amalgamamos en un cuerpo colectivo que no reconoce unidades aisladas, inhibidos todavía para entablar contacto visual con vendedores y pares.

*

Inadecuación. El empleado de los colchones se queda mirándome. No merezco su contestación. A las 21.45 de un gélido otoño quedo a expensas de la calle.

Exhausto, no puedo definir un destino; me dedico a circular en el modo divagante que me reclama el shopping y no pude darle antes. Estoy desorientado; mi percepción está desenfocada y tengo tendencia a andar de derecha a izquierda, en un tránsito imprudente en el marco del tugurio. Las calles interiores del barrio no ofrecen el contexto turístico/comercial pretendido por el shopping; no son una prolongación comercial satisfactoria a excepción de tres torres de viviendas y un hotel de lujo instalados a fines del siglo pasado.

Después de un rato de andar errático, sin poder definir la dirección de un rumbo, me descubro en la entrada principal sobre Corrientes. La nocturnidad exterior, hecha de persianas bajas e imprevisibilidad, me resulta insoportable pero me contengo. “¡Abran!”, imagino que grito.

 

http://blog.eternacadencia.com.ar/?p=8432