| GONZALO SANCHEZ, “LA PATAGONIA VENDIDA” Y
LA MITOLOGIA DEL SUR ARGENTINO EN LIBROS, CINE Y TV
“En el refugio ya
no quieren mochileros”
La reedición de La Patagonia vendida
es la excusa para revisar el imaginario que construyen los últimos
relatos sobre la Patagonia en los medios, donde se iluminan vulnerabilidades,
claroscuros y la extranjerización de la tierra. “Pero
no hay que caer en esa idea maniqueísta de ‘extranjeros
malos y argentinos víctimas’”, dice Sánchez.
Por Julián Gorodischer
“El menemismo fue la cacerola donde todo se cocinaba. Menem
decía: Vengan a la Argentina que acá lo que sobra
es tierra”.
Lo primero que supo es que los gringos estaban comprando la tierra.
Lo segundo, que no había un libro que narrara la llegada
de los cercos, alambrados y la irrupción del country patagónico
donde antes reinaba la mitología del confín del mundo,
sólo apto para espíritus fuertes. La Patagonia recreada
por la mirada periodística de Gonzalo Sánchez en
La Patagonia vendida (Editorial Marea, cuya segunda edición
se presenta mañana a las 20 en la librería Prometeo
de Palermo Viejo) es tierra de “concentración y falta
de control –dice el autor del libro, viajero compulsivo al
sur argentino desde la adolescencia–, de gente interesada
en hacer buenos negocios, de falta de marco jurídico que
habilita un vale todo”. Como en la prosa de Los suicidas
del fin del mundo (de Leila Guerriero), la película Nacido
y criado (de Pablo Trapero), las historias de Falsa calma (de María
Sonia Cristoff), el aporte de La Patagonia vendida es a una mitología
hecha de vulnerabilidades, vidas cortadas antes de tiempo, agotamiento
o escasez de recursos naturales, más grises que verde o
mucho verde privatizado, en contraste con las imágenes for
export o las fantasías de extensión inabarcable para
un progreso sin límites.
“La extranjerización –dice Sánchez– es
la continuación de un fenómeno de larga data que
se agudiza en estos últimos veinte años: el menemismo
fue la cacerola donde todo se cocinaba. Menem decía: Vengan
a la Argentina que acá lo que sobra es tierra, en medio
de discursos de revolución productiva.” Su texto es
producto de cronista en tránsito. Si hay un culpable es
la vacante dejada por el Estado para que surgieran nuevos líderes
demagógicos y terratenientes (Joseph Lewis, Douglas Tompkins,
Ted Turner, la familia Benetton) que se apropian de extensiones
encerrando lagos, acuíferos o bellezas naturales e imponiendo
sus leyes. De lo narrado hasta el momento, la documentalista Mausi
Martínez (en Sed, 2005) “recogió el comentario
popular –asume Sánchez–, porque su propuesta
no fue chequear con evidencias de que Tompkins esté realmente
por el agua: vas a buscar la prueba y la prueba no está,
es creer o reventar, porque Tompkins no está envasando agua,
pero está cerca del recurso. Y lo real es que están
encima de los recursos”. Sobre la TV, que se interesó por
el fenómeno desde las expediciones de La liga (con Daniel
Malnatti y María Julia Oliván) o Telenoche investiga,
opina que “muchas veces se queda a mitad de camino, demoniza
demasiado. Nadie se plantea hacer el recorrido que hizo Diego Alonso
en La liga. Es cierto que Lewis bloquea el acceso a lago Escondido,
pero antes estaba la familia Montero, unos paisanos bravísimos
que si entrabas te desplumaban. Y el lago se hizo famoso por la
llegada de Lewis”.
Comenzó a andar con la certeza del despojo y fue cuestionando
su propia hipótesis en el proceso de la búsqueda. “Todos
los lugares que se compraron no eran de acceso para la gente. La
compra de Tompkins en los esteros del Iberá –explica
Gonzalo Sánchez– es de tierras que pertenecían
a la familia Blaquier. La tierra de Turner es privada desde 1930.” Aquí,
la Patagonia pierde la unidimensionalidad del Paraíso, desdibuja
su calificación de fin del mundo para tomar la fisonomía
del country o el barrio privado, tan familiares. “Pero es
un barrio privado alambrado con montañas y lagos”,
dice el cronista. “La película Nacido y criado (de
Trapero) y el libro Los suicidas del fin del mundo (de Guerriero)
cuentan la otra Patagonia, por fuera del pinito. Lewis nunca compraría
en el pueblo de Las Heras (conocido como la capital nacional del
suicidio), porque de ahí hay que irse. Trapero también
lo retoma: es la tierra de los mineros, lunar, gris, agobiante.
La cordillerana es el country.” Dolarizada y prohibitiva
para los argentinos, así es la contracara de la panacea
turística asociada a la prosperidad. “Caminar sobre
el glaciar Perito Moreno cuesta 100 dólares. Para la familia
tipo son mil pesos. El operador inmobiliario está interesado
en extranjeros, que vienen y gastan. El refugiero ya no quiere
mochileros”, sigue Sánchez.
Su recorrido hace escala en cuatro nombres
propios, pero no concentra los males de la mutación del territorio y de los hábitos
en la invasión de los terratenientes venidos del Norte;
prefiere, en cambio, apuntar al Estado ausente, desprovisto de
acciones para mediar entre los Benetton y los mapuches o para limitar
la concentración de hectáreas que consagraron a Benetton
como uno de los mayores propietarios de la Argentina. “Hay
una situación coyuntural que es mucho más compleja”,
dice. “Me pareció increíble caminar por el
lugar que compró Joseph Lewis, quien en el medio de un confín
de la Patagonia construyó una mansión extirpada de
Beverly Hills, con un orfanato que parece un shopping y que ahora
ofrecen para conferencias y retiros de abogados. El lugar tiene
todos los tics del ricachón medio grasa, con un jardín
de meditación zen, canchas de tenis, establos para cien
caballos y los cien caballos, hipódromo, canchas de fútbol
con unidad coronaria al costado, con preparadores físicos
del Liverpool que durante la Copa Lago Escondido (día en
que le permitieron el acceso sólo por unas horas) prueban
a los paisanitos.”
De Douglas Tompkins (a quien desde Mausi Martínez a Luis
D’Elía calificaron como el dueño del agua,
cuyo territorio en los esteros del Iberá controla casi la
totalidad del Acuífero Guaraní) recuerda “rasgos
de gurú, una cosa mística muy poderosa: habla muy
pausado y para todo tiene una respuesta. Nunca es hostil; te lleva
a terrenos de confrontación pacífica”. En el
diálogo le ofrecía una explicación para todo,
resaltaba su propia conciencia ambientalista. Le dijo que compraba
tierras para donar o conservar. “Que un americano que hizo
su fortuna en el mundo capitalista diga que ahora compra para luego
donar al Estado te descoloca. Martínez fue detrás
de Tompkins y recogió todas las denuncias que hay en torno
al tipo. Yo no soy un militante; viajo dispuesto a dejarme sorprender.
Si hay escasez de pruebas vehementes tengo que decirlo.” El
registro de su crónica de viaje fue el claroscuro, bajo
la hipótesis de que siempre es más fácil aludir
al despojo que al descuido interno.
“Tompkins –asume Sánchez– adhiere a una
corriente extrema del pensamiento ecologista que incluye hasta
el control de la natalidad. El tipo te habla de todo eso, te dice
que en su casa de Seattle se planificaban las revueltas contra
el Grupo de los 8, y por momentos te parece simpático. Me
hace ruido cuando descubrís que tiene algunos negocios agropecuarios.
Pero cuando Kirchner era gobernador donó tierra, y ésa
es una prueba sólida. No tiene zonas de frontera, no compra
tierra fiscal. Se decía que quería armar un corredor
desde la Patagonia chilena a la argentina, pero no pasó.
En el afán por demonizarlo surge una idea maniqueísta.
Extranjeros malos y argentinos víctimas: es el mejor atajo.”
–¿Cómo fue la experiencia
en tierra de los Benetton?
–Benetton es el paradigma de la Patagonia vendida: los mapuches
son víctimas de todo, del Estado y de estos tipos. Es un
choque de visiones entre el derecho a la tierra romano y la cosmovisión
mapuche de sentido de pertenencia de la naturaleza. Benetton tiene
un millón de hectáreas y el Estado no está fuerte
ni es un mediador importante; no busca el diálogo. Además,
los políticos saben qué sucede: el gobernador de
Chubut bendice que esté Benetton porque cubre un lugar que él
no podría tener a su cargo. Inyecta un dinamismo económico
a El Maitén y Esquel que no cubrían las familias
de la burguesía ganadera argentina cuando tenían
el control de esas tierras.
–¿Y en territorio de Turner?
–Lo de Turner es raro: es el mayor terrateniente de EE.UU.
y en la Patagonia compró tierra que era de un funcionario
de María Julia. Todos se asombran de que se lo hayan vendido
dentro de un parque nacional, y eso se puede. Todo se puede. Eso
es lo más grave. Si nos tenemos que espantar de algo es
de que compran porque el Estado los dejó. Compran lo que
quieren, y si está todo permitido lo hacen mucho más
rápido.
–¿Por qué el libro es la crónica de
su propia transformación?
–Yo no sabía qué libro hacer. Creía
lo que salía en los medios, que la Patagonia estaba siendo
comprada por millonarios. Y mi gran temor era cómo hablarles
a los patagónicos de la Patagonia. Porque el patagónico
piensa que el Estado y Buenos Aires se olvidaron de ellos y se
acuerdan cuando les conviene: pero ése era el libro que
yo no quería hacer.
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