Argentina ¿en venta?

El “caso Tompkins” –y la ofensiva expropiadora de Luis D’ Elía– puso en el centro de la escena el debate en torno a la gran cantidad de tierras que están en manos de extranjeros y al destino de los recursos naturales: agua, gas, petróleo y minerales. El análisis de los especialistas sobre un tema atravesado por la política, la ideología y la economía.

Tenaza en mano y acompañado por un séquito mediático, el ex piquetero y ahora subsecretario de Tierras para el Hábitat Social, Luis D’ Elía cortó los alambres que cercaban la estancia El Socorro, en Corrientes. El dato podría ser anecdótico, salvo por algunos detalles. 1) El lugar tiene unas 300 mil hectáreas. 2) Su propietario es un norteamericano llamado Douglas Tompkins (68). 3) Es sospechado por D’ Elía de querer de su intención de apropiarse de los Esteros del Iberá, una zona ubicada sobre el Acuífero Guaraní, uno de los más importantes reservorios de agua potable del mundo. Por otra parte, la Iglesia presentó la semana pasada un documento denunciando el fenómeno de “la extranjerización de la tierra”, cuestionamiento que también alcanza a los recursos naturales estratégicos: el agua, el gas, el petróleo, los minerales, y hasta el mismísimo aire de la patria, todos atravesados por la política, la ideología y los intereses económicos.

De remate. De los 270.000 km2 que constituyen el territorio nacional, el 10 % es propiedad de extranjeros, según datos del Ejército Argentino, que coinciden con lo que recientemente publicó el periodista Gonzalo Sánchez en su libro La Patagonia vendida (Marea). Algo más: 32 millones de hectáreas, correspondientes a las mejores tierras del país, están en venta o en proceso de ser vendidas a extranjeros. ¿La Argentina está a la venta? Héctor Laurence, presidente de Fundación Vida Silvestre (FVS), lo niega. “No existe un plan maquiavélico para quedarse con nuestro territorio, y nadie se puede llevar la tierra”. Algo similar opina Sergio Berenstein, politólogo de la Escuela de Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella y director de Poliarquía. “Estamos cayendo en una obsesión xenofóbica. El nacionalismo mal entendido fue una de las razones de nuestro atraso, y volver a esta postura sería otro fracaso”. Pero lo cierto es que hoy, como no sucedía hace tiempo, aparecieron palabras que parecían archivadas: nacionalización y expropiación. “Hay un uso peligroso y demagógico de conceptos –advierte Pepe Eliaschev, autor de La vuelta de los ’70 (Sudamericana)–. ¿Expropiación? No lo creo: los recursos del Estado que harían falta para comprar las tierras que se juzgan en manos extranjeras no existen”.
Tierra mía. “La Patagonia es argentina solo por casualidad...”. Así comienza el libro de Sánchez. En el origen de los tiempos, fueron los extranjeros sus primeros conquistadores. Y también fueron foráneos los que, en la década del ´90, armaron el escenario. Todo comenzó con la crisis económica que golpeó tan fuerte a los productores agropecuarios nacionales que tuvieron que vender para pagar sus deudas. En esa década, los hermanos Benetton compraron un millón de hectáreas en Neuquén y Chubut. Salvo voces aisladas, nadie cuestionó la adquisición y hoy son los más grandes propietarios privados de la Argentina. A ellos le siguieron otros ricos, millonarios y famosos, como Ted Turner, creador de la CNN y Joe Lewis, de la cadena Planet Hollywood. “En los ‘90, los únicos que podían comprar tierras eran los extranjeros”, cuenta la diputada por el ARI Susana García, quien, desde 2002, trabaja para presentar un proyecto de ley contra la extranjerización.
El fenómeno continuó, a pesar de las denuncias de la Federación Agraria Argentina. Y el asunto es que, constitucionalmente, nada impide a un extranjero comprar tierras. Sin embargo, el debate está instalado...“De no haber sido por algunos extranjeros, muchas zonas riquísimas se habrían perdido. En los Esteros del Iberá hay empresas de origen nacional que han descuidado la región. Solemos rasgarnos las vestiduras, pero los argentinos no tenemos conciencia del patrimonio nacional ni podemos dar cátedra en manejo sustentable. Más importante que la nacionalidad es la intencionalidad”, afirma Claudio Bertonatti, de Fundación Vida Silvestre. Pero García, la diputada del ARI, enfatiza sobre la necesidad de un control por parte del Estado. “Por nuestra permisividad, se ha vendido y se seguirá vendiendo. Pero lo vendido, vendido está, y la expropiación pondría en tela de juicio la legalidad del país. A futuro hay que analizar qué hacer en las zonas con recursos estratégicos comprometidos”. Su proyecto señala, entre otras cosas, que podrían ser propietarios quienes hayan residido cinco años en el país. “Además, no deberían tener más de un cuarto del territorio rural de un distrito. Hay que crear un registro de propietarios con inscripción anual y exigirles que mantengan el suelo en pos de preservar la biodiversidad. Pero hace falta decisión política”.
El país del agua. Según la Constitución Nacional, los recursos pertenecen al Estado y son un bien social. Los que están en el subsuelo también. “Una persona puede tener el dominio privado de una tierra, pero esto no quiere decir que este propietario pueda extraer lo que quiera”, aclara Sabsay. “Tompkins no es dueño ni de un litro de agua. Puede extraer agua de la superficie para beber; pero no existe la posibilidad de que explote comercialmente el agua, salvo que el Estado lo permita a través de una licitación pública. En ese caso, debe pagar un canon por su uso”, asegura Laurence, de la FVS. Dado que éste es un país federal, cada provincia tiene su propio canon. Fuentes consultadas por Para Ti aseguran que la posibilidad de que Tompkins saque agua de allí es improbable. Por otra parte, el Sistema del Acuífero Guaraní (SAG) está en etapa de investigación. “Por el momento, hacer una perforación de entre 300 a 900 metros de profundidad en la roca basáltica no es económicamente atractivo: son obras millonarias. Y pensar que Tompkins se está llevando el agua en botellitas es desconocer cómo funcionan los mecanismos de extracción de agua”, aseguró una fuente del Instituto Nacional del Agua (INA).
Las minas son ajenas. Si todo lo que está debajo de la superficie pertenece al Estado, podría decirse que el estado nacional y los gobiernos provinciales serían ricos gracias a su minería. Desde 2003, se cuadriplicaron las inversiones y proyectos en el área, la exploración en metros perforados creció a niveles récords y la exportación está en pleno auge. “La minería es federal: son los estados provinciales los dueños que lo concesionan a terceros –aclara José Herrera, de la Secretaría de Minería–. Si alguien es propietario de una zona con proyección minera, lo que se suele hacer es llegar a un acuerdo entre partes. Se puede vender, o tener un porcentaje en el proyecto”. Ya en la etapa de la explotación, la empresa debe pagar un canon a los estados provinciales que, según el código de minería, es el 3 % declarado en la boca de mina... uno de los más bajos del mundo. “El Estado, en lugar de gestionar el recurso lo otorgó a otros, el 80 % es capital extranjero, y quienes recibieron las concesiones se llevan fortunas”, asegura Gastón Mercado Luna, ex diputado por la UCR que investigó la mafia del oro. “Por las leyes mineras de los ’90, la actividad se convirtió en una panacea para las empresas, que están exentas de pagar hasta los peajes. A pesar del despegue de la actividad, la gente nunca ve esos beneficios”.
Divino petróleo. La nueva ley de promoción de hidrocarburos que alienta el gobierno –tiene media sanción en diputados– no sólo estipula desgravaciones impositivas para que las petroleras amplíen sus zonas de exploración y explotación. Además, garantiza más ganancias y en nada cambia el escenario que se construyó en los ’90. “En esa década, los activos del estado (YPF y gas) pasaron en un 100 % a empresas privadas. Las concesiones vencen en el 2015, pero las empresas quieren que le prorroguen la titularidad hasta el agotamiento definitivo –denuncia Federico Bernal, analista energético–. Antes, el Estado retenía entre 70 y 80 % de la renta, y eso se reinvertía en el país. Hoy, de los 8.800 millones de dólares de renta que el petróleo deja anualmente, con las retenciones y más regalías (12 %), el Estado se queda con un 36 %”. En Venezuela, por ejemplo, el Estado se queda con un 67 % de la renta petrolera, que es de 26 millones de dólares anuales. Hugo Martini, diputado de PRO, destaca que la renta que queda en manos de las provincias no es una cifra menor. Para él, estas empresas privadas son las mayores aportantes del Estado. Contra esto, Bernal, investigador del Instituto de Investigaciones en Ciencias Sociales (IDICSO) de la Universidad del Salvador, pone de ejemplo a Neuquén, una de las principales productoras de gas y petróleo, y una de las provincias donde más creció la indigencia. “En el modelo actual, las empresas son propietarias de lo que extraen y no están obligadas a dárselo al Estado. Las ganancias que obtienen de la producción y exportación nunca se reflejan en reinversión”. Y sus pronósticos asustan: dice que en ocho años las reservas petrolíferas se agotarán, que en el 2009 el país será importador neto de petróleo y que en 2014 habrá un agotamiento total de reservas. “Los hidrocarburos deberían volver a ser considerados bienes no renovables y no un commodity, como ahora”, concluye.
Naturales y esenciales. “Los recursos naturales constituyen la materia básica del desarrollo económico y social del hombre –sostiene Gabriel de Paula, licenciado en Relaciones Internacionales y coordinador de recursos naturales del Centro Argentino de Estudios Internacionales (CAEI)–. Bajo el título de que todo lo nacional era deficitario, los privatizamos y los gobiernos permitieron a las corporaciones extranjeras hacer cualquier cosa”, sostiene De Paula, para quien el impacto mediático del caso Tompkins puede hacer replantear el rol del Estado en el tema. En este sentido, Bernal cree que el Estado debería tener un papel planificador, regulador y gestionador de los recursos estratégicos. Para Héctor Laurence –de Vida Silvestre– , el problema no es tener más intervención estatal, sino que “esta intervención sea lógica y con un esquema jurídico coherente. No es un tema de derecha o de izquierda, sino de capacidad y conocimiento”.

Texto M. F. Sanguinetti

 

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