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La ley de la calle
Lisy Smiles / La Capital
Novela. La canción de los peces que le ladran a la luna,
de Osvaldo Bazán. Editorial Marea, Buenos Aires, 2006, 157
páginas, $ 29
Que los peces le ladren a la luna es
algo poco probable, salvo para la literatura o el cine. Y entre
esos dos saberes se sitúa
Osvaldo Bazán al momento de desplegar su último libro: "La
canción de los peces que le ladran a la luna". Para
lograr que la historia circule acude a distintos recursos de uno
y otro género, y si en algún momento la cosa tiende
a inmovilizarse inventa variaciones que van desde el periodismo
a la mirada íntima de un narrador que no quiere, no le interesa,
quedarse afuera de la trama.
Vil, el Ñoca, River, Garota, Laura, el Peor, Sangre, el
cabo Sepúlveda o hasta el propio Acosta, un fiel representante
de las Fuerzas Vivas, nadan contra la corriente porque no les queda
otra o porque la vida que les tocó no es otra cosa que la
suma de múltiples mentiras.
Pero esas mentiras nada tienen que ver con
una valoración
moral, esas mentiras son reales, impiadosamente reales.
Bazán elige describir a sus personajes a través
de la acción, y esa acción se juega en un escenario
clave: una ciudad muy parecida a Rosario. Las esquinas, los minimarkets
abiertos las 24 horas, los bulevares, sus estatuas, un loquero,
terrazas, una embotelladora abandonada y un departamento demasiado
minimalista para tanto horror albergan las historias que se cruzan
y se separan a la vez.
Es difícil leer esta novela tras los pasos de protagonistas
o antagonistas. La narración, en todo caso, arroja sobre
las páginas un cúmulo de vidas que ni sus dueños
están seguros de cómo son vividas.
Muchos de ellos son desangelados. Taxiboys
por opción o
necesidad, dementes románticos o sádicos irredentos
se cruzan en una estructura que los unirá irremediablemente
sobre el filo de una navaja, que Bazán maneja a veces con
suavidad y otras sin eufemismos.
"La canción de los peces que le ladran a la luna" es
una novela coral, profundamente coral. Porque se juega a través
de distintos registros de escritura como la crónica, el
guión, el diario íntimo o la narración clásica.
Hay densidad pero también levedad; drama, comedia, ironía,
suspenso y humor se esparcen por las ásperas páginas
de papel reciclado.
Cada tanto, Bazán, ese narrador que no se oculta, trata
de calmar la tensión y advierte al lector, y a los propios
personajes, que sólo se trata de literatura. Pero el bálsamo
es una trampa: el realismo como creación pura descarna hasta
a los sentimientos más tiernos. Como cuando evoca a esos
peces, tan parecidos a los que ilusionan en el filme "La ley
de la calle".
Porque a pesar de que se anuncia la inexistencia
del amor, los desangelados personajes que componen esta novela
sufren porque en algún momento sospechan, avizoran, la
existencia de ese sentimiento.
Es más, el amor, esa extraña sensación, es
el trazo que une las microhistorias, y en todo caso su negación
es lo que las separa, las expulsa por fuera de los márgenes.
Y una vez instalados en ese territorio, los
personajes juegan con el límite, con lo que es mejor no ver. Se puede entonces,
hablar de puntos de vista, de cómo una historia plana adquiere
distintos relieves no sólo de acuerdo a quién la
cuenta, sino también a quién la vive.
"No hay nada que las palabras te puedan enseñar",
le dice un personaje al narrador que se empeña en entender
lo que ocurre, y ese consejo toma cuerpo en Bazán que continuamente
crea imágenes, escenarios, propone tomas, y hasta parece
que guiona escenas de un filme noir.
Entonces aparece la pregunta sobre si esta
novela es una historia de marginales, de ángeles caídos. La respuesta es
pura ilusión, como aquella que sólo se logra ver
cuando se escucha la canción que cantan unos peces que le
ladran a la luna.
http://www.lacapital.com.ar/2006/12/24/seniales/noticia_352469.shtml
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