Revista Ñ – 29 de mayo de 2004

 

El prejuicio importado de España

por Ricardo Dessau

 

“Tenía el corazón cálido, el gesto frenético, el sentido del lirismo, y veía casi todo en negro, como una llama pasando sobre la nada.” Tal la descripción que hizo León Daudet de un argentinito de Tucumán que un día recaló en parís para convertirse al cabo en un personaje de Marcel Proust. El argentinito se llamaba Gabriel Iturri, o D´Yturri, según la fantasía de quien haría de él su secretario y su amante, el conde Montesquiou-Fèzenzac. Ambos pasaron a la inmortalidad gracias a En busca del tiempo perdido, donde Iturri se llama Jupien, y el conde, Barón Charlus. En su Historia de la homosexualidad en la Argentina (De la conquista de América al siglo XXI), Bazán nos recuerda este cuento de hadas y otros más bien de terror, como lo ilustran los casos de Andrés Cepeda, “delincuente menor, anarquista y homosexual: uno de los primeros poetas del tango”, muerto a cuchilladas en 1910. El del dramaturgo Tulio Carella, torturado en 1961, en Brasil, como presunto “agente cubano” y obligado a callar con el chantaje de revelar su homosexualidad. O el del cupletista Miguel de Molina, quien desembarcó en Buenos Aires en 1942 y fue expulsado en 1943 por homosexual, en virtud de la ley de Residencia, “la que –dice Bazán– echó a anarquistas y obreros revoltosos”.
Son como breves monografías o apasionantes relatos insertos en una reflexión más amplia sobre el “pecado nefando”, como se llamaba en España, y se siguió llamando en el Nuevo Mundo, a la relación sexual entre hombres. También se amplía la narración, ya que se trata de rastrear a partir del siglo XV, y en el espacio total americano, el origen de un prejuicio que se apoderó de todo un continente en el que muchas de sus culturas no despreciaban la práctica del sexo entre varones, ni la castigaban. Para los mapuches, por ejemplo, “además de hombres y mujeres, había al menos un identidad de género más y aceptaban muchos tipos diferentes de actos sexuales. Pensaban que la sexualidad era algo que se construía, no algo que resultaba naturalmente de la anatomía”. Y, más importante aún, “para ellos, un hombre que se ‘afeminaba’ no perdía ningún privilegio o poder porque tanto hombres como mujeres estaban en un pie de igualdad. Ser menos hombre no era mal visto porque ser mujer no lo era”.
El autor dedica el libro “a los prejuiciosos, los crueles y los necios”, que le hicieron “buscar respuestas”, aquí respaldadas con abundantes fuentes documentales, bien argumentadas y expresadas con claridad