|
Revista Ñ – 5 de marzo de
2005
Memorias del Holocausto
por Pablo Chacon
Parece mentira: los fastos que en unos meses recordarán
la caída de Berlín, punto final de la Segunda Guerra,
coinciden estos días con una serie de noticias que se han
entrelazado, puede decirse que involuntariamente, en distintas partes
del mundo. La notable proliferación de bibliografía
sobre el fenómeno nazi, es una de las vías que la
industria cultural (alemana, pero no solamente) está utilizando,
acaso para refrescar la memoria de muchos; sin embargo, como suele
suceder, las estrellas de esta fiebre no son los libros –los
libros serios– sino el merchandising que acompaña esta
suerte de ataque contra la amnesia: juegos de cartas con los rostros
de Goebbels, Himmler, Goering; muñecas que reproducen la
figura de Eva Braun, la amante del Fuhrer, y por supuesto, el Hitler
a cuerda, que hace furor entre niños y jóvenes, aquellos
a quienes los libros debieran ilustrar sobre la generación
que gobernó al país a mediados del siglo pasado.
A miles de kilómetros, en el flamante Los niños
escondidos, de Diana Wang, hija de sobrevivientes de la Shoá,
muestra no la otra cara sino la única cara del fenómeno,
destacando que entre los objetivos nazis no sólo estaba adueñarse
de Europa (y en su imaginación, negociar con los Estados
Unidos el aplastamiento de la URSS); el otro objetivo era la eliminación
de los judíos. Esta historia ha sido muy contada y documentada,
pero lo que este libro descubre y repone es el relato de un puñado
de sobrevivientes, judíos, entonces niños, la mayoría
franceses, algunos de los cuales vivieron escondidos en Vichy, otros
protegidos y otros más, escapados de Auschwitz o Bergen Belsen,
que finalmente, adoptados o milagrosamente recuperados, llegaron
a la Argentina en un momento donde los burócratas se desvivían
por recibir nazis de segundo y tercer nivel. El libro da cuenta
de la resistencia, en Migraciones, a permitir el ingreso de los
pequeños refugiados, mientras se facilitaba, por ese y otros
canales, la bienvenida a los Mengele, Eichmann, Priebke, Von Owen
y otros. Los niños sólo eran esperados por familias
solidarias, horrorizadas.
El grupo de sobrevivientes que reunió la autora, tiene hoy
entre 60 y 70 año; son ocho hombres, veintidós mujeres.
Se sabe que hay más, y que han preferido continuar en el
anonimato. Los nazis, dice Wang, lograron “eliminar un millón
y medio de niños (judíos)”. Después de
la guerra, del total estimado de judíos europeos, un 15 por
ciento de los sobrevivientes era adulto, y un 7 por ciento, niños.
Paradojas: los mismos funcionarios que hacían la venia cuando
llegaban los nazis, muchas veces eran obligados de muy mala manera
por la propia Eva Perón a destrabar los inconvenientes que
“impedían” el ingreso de los niños: la
misma Eva Perón que se supone fue a Europa a dejar u ofrecer
pasaportes falsos, de usufructo nazi y croata.
La actualidad del libro es sorprendente, Eugenio Pacelli, Pío
XII, era el Papa cuando Hitler era el hombre fuerte. Acusado por
diversos historiadores de “cómplice” del régimen
nazi, Pacelli es, para su institución, el retorno de lo reprimido.
El norteamericano Daniel Goldhagen es el principal expositor de
esta tesis: los documentos que lo involucran son abrumadores; sin
embargo, las vueltas de la historia han colocado a Pacelli al borde
de la beatificación.
¿Podrían los opositores a esas medidas, que acaban
de presentar un informe oficial donde puede leerse que por orden
del Papa, se prohíbe entregar a sus familias a los pequeños
judíos que, protegidos por la Iglesia, no estaban bautizados?
¿Puede alguien pensar que el bautismo es una especie de pasaporte
al cielo, un techo desde donde puede mirarse cómo los réprobos
arden bajo las llamas eternas?
|