Sacerdote del exterminio

En el nombre de Dios, el sacerdote argentino Christian von Wernich confesaba a los detenidos y les extraía información que luego pasaba a la policía de Buenos Aires. Así mismo, solía asistir a las sesiones de tortura y colaboró en secuestros y asesinatos de los que consideraba “subversivos”. El martes 9 la justicia de su país lo condenó a cadena perpetua. Su caso refleja el papel que desempeñó la Iglesia católica durante la sangrienta dictadura militar: la complicidad por comisión u omisión.

Marcelo Izquierdo

BUENOS AIRES.- El sacerdote y excapellán de la policía bonaerense Christian von Wernich duerme en una celda común de la prisión de máxima seguridad de Marcos Paz, al oeste de esta ciudad.

Allí no viste sotana. Tampoco comulga ni celebra misa, aunque lee la Biblia con asiduidad. Sus mil 500 compañeros de prisión cometieron robos, secuestros o asesinatos. Él –según la justicia argentina– fue culpable de algo más grave: participó directamente en un genocidio.

El tribunal federal número 1 de La Plata, ubicado a 60 kilómetros al sur de la capital, lo condenó el martes 9 a reclusión perpetua por estar involucrado en siete homicidios, 31 casos de tortura y 41 secuestros, todos delitos considerados de lesa humanidad. Sus crímenes –señaló el histórico fallo del tribunal– se cometieron en el marco de un “genocidio” perpetrado por la dictadura militar que gobernó el país entre 1976 y 1983, y que dejó 30 mil desaparecidos.

El llamado Cura del Diablo es el primer religioso en ser condenado por genocidio en América Latina y el segundo en el mundo. El primero, el ruandés Athanase Seromba, fue sentenciado el 13 de diciembre de 2006 a 15 años de prisión por el Tribunal Penal Internacional para Ruanda (TPIR) por delitos de “exterminación” durante la masacre de medio millón de tutsis en ese país africano.

“Von Wernich era el último engranaje de la cadena represiva” montada por el fallecido jefe de la policía bonaerense Ramón Camps. “No por ser el último engranaje era el menor. Su función era tomar contacto con los detenidos después de las interminables sesiones de tortura para pedirles que se arrepintieran y confesaran y así sacarles más información. Un policía que lo conoció me dijo: ‘él les inculcaba a los detenidos el más terrible de los suplicios… la esperanza’”, dice a Proceso Hernán Brienza, autor de Maldito tú eres, libro que aborda la vida del sacerdote.

La Iglesia –cuyo papel durante la dictadura es duramente cuestionado por organismos de derechos humanos debido a su connivencia con el régimen por acción u omisión– fijó su posición después de que se hizo pública la condena a Von Wernich. En un comunicado, la Conferencia Episcopal dijo: “Los pasos de la justicia deben servir para renovar los esfuerzos en el camino de la reconciliación y son un llamado a alejarnos, tanto de la impunidad como del odio y el rencor”.

“Cura del Diablo”

Christian von Wernich nació en San Isidro, en la periferia norte del Gran Buenos Aires, pero se crió en la ciudad de Concordia, provincia de Entre Ríos, en la frontera con Uruguay, en el seno de una familia muy rica. Su padre era productor de cítricos. Desde pequeño se codeó con la oligarquía de la zona y participó en el exclusivo Club del Progreso, que se regía con la práctica conocida como “bolilla negra”, un poder de veto que cualquier miembro de la institución tenía derecho a ejercer para oponerse a la llegada de un nuevo socio indeseado.

Los Von Wernich eran siete hermanos, pero Christian estaba siempre junto a Guillermo, mayor que él y con quien solía militar en grupos ultracatólicos que participaron en actos violentos durante el debate nacional sobre la educación “laica o libre” de los años sesenta.

En esa época hubo denuncias que lo involucran en agresiones a judíos de la ciudad. “Incluso –cuenta Brienza– cuando era un estudiante de secundaria lanzó bombas de alquitrán contra la vivienda de un profesor de origen judío y lo persiguió con un Jeep por una plaza. El profesor salvó su vida escondiéndose detrás de un banco. Y todo sucedió frente a la jefatura policial. Von Wernich era un típico niño rico que gozaba de impunidad”.

Al terminar la escuela, viajó a Buenos Aires para estudiar en un seminario de curas. Pero su paso fue efímero. “Lo echaron porque un día llegó borracho. Entonces viajó a Europa y Estados Unidos. Tenía mucho dinero y se daba una vida de dandy. Incluso enamoró a varias mujeres mayores que lo mantenían. Un amigo de la época dijo que era homosexual e incluso una antigua novia contó que decidió abandonarlo porque (sexualmente) no pasaba nada”, dice Brienza.

Al volver al país tenía 38 años y decidió incorporarse a la Iglesia. “Se metió otra vez en un seminario y se inició como sacerdote en la diócesis de 9 de Julio”, un pueblo de la provincia de Buenos Aires. “No terminó sus estudios, pero igual fue nombrado sacerdote. Esto no es irregular, aunque sí constituye una anomalía. En concreto, Von Wernich entró a la Iglesia por la ventana”, agrega Brienza.

Su conexión con el ala dura militar se dio a través de su cuñado Manuel Morelli, quien estaba casado con su hermana Susana y era íntimo amigo de Camps, quien luego se convertiría en el amo y señor de los campos clandestinos de detención en la provincia de Buenos Aires en su calidad de jefe de policía. Corría el año 1971.

En 1975 se convirtió en capellán policial de la ciudad bonaerense de Junín y un año después, durante el golpe militar, fue designado capellán de la policía bonaerense bajo las órdenes de Camps. La represión estaba en su apogeo. Miles de personas eran secuestradas, torturadas, asesinadas y sus cuerpos arrojados al mar en los llamados “vuelos de la muerte” o enterrados en fosas clandestinas. Von Wernich comenzó a actuar en varios campos de concentración ilegales de la provincia. Testigos dijeron que lo vieron participar en sesiones de tortura. “Su papel –dice Brienza– era el de presentarse ante los detenidos para obligarlos a arrepentirse y a cambio les ofrecía la libertad”.

Y agrega: “les decía que debían arrepentirse y colaborar con las fuerzas represivas, que Dios y la patria los requerían. Les decía que si colaboraban saldrían vivos. Cuando veía que no podía convencerlos, los interrogaba y les volvía a preguntar lo mismo que los torturadores. Les extraía información de esa manera”.

El grupo de los 7

Von Wernich estuvo involucrado en el llamado “grupo de los 7”. Se trató de siete jóvenes estudiantes de secundaria que fueron detenidos y luego desaparecidos. Los siete permanecieron detenidos en la Brigada de Investigaciones de La Plata. A cambio de su colaboración, Camps les prometió que serían liberados y viajarían al exterior.

“Von Wernich se convirtió en el confesor del grupo. Les extraía información. Su relación con los detenidos era de tal cercanía que bautizó a la hija nacida en cautiverio de Liliana Galarza (una de las detenidas). Los padrinos fueron Camps y su segundo en el mando, el comisario Miguel Etchecolatz, actualmente condenado a prisión perpetua. El bautismo lo hicieron con tortas, guirnaldas, globos…¡en la misma comisaría donde se torturaba a los detenidos!”, dice Brienza.

Pero el papel del sacerdote iba más allá. Pedía a los familiares de los detenidos dinero “para su mejor manutención. Incluso solicitó dinero a la familia de los siete jóvenes detenidos ‘para cuando salieran en libertad’. Llegó a recaudar en total 20 mil dólares”, prosigue Brienza.

Los jóvenes detenidos colaboraron con sus represores y aguardaban su liberación prometida para diciembre de 1977. Los carceleros y sus torturadores, con Von Wernich como testigo, les prepararon una última cena. “Les habían prometido que viajarían en dos grupos al exterior”. Von Wernich llegó a brindar por la salvación de sus almas.

“Los primeros tres salieron en un automóvil junto a Von Wernich rumbo al aeropuerto de Ezeiza, en la zona oeste de Buenos Aires. Pero uno de ellos, Domingo Moncalvillo, se dio cuenta de que el vehículo se dirigía al sur, y dio la voz de alarma. ¡Nos van a matar a todos!, gritó, y empezó a forcejear. Uno de los guardias le pegó en la cabeza con la culata de su revólver y Moncalvillo empezó a sangrar”, cuenta Brienza.

La sangre manchó la sotana de Von Wernich, según dijo el chofer del vehículo, Julio Emedd. Los tres jóvenes fueron bajados en un descampado de la zona sur y fusilados. Nunca se hallaron sus restos, así como tampoco los de sus otros cuatro compañeros que días después corrieron igual suerte.

Pero su participación activa con el “grupo de los 7” no fue la única misión del sacerdote en los campos de exterminio. El sobreviviente Luis Velasco declaró que, tras una sesión de tortura, el prelado entró a su celda y le dijo en forma socarrona: “¡huy!, la picana (instrumento de torturas con base en descargas eléctricas) te dejó todos los pelitos parados”.

Velasco también contó que, después de un sermón del cura en un campo de concentración, uno de los detenidos, Héctor Barati, cuya esposa Elena acababa de dar a luz a una hija en el centro de detención, le preguntó qué culpas debía pagar su hija. El sacerdote le respondió: “los hijos pagan las culpas de los padres”.

“¿Para qué los quieren (a los hijos), para que sean subversivos?”, siguió el sacerdote, según recuerda Brienza.

Sotanas de la dictadura

Sin embargo, el caso más emblemático que involucró a Von Wernich fue el de la detención del director del diario La Opinión, el periodista Jacobo Timerman, quien fue acusado de tener vínculos con el grupo guerrillero Montoneros y dejado en libertad tras varios años de prisión debido a una enorme presión internacional.

Timerman, quien falleció en 1999, le contó a su hijo Héctor (actual cónsul argentino en Nueva York) que Von Wernich participó en las sesiones de tortura a los que era sometido periódicamente en su lugar de detención. “Le vendaban los ojos cuando lo torturaban, pero a veces, en medio de los sacudones de los shocks eléctricos, se le corría la venda y ahí reconoció a tres personas, a Camps, al médico Jorge Bergés y a Von Wernich”, dice a Proceso Graciela Mochkofsky, autora del libro Timerman, el periodista que quiso ser parte del poder.

Y añade: “Timerman dijo que Von Wernich jamás habló con él, pero que durante las sesiones de tortura el sacerdote hablaba con Camps”.

El testimonio de Héctor Timerman fue clave en el juicio contra Von Wernich.

A raíz del caso Timerman, Camps perdió su poder dentro de la dictadura y fue relevado en su cargo. Von Wernich entonces tomó otros rumbos. Viajó a Estados Unidos, por pedido del exjefe de la policía bonaerense, para infiltrarse en la Organización Cristiana de Acción para la Argentina, una ONG que se dedicaba a recopilar denuncias sobre violaciones a los derechos humanos en el país.

“Camps quería saber quiénes lo denunciaban”, dice Brienza.

En 1979 volvió a Argentina y se radicó en Norberto La Riestra, un pequeño pueblo de la provincia de Buenos Aires de apenas 5 mil habitantes. Allí dio clases y misa en la Iglesia local. Se quedó hasta 1988, cuando fue trasladado a la diócesis de Bragado, también en territorio bonaerense, tras el retorno del país a la democracia. Por ese entonces ya había declarado como testigo en el histórico juicio contra las juntas militares. Pero en Bragado vivía Beba Idiart, madre de Cecilia, una de las jóvenes del “grupo de los 7”. Las manifestaciones de repudio en contra del sacerdote se sucedieron, pero la Iglesia lo mantuvo en el cargo.

En esa época, Von Wernich ofreció una entrevista a la desaparecida revista Siete Días. Entre otras cosas, dijo: “que me digan que Camps torturó a un negrito que nadie conoce, vaya y pase. Pero cómo iba a torturar a Jacobo Timerman, un periodista sobre el cual hubo una constante y decisiva presión mundial. ¡Que si no fuera por eso!...”. Sus declaraciones le valieron siete días de arresto.

Brienza dice: “la Iglesia lo protegió. Recién en 1996 decidió su traslado de Bragado. Lo echaron porque un domingo protagonizó un incidente en plena misa. Había una feligresa con la que aparentemente mantenía un romance. Cuando la mujer se acercó a comulgar, le dijo que se retirara, que tenía el diablo en el cuerpo, que era una pecadora porque según él se le había insinuado (sexualmente). Eso fue motivo para que la Iglesia decidiera sacarlo de Bragado. Para la Iglesia es más peligroso el amor que la tortura y la muerte”.

Entonces, en el más absoluto silencio, Von Wernich se refugió en Chile, en una parroquia del pueblo El Quisco, a 15 kilómetros de Isla Negra, el famoso refugio de Pablo Neruda, donde estuvo de 1996 a 2003.

“Allí nadie sabía quién era en realidad. Se hizo llamar Christian González, o padre González, porque decía que su apellido era muy difícil de pronunciar”, comenta Brienza.

En febrero de 2003, el fiscal argentino Félix Croues pidió su declaración indagatoria por los homicidios del “grupo de los 7”. Pero nadie conocía su paradero. Hasta que en abril de ese año, Brienza recibió el dato de que se hallaba en Chile, dentro de la zona de influencia del obispado de Valparaíso. Nadie lo conocía, sólo una mujer le dijo que había un sacerdote argentino, pero que se llamaba González. Brienza entonces lo llamó por teléfono:

–¿Von Wernich? –preguntó.

–Sí –contestó el cura del otro lado de la línea, pero se negó a responder más preguntas.

La revista argentina Veintitrés publicó una semana después las fotos del religioso oficiando misa en la iglesia de El Quisco. Enseguida el sacerdote desapareció. Estuvo en la clandestinidad durante cuatro meses hasta que, en agosto de 2003, se presentó ante la justicia de La Plata. El juez Leopoldo Schiffrin lo declaró en prisión preventiva. Salió en libertad dos días después, pero al mes volvió a la cárcel.

El martes 9 la justicia lo condenó a prisión perpetua.

“Concretamente –dice Brienza– la condena pone de relieve la actuación de la Iglesia durante la dictadura. Hay 10 o 20 capellanes vistos en campos clandestinos de detención. Y eso deja en claro muchas cosas.”

Von Wernich fue el símbolo mayor de esa Iglesia cómplice de la dictadura. Aunque fueron muchos los miembros de esa misma Iglesia que, a título personal, se batieron contra el régimen.

Al menos 18 sacerdotes fueron asesinados o están desaparecidos; otros 10 sufrieron prisión; 30 fueron secuestrados y enviados a campos de concentración y luego liberados, y 11 seminaristas fueron asesinados o siguen desaparecidos.

 

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