Cura represor ante
la justicia
Por primera vez en la historia de
Argentina, un sacerdote es juzgado por su papel en los crímenes
de la dictadura
BUENOS AIRES.— El mismo aire de imperturbabilidad
que en aquellos años de plomo. El mismo rictus diabólico
que supo adquirir en los primeros años de la democracia,
cuando los testimonios iban dando cuenta de su papel durante la
dictadura.
Desde el jueves, Christian Federico von Wernich se convirtió en
el primer cura en la historia argentina en ser juzgado por haber
participado en siete homicidios, 31 torturas y 42 secuestros entre
1976 y 1983, según la acusación del fiscal Carlos
Dulau.
Los testimonios que lo identificaron y acusaron
son múltiples.
Todos de víctimas de los centros clandestinos de detención
bajo la órbita de Ramón Camps, jefe de la tenebrosa
policía bonaerense entre 1976 y 1981 —cuando la ciudad
de La Plata era una de las zonas más castigadas por la represión—,
y del comisario Miguel Etchecolatz, el primer penado desde que
se anularon las leyes de impunidad.
Von Wernich fue identificado desde 1983, pero
las leyes de Obediencia Debida y Punto Final y cierta protección de un sector de
la Iglesia católica lo ayudaron a evadir la Justicia.
Según el periodista Hernán Brienza,
autor del libro sobre el cura represor, Maldito tú eres,
Von Wernich “era
un ícono, un hombre respetado por su perfil fascista por
los más de 30 capellanes militares que fueron vistos en
los campos de concentración. Si no se trataba de una política
de la Iglesia al menos lo era de los capellanes”. En aquellos
años sangrientos, Von Wernich se erigió como un “hombre
clave en el engranaje represivo. Era quien entraba a los lugares
de detención, para ‘asistir espiritualmente’ a
los detenidos-desaparecidos o intentar que “entregasen a
sus compañeros”, coinciden todos los testimonios.
La
sotana manchada de sangre
“Tenía una verdadera obsesión con los judíos.
Por ejemplo a mí me preguntaban si Héctor Ricardo
García (propietario del diario Crónica) era judío.
Cuando logré salir en libertad le avisé a García
cuál era el problema de la dictadura con él”,
explica Osvaldo Papaleo, un ex periodista quien estuvo secuestrado
en La Plata y fue “consolado” por Von Wernich. Igual
que Héctor Baratti, quien al preguntar por su hijo de apenas
unos meses de vida, recibió esta respuesta del sacerdote: “Los
hijos deberán pagar todo el daño que hicieron sus
padres”, a decir por el testimonio de Luis Velazco, uno de
los más de 30 testigos que pasarán por el tribunal
de La Plata a declarar contra el capellán, al igual que
el actual cónsul en Nueva York, Héctor Timerman y
el premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel.
Pero el caso más comprometedor es el que se conoce como
el del Grupo de los Siete. Siete detenidos pertenecientes a la
organización armada Montoneros, secuestrados por la “Patota” (banda)
de Camps, Etchecolatz y Von Wernich. Éste les había
prometido que si colaboraban y entregaban datos de otros compañeros
serían liberados. El sacerdote era el nexo con los familiares,
a los que llegó a pedir entre 1.5 mil y 3 mil dólares
para la manutención de los detenidos bajo la promesa de
que serían sacados del país. En 1977, los jóvenes
detenidos recibieron la noticia de que iban a ser llevados a países
vecinos para reiniciar sus vidas. Testigos cuentan que hasta fueron “agasajados
con una cena y que “Von Wernich los bendijo y todo”.
“Fue uno de los detenidos que se dio cuenta de que no íbamos
al aeropuerto y tuve que golpearlo hasta que sangró. Días
después fueron llevados a un descampado y el médico
Jorge Berges les aplicó una inyección de un líquido
rojo que era veneno. El cura fue testigo de todo”, aseguró el
chofer policial Julio Emmed ante la Comisión Nacional sobre
Desaparición de Personas, (Conadep), en 1985.
Con el advenimiento democrático, la Iglesia envió a
Von Wernich al pueblo Norberto de la Ríestra y, de ahí,
a Bragado, donde fue reconocido por los feligreses, que organizaron
diversas marchas en su contra. Pasaron casi ocho años antes
de que la Iglesia lo trasladara, luego de un escándalo amoroso,
a la ciudad chilena de El Quisco. Allí lo ubicó Brienza.
Finalmente, fue detenido en julio de 2003, a pedido de la justicia
platense, que desde el jueves lo tiene sentado en el banquillo.
En la primera jornada, el capellán se negó a declarar.
Ahora, este hombre, lo más parecido a un inquisidor de la
modernidad, esperará algunas semanas el resultado de la
justicia de los hombres, porque para él, el cielo ya no
puede esperar.
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