| LIBRO/La bloguera que desafía a los Castro
La verdad incómoda
Yoani Sánchez es la bloguera que, poco a poco, se ha convertido en la voz de la conciencia en una isla controlada con mano de hierro por dos ancianos hermanos. Desde su blog, Generación Y, ha logrado sacudir los cimientos de un régimen que controla hasta el mínimo detalle de la vida de los sufridos cubanos y que, lentamente, expulsa a los más osados, a los más talentosos, a quienes no soportan vivir sin la necesaria libertad.
Hay criaturas mestizas difíciles de clasificar en algún orden y una de ésas es mi escritura, a medio camino entre la crónica, el exorcismo personal y el grito. El hipogrifo nacido de estos dos años escribiendo un blog en Internet tiene garras reales afincadas en la cotidianidad para extraer las anécdotas que cuelgo en mis posts. Las alas se las brinda la virtualidad, el enorme ciberespacio donde mis textos hacen lo que yo no podría: moverse y expresarse libremente. Al mirar este híbrido, algunos piensan que su cuerpo aleonado se acerca al periodismo, mientras otros lo juzgan como literatura. Yo, que no puedo controlar ya los empujones y arañazos que me lanza el animal, sólo atino a recordar que su nacimiento fue una terapia personal para espantar el miedo, para sacudirme el temor escribiendo –precisamente– sobre aquello que más me paralizaba.
La uña retocada de esta bestia virtual puede verse en el sitio Generación Y, pero la mayor parte de su anatomía ocurre en la Cuba real de principios de este milenio. Justamente en un país donde las clasificaciones se expresan rígidas y los apelativos contundentes. Aquí sólo se puede ser “revolucionario” o “contrarrevolucionario”, “escritor” o “ajeno a la cultura”, pertenecer al “pueblo” o a un “grupúsculo”. En fin, no hay espacio para que mi hipogrifo planee sin el grillete de lo “conflictivo” y sin las represalias de quienes no entienden su mescolanza. De manera que mi escritura ha terminado por tocar mi vida, cambiarla, ponerla patas arriba y hasta colocarme en la mirilla de instituciones culturales y represivas. Por momentos me gustaría imaginar que mi obra está en un anaquel y que no la llevo sobre mis hombros –cada minuto de mi existencia– decidiendo si sigo libre o si voy tras las rejas, si obtengo o me niegan una autorización para viajar fuera del país y si en los bajos de mi edificio están –o no– los dos hombres que me siguen a todas partes.
Desde aquel abril de 2007 en que comencé a redactar mis desencantadas viñetas de la realidad, no he tenido un minuto de aburrimiento. En cientos de ocasiones he evocado –al mirar el lugar de mi pasada inercia– lo cómodo que se estaba sin abrir la boca. En una sociedad como la mía, pronunciarse es el camino más corto para atraer problemas. Al intentar librarme de ciertos demonios acumulados, en realidad estaba generando endriagos de múltiples cabezas que se saldrían totalmente de control. Me hubiera gustado vivir más plácidamente el acto escritural, pero en Cuba no hay elección, no hay lugar para criaturas híbridas y novedosas como puede llegar a ser un blog.
Bauticé mi nuevo espacio de exorcismo como Generación Y, una bitácora inspirada en gente como yo, con nombres que comienzan o contienen una “i griega”. Nacidos en la Cuba de los años setenta y los ochenta, marcados por las escuelas en el campo, los muñequitos rusos, las salidas ilegales y la frustración. Pues en aquellas décadas tan controladas, al menos una parcela de libertad quedó sin supervisión: el simple acto de nombrar los hijos. De ahí que nuestros padres –parametrados hasta el exceso, vistiendo todos el mismo modelo de pantalón o de blusa que les daban por el racionamiento– se explayaron libremente al colgarnos estos nombrecitos exóticos. Soy fruto directo de esa franja de libertad onomástica que quedó sin fiscalizar, por eso mi obsesión por empujar los límites. Pertenezco a ese montón disperso que incluye lo mismo a interrogadores de la policía política que a jineteros cazadores de turistas para sacarles los dólares. Pero una cuerda de cinismo nos ata a todos. La dosis necesaria para habitar una sociedad que sobrevivió a sus propios sueños, que vio agotarse el futuro antes de que llegara. La penúltima letra del abecedario sobresale entre quienes arribaron a la pubertad cuando ya se había caído el Muro de Berlín y la Unión Soviética era sólo el nombre de una revista en colores que se empolvaba en los estanquillos. En ausencia de utopías a las que aferrarse, la nuestra es una generación de plantas en el suelo, vacunada de antemano contra los ensueños sociales.
Tampoco mi breve pasado: de pionerita repetidora de consignas, adolescente evasiva y aprendiz de cuanta línea esotérica pasaba por mi lado, me avala ante quienes quieren un historial que me sustente. Intento decirles que sólo soy una treintañera compulsiva que le gusta teclear y poner por escrito lo que vive; pero ellos necesitan más. Quieren que, como en esos currículos exagerados, les declare que siempre fui el pichón de rebelde que parezco ahora. Pues no, Generación Y es lo más arriesgado que he hecho en mis tres décadas de vida y, después de comenzar a escribir en mi bitácora, me tiemblan a menudo las rodillas. Para evitar endiosamientos y futuras crucifixiones, aclaro en una de las páginas de mi blog que éste es un ejercicio personal de cobardía para decir en la red todo aquello que no me atrevo a expresar en la vida real.
Además del miedo, está el delicado tema de la tecnología. Mi vieja laptop, que un balsero necesitado de un motor de Chevrolet me había vendido medio año antes, fue la base material de la que surgió Generación Y. El medioevo comunicativo en el que he vivido todos estos años me ha hecho diestra en utilizar los más increíbles medios para expresarme. Tuve teléfono en casa –por primera vez– a los veintidós años, de ahí que el aparato de auriculares y botones no fue el primer peldaño para conectarme con otros. La computación llegó antes, en uno de esos típicos saltos tecnológicos que ocurren tan frecuentemente por aquí. En esta isla peculiar hemos asistido a la venta de reproductores de DVD sin que antes ninguna tienda vendiera caseteras de video. Imbuida de esa tendencia al brinco tecnológico, construí mi primera computadora en el lejano año 1994. Con la testarudez que ya exhibía a los dieciocho años, me uní al mouse y al teclado de por vida. Pionera en tantas cosas e ignorante en otras, soy ahora una mezcla rara de hacker y lingüista (si mis profesores de semántica y fonología se enteran de mi decantación por los circuitos eléctricos, confirmarían sus negativos pronósticos sobre mi futuro académico). Armé mis frankensteins con piezas de todas partes y en infinitas madrugadas conecté motherboards, micros y fuentes eléctricas. Para cuando decidí hacer mi propio blog, ya había superado la furia de construir ordenadores y me dedicaba a recargarlos con mis propios textos.
De manera que el camino a la escritura no lo hice de esa forma lineal que podría esperarse de un licenciado en Filología, que se ha pasado la mayor parte de su vida leyendo la obra de otros. El primer giro abrupto lo había dado a mediados del año 2000, cuando me gradué de la universidad y discutí una tesis, con el título de “Palabras bajo presión: un estudio de la literatura de la dictadura en Latinoamérica”. Poner por escrito las características de los caudillos, sátrapas y dictadores de esta parte del mundo estimuló –en parte gracias al tribunal que juzgaba mi análisis– la sensación de que yo hacía un paralelismo provocador entre estos personajes de la literatura y el autócrata que nos gobernaba. El día que discutí mi trabajo de graduación lo tengo guardado en la memoria como el momento en que di el portazo a la profesión que había estudiado por cinco años.
Carezco de la objetividad de un analista, de las herramientas de un periodista y de la suave mesura de un académico. Mis textos son arrebatados y subjetivos, cometo el sacrilegio de usar la primera persona del singular y mis lectores han comprendido que sólo hablo de aquello que he vivido. Soy como esos diseñadores gráficos que un día se deciden a tomar un pincel y comprueban que ya su mano no se puede permitir un brochazo no estudiado. No hay nada inocente en mis redacciones, porque un lingüista nunca podrá escudarse en que no sabía de antemano la fuerza de las frases que ha amontonado. Por eso, ante la continua observación de que escribo “bien” siempre respondo con una corta frase: “Lo siento, no puedo evitarlo, me formaron para eso”.
Empecé con mi blog sin calcular –responsablemente– la relación entre kilobytes publicados y ofensas recibidas, historias narradas y enemigos ganados. Vivo mis textos con una intensidad inusual para un escritor, pues arrastro las consecuencias que cada uno de ellos produce y recibo inmediatamente el feedback de los lectores. Ya no puedo vegetar a salvo como tantos otros que jamás serán manipulados, instrumentalizados o puestos en entredicho por nadie. Son esos que han logrado tan idílico estadio de preservación personal, gracias a que no se pronuncian ante nada. En similar mudez, viven millones sobre esta Isla, como si supieran de antemano lo que yo comprobé meses después de comenzar mi bitácora: que al opinar me estaba delatando.
Están también los cientos de comentaristas que abarrotan mi espacio en Internet para hacerme saber su solidaridad o su antipatía, su ilusión o su decepción en torno a mí. Ese es un hecho ante el que mi escritura no puede permanecer indemne. Las paredes de mi vida se hacen más transparentes y gente de todas partes del mundo está pendiente de mis estados de ánimo y presta atención a los posibles castigos que me puede acarrear mi labor on line. Sólo la pérdida de mi privacidad, el fin de una burbuja fabricada con años de silencio, intimidad y reserva, evita que me devore la maquinaria que se ha tragado a tantos. Cada persona que me lee me protege, y sólo la custodia de ellos me ha permitido llegar
hasta aquí.
La Habana, octubre de 2009
¿Tú también, Carlos?
El martes lo pasamos entre el teléfono que sonaba y los amigos que venían para contarnos que Carlos Otero –el más conocido presentador de la televisión cubana– había pedido asilo en Estados Unidos. Esta ha sido la noticia que más rápidamente ha circulado vox populi en los últimos meses, quizá por tratarse de un hombre de los medios. Había llegado a ser el único que, en nuestra somnífera programación, tenía un espacio con su propio nombre: Carlos y punto.
Esta continua sangría que cada mes se lleva a los más jóvenes, a los más atrevidos y, por qué no decirlo, a los más talentosos, es la demostración de que el bienestar de la población no está siendo el centro de atención del gobierno cubano. Elementos políticos, ideológicos y cargas arrastradas del pasado son priorizadas por encima del “aquí” y el “ahora” de nuestras necesidades. Mientras por “allá arriba” no se reconozca que no han logrado construir un país donde la gente quiera quedarse y emplear sus energías, no podrá resolverse el drama de la emigración.
Cuántos tendrán que irse para que escuchemos la frase de “hemos fracasado, no hemos podido darles un futuro a los cubanos”. Sospecho –porque ya conozco la testarudez que trae tantos años en el poder– que ni siquiera la desolada estampa de una isla de gente envejecida y cansada, con sus hijos viviendo en otras latitudes, hará entrar en razón al gobierno cubano. Me imagino las acusaciones de “apátrida”, “vendido al imperialismo” y “traidor” que se escucharán por estos días en el Instituto de Radio y Televisión al hablar del asilado presentador.
No saben ellos que con la salida de Carlos Otero, los que quedamos aquí sentimos la Isla cada vez más vacía y terriblemente aburrida.
12 de diciembre de 2007
El otro Pablo
Pablo Milanés y yo compartimos una tarde inolvidable en la Tribuna Antiimperialista. El estaba en el escenario, cantando su amplio repertorio, mientras yo enarbolaba un cartel con el nombre de Gorki. Su concierto duró casi tres horas, pero la tela que levantamos algunos impertinentes tardó sólo segundos en ser destrozada. A pesar de estar tan cerca del cantautor de Yolanda, aquel 28 de agosto pensé que miles de kilómetros separaban mi inconformidad de su tendencia apologética. Me equivoqué.
He leído la entrevista dada por Pablo al periódico El Público y cualquiera de sus respuestas le acarrearía una golpiza si la expusiera en una céntrica plaza de La Habana. Sus criterios se parecen a los que me llevaron a abrir este blog e incluso algunas de sus frases bien podría firmarlas como propias. Cuando dice “estamos paralizados en todos los sentidos, hacemos planes para un futuro que nunca acaba de llegar”, me toca más de cerca que con todas sus canciones juntas. Ese porvenir del que habla nos fue pintado lleno de luces y con un fondo musical que incluía su voz entonando Cuba va. En aras de alcanzar tamaño espejismo todo sacrificio pareció pequeño, incluso el de callarnos nuestras diferencias, el de ahogar todo vestigio de crítica.
Los colores se le corrieron al avejentado rostro de la utopía y la sinfonía de la victoria se trastocó en un reggaeton de la sobrevivencia.
Las canciones de Pablo Milanés pasaron a ser como himnos de viejos tiempos donde éramos más cándidos, más crédulos.
“Mucha gente tiene miedo a hablar”, nos dice ahora y con un temblor que me recorre las rodillas confirmo que sí, que el costo de la opinión es demasiado alto todavía. Fuera de los acordes y de las tensadas cuerdas de su guitarra, ha modulado ayer su mejor tonada, esa que lleva la inconformidad y el dedo del ciudadano apuntando al poder. Es la misma música que tarareamos millones de cubanos, pero que él tiene la capacidad de modular con esa cálida voz que una vez nos hizo creer en todo lo contrario.
http://www.diarioperfil.com.ar/edimp/0454/articulo.php?art=20611&ed=0454
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