Marea Editorial

'A 50 años del golpe genocida' de Taty Almeida

Hace 50 años el terror se hacía sistemático y muchos imaginaban que perpetuo. Se llevaban a cabo secuestros y desapariciones masivas, asesinatos, se torturaba en centenares de centros clandestinos diseminados por todo el país, se apropiaban de niños y niñas, y se entregaba el país a la rapiña de los dueños de todas las cosas.

Ese horror, esa oscuridad, que parecía que no acabaría jamás, fue el germen de una resistencia que muy de a poquito, paciente y persistente, fue llenándose de pañuelos y de manos y de brazos entrelazados que desbordaron las plazas, y las calles se llenaron de imágenes y de nombres cantados, que fueron multiplicándose por miles y miles hasta ser 30 000.

Esa resistencia, tras mucho batallar, se hizo victoria cuando los tribunales se abrieron a puro empujar de las Madres y las Abuelas, junto al potente movimiento de Derechos Humanos que reunía a tantos compañeros y compañeras, y lograron llevar al banquillo de los acusados a los responsables de esos crímenes atroces. Y vaya en estas palabras el reconocimiento infinito a los testimoniantes, las y los sobrevivientes y los familiares, el valor superlativo de esas palabras que fueron imprescindibles para llegar a la verdad y hacer justicia para condenar a los genocidas de la última Dictadura cívico militar clerical. A pesar de las leyes de impunidad y los indultos, de la demora en las causas, pudo más la porfía de una sociedad que no estaba dispuesta a olvidar y exigía juicio y castigo.

Algo impensado, inédito para el mundo que admiró nuestra lucha que concebía extraordinaria, fue cuando las banderas de Memoria, Verdad y Justicia se tornaron políticas de Estado. Hasta que llegaron ellos con sus discursos negacionistas, reivindicando el terrorismo de Estado, haciendo apología de los crímenes de la Dictadura, sin que hasta acá ningún poder democrático les pusiera límite.

Dimos el alerta, los Organismos de Derechos Humanos unidos, dimos una vez más el alerta, conscientes de que nada está del todo asegurado para siempre, y que lo ocurrido puede volver a suceder, la experiencia humana lo demuestra.

Estamos viviendo en estos días otras formas del horror, en donde se impone la ley del más fuerte, en el que todas las normas que regían nuestras vidas en democracia y los derechos que habíamos conquistado con tanto sacrificio están siendo pisoteados y va ganando la barbarie.

Pero que el mundo sepa que no nos han vencido. Porque, como solemos decir las Madres, la única lucha que se pierde es la lucha que se abandona y nosotras no la vamos a abandonar, a pesar de los bastones y las sillas de ruedas, las “Locas” seguimos de pie, rodeadas de un pueblo que no olvida y sabe que hoy más que nunca, es NUNCA MÁS.

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