Marea Editorial

Eduardo Grüner: “Sartre te arrincona para que tomes partido”

Desde las primeras páginas, el planteo del ensayo cultural es claro: el mundo en el que Sartre pensó y escribió ya no existe, pero eso no vuelve a Sartre irrelevante; al contrario, lo vuelve peligrosamente actual. Por Oscar Ranzani

Hay momentos en los que volver a ciertos autores no es un gesto erudito sino una urgencia política. En tiempos de cinismo administrado y de una sensación extendida de que las grandes palabras -emancipación, revolución, compromiso- han quedado archivadas como piezas de museo, la figura de Jean-Paul Sartre reaparece, incómoda, como una piedra en el zapato. En Sartre contra la corriente. Argumentos para un retorno (Marea Editorial), Eduardo Grüner se mete de lleno en esa incomodidad. Lo hace sin nostalgia, pero también sin concesiones al clima de época. Desde las primeras páginas, el planteo es claro: el mundo en el que Sartre pensó y escribió ya no existe, pero eso no vuelve a Sartre irrelevante; al contrario, lo vuelve peligrosamente actual. Porque si algo caracterizaba su pensamiento era la negativa a ofrecer puntos de apoyo tranquilizadores: leer a Sartre implicaba, e implica, tomar partido.

Grüner reconstruye esa potencia en tensión con este presente. Allí donde hoy predomina lo que llama un “nihilismo conformista”, una mezcla de escepticismo y adaptación, Sartre aparece como el anticínico por excelencia: alguien que insistía en que no hay exterioridad posible frente a la historia, que siempre los sujetos están ya implicados. No hay coartada. No hay neutralidad. Y eso, sugiere Grüner, es precisamente lo que hoy resulta insoportable.

La apuesta del libro no es sólo filosófica sino también política y cultural. Se trata de volver a poner en circulación una figura que fue, durante décadas, reducida a caricatura o directamente descartada como un “perro muerto” por buena parte de la academia. Pero también de interrogar el presente desde esa relectura: ¿Qué hacen hoy los seres humanos con la libertad a la que están condenados? ¿Qué lugar tienen los otros -ese posible infierno- en sociedades atravesadas por desigualdades extremas y nuevas formas de fragmentación?

En diálogo con Página/12, Grüner retoma esas preguntas y las lleva más lejos. Porque, como sugiere su libro, leer a Sartre hoy no es un ejercicio de archivo: es, todavía, un llamado al asalto de lo real. El texto empieza con una pregunta fuerte: si tiene sentido volver a leer a Sartre hoy. Consultado acerca de qué vio en este presente marcado por el cinismo político y la crisis de las ideas emancipatorias que vuelve urgente ese retorno, el doctor en Ciencia Sociales señala que la sociedad está atravesando un estado de barbarie, de degradación absoluta del lenguaje. “Todo eso atenta contra la interrogación crítica de la realidad. Es lo que me parece que puede hacer plausible un anacronismo. Soy muy afecto a los anacronismos porque me parece que tienen el poder crítico justamente en no ser congruentes ni en aceptar la realidad tal cual se presenta. Entonces, me parece que es un buen momento. Por eso empiezo un poco el libro con esa frase de Roland Barthes, que dice ‘cuando volvamos a necesitar una ética, vamos a volver a Sartre’”, plantea el autor.

-¿Y qué tipo de ética cree que hoy está en juego?

-Ninguna. Justamente, lo que se ha hundido, además de la vocación de construir alguna verdad, es la ética, que no es la moral. No estoy hablando de un problema moral. Estoy hablando de algo que hace a la interrogación crítica de la que hablábamos, la interrogación de la polis, como hubiera dicho un griego en el siglo V. Es lo que hace que todos, aunque no lo creamos, aunque no lo sepamos, somos políticos. Entonces se trata de afirmarse en la política que uno crea como la más verdadera. Es lo que hizo siempre alguien como Sartre. Tal vez se podría citar muchos otros nombres en el siglo XX, pero he leído mucho a Sartre, lo cual no significa que no tenga críticas, que no pueda tener reservas con algunos de sus conceptos o de sus pensamientos. Pero sí me parece que vale la pena intentar recuperar en este contexto horroroso en el que estamos viviendo, ese pensamiento crítico.

-Usted afirma que el mundo de Sartre no está más, pero que eso no impide que Sartre siga siendo de este mundo. ¿Cómo se articula esa tensión entre anacronismo y actualidad?

-Se articula en el sentido de que el anacronismo pone el dedo en la llaga de la actualidad. Señala todo lo que anda mal en la actualidad. Y lo señala de manera pública. Esta es una definición importante que daba Sartre del intelectual cuando decía que es alguien que piensa en público. Es decir, no alguien que se guarde sus pensamientos para discutir en un pequeño cenáculo académico sino que sale a la calle a gritar. De ahí la ilustración de tapa que tiene el libro donde se lo ve a Sartre con un megáfono, seguramente en Mayo del ’68 arengando a los estudiantes o algo por el estilo.

-Usted habla de un “nihilismo conformista” que ha aplastado el espíritu crítico. ¿En qué se diferencia ese nihilismo contemporáneo de las formas de desencanto de otras épocas?

-En todas las épocas suele haber desencanto. Está esa frase de Borges que dice “todas las épocas fueron malas para quienes tuvieron que vivirlas”. Pero convengamos que hay épocas peores que otras. Y lo que me asusta y me preocupa es que en esta época parece estar muy agotada la capacidad de concebir algo nuevo. Nos movemos en una especie de eterna repetición. No es que no haya artistas o incluso dirigentes políticos, o lo que se quiera decir. Es una época de conformismo nihilista en el sentido de una suerte de impotencia para generar valores.

-¿Por qué cree que Sartre fue convertido en una suerte de “perro muerto” dentro de la academia y la cultura contemporánea?

-Porque me parece que ya en su propia época era un anacronismo respecto de la academia y la cultura contemporánea. Se lo ve mucho más ahora, evidentemente, pero también fue un hombre, un pensador muy molesto, muy fastidioso en el contexto general de su época, especialmente en Francia. Hay que recordar que Sartre siempre estuvo en contra de todas las formas de poder en su propio país. Se puso a favor de la revolución argelina, en contra de De Gaulle en Mayo del ’68. Y así todo el tiempo. Rechazó el premio Nobel, algo que ni antes ni después ha hecho nadie (obviamente, hay un par de casos obligados). Es decir, siempre estuvo en la avenida de enfrente. Y la inquina contra Sartre, aún cuando estaba en la cresta de la ola, siempre muy fuerte. A principios de los años ’60 hubo una gran manifestación de la derecha francesa bajo la consigna “Fusilen a Sartre”. Y en 1961 o 1962 le pusieron dos bombas en su departamento, de las que zafó milagrosamente porque no estaba en ese momento. Si no, estaríamos hablando hoy de otra cosa y Sartre hubiera sido como ese otro gran gran crítico con el cual lo asociaría, que fue Pasolini, al cual terminaron asesinando.

-Usted dice que Sartre es “insoportable” porque no ofrece un punto de apoyo tranquilizador. ¿Cree que hoy hay una demanda cultural por pensamientos más tranquilizadores?

-Sí, absolutamente. La cultura dominante consiste básicamente en eso, en que nos quedemos tranquilos. Es lo contrario de lo que pensaba mi amigo y maestro David Viñas cuando decía “No es mi proyecto de vida vivir tranquilo”. Y efectivamente no lo fue hasta el último momento. Toda esa generación fue realmente extraordinaria para mí y mis amigos actuales, por qué no decirlo también. Por eso me interesó en el libro incluir un capítulo final sobre el impacto y los efectos de Sartre en la Argentina en su momento. Lamentablemente, no tuve tiempo de incluir un gran texto de mi amigo, el editor Maxi Crespi, que publicó hace poco sobre Oscar Masotta. Lo recomiendo enfáticamente ahora porque también habla de eso. Y los efectos fueron muy fuertes. Pudimos hablar de que entre los años ’50 y ’60 el campo cultural en la Argentina fue muy sartreano.

-Sartre parece exigir siempre una toma de posición. En un presente en el que predomina cierta neutralidad o distancia irónica, ¿qué implica hoy esa exigencia y compromiso?

-Que es eso: la necesidad de tomar posición. Sartre es incómodo por varias razones. Hay ciertas críticas que podría hacerle: su exceso por momentos de conciencialismo, su ambivalencia con el psicoanálisis, etcétera. A varios de estos señalamientos que podría hacer, creo que la gran incomodidad, en el sentido positivo de Sartre, es esto que usted dice: que lleva su escritura, no solamente sus actitudes públicas, a un límite donde exactamente hay que tomar posición. Hay que decir “Estoy a favor” o “Estoy en contra de esto que vos estás diciendo”. No puedo mantenerme neutral o tener una tercera posición equilibrada, equidistante o centrista.

-Y en esa línea, ¿cómo se lee hoy una frase tan citada como “El infierno son los otros”? ¿Qué dice sobre los vínculos en sociedades fragmentadas?

-Hoy esa frase adquiere su más absoluta actualidad cuando se nos fomenta una filosofía de la guerra de todos contra todos: el individualismo competitivo, el desprecio por el otro, etcétera. Entonces, sí, los otros se nos han transformado en un infierno, en este sentido. No era éste el sentido en el que Sartre hizo decir esa frase a un personaje de su obra de teatro A puerta cerrada. Pero hoy ha adquirido este sentido y esto permite una relectura, que es lo que intento hacer. No solamente de la filosofía de Sartre sino también de zonas menos transitadas, como su dramaturgia, sus novelas, su narrativa, esas grandes biografías, que son para mí lo mejor de la escritura de Sartre. Eso también forma parte de un Sartre “insoportable”, en el sentido que no hay un soporte certero para decir qué era Sartre: ¿Un filósofo? ¿Un novelista? ¿Un dramaturgo? Hizo también guiones de cine, escribió también letras de música para Juliette Gréco. Se puede encontrar en YouTube a Juliette Gréco cantando a Sartre. Es extraordinaria esa proliferación de géneros porque lo que tiene mayor peso de todo en Sartre es su estilo. Y es profundamente político. Es político en el sentido mismo en que usted decía: te obliga, te arrincona para que tomes partido, para que te comprometas en este sentido amplio del término.

-Una de las discusiones centrales del libro es con el estructuralismo y su antihumanismo. ¿Qué malentendido persiste todavía hoy en torno al humanismo en Sartre?

-Que no es contra lo que dicen sus discutidores, muchos de ellos de las más brillantes mentes del siglo XX: gente como Louis Althusser, Lévi-Strauss o Michel Foucault. No me parece a mí que haya en Sartre un humanismo abstracto, generalizado, bien pensante, progre y todas esas cosas. Desde luego que hay humanismo en Sartre. Si no, no hubiera titulado a su famosa conferencia de esa manera. Pero es un humanismo que busca tratar de meterse dentro de la cabeza de sujetos singulares concretos, no de sujetos que sean simples ejemplos de un concepto.

-¿Cómo dialoga eso con el marxismo?

-Justamente, esa es la cuestión. En varios lugares, pero muy centralmente en esa obra monumental, Crítica de la razón dialéctica, Sartre hace una crítica muy fuerte de lo que llama “el marxismo congelado”, especialmente en su caso el del partido comunista francés, donde los hombres y mujeres son nada más que aplicaciones mecánicas de conceptos abstractos. Y lo que Sartre quiere hacer es corregir ese marxismo con un poco de su existencialismo, como se llamaba en su época que, como su nombre lo indica, estaba obsesionado por la existencia concreta, material, singular de cada sujeto. Entonces, es un humano particular concreto y no universal abstracto.

-El libro insiste en la impertinencia genérica de Sartre, en esa mezcla entre filosofía y literatura. ¿Qué potencia política hay en esa forma de escritura?

-En el no respeto por los corralitos disciplinares. Él, al igual que Pasolini, saltó por encima de todas las barreras sintomáticamente llamadas disciplinarias. Si tuviera que responder en qué disciplina encasillaría a Sartre, diría en la indisciplina más absoluta. Porque, como también intento decirlo, en su libro de filosofía hace mucha literatura, y en sus novelas y en sus obras de teatro hace filosofía. Todo el tiempo está nadando contra la corriente de la supuesta disciplina que se lo quiere encasillar. Hasta ese nivel llega su pensamiento crítico.

-Sartre planteaba que no se trata de lamentar lo que la historia hizo con nosotros sino de preguntarnos qué hacemos con eso. ¿Qué actualidad tiene esa idea en sociedades atravesadas por desigualdades profundas?

-Tiene justamente la actualidad de tomar conciencia de que estamos atravesados por esas desigualdades y por esa degradación cultural, de la que empezamos hablando. Entonces, podemos lamentarnos que las cosas sean así, pero solo con el lamento no vamos a cambiar nada. Sartre diría “Hay que pasar al acto, hay que pasar a la acción“.

-Su libro no es una hagiografía, señala límites en Sartre como su conciencialismo o su relación ambivalente con el psicoanálisis. ¿Qué aspectos de su pensamiento cree usted que requieren hoy una revisión crítica?

-Esto que usted acaba de señalar, porque me parece que hay que tratar de evitar caer en la trampa de querer hacer de Sartre una suerte de psicoanalista que no toma conciencia de serlo. No es eso. El pensamiento de Sartre va por otra vía. Sin embargo, no era ajeno al psicoanálisis ni a la figura de Freud. El escribió un gran guión: Freud, pasión secreta, el primer film sobre el padre del psicoanálisis que filmó John Huston. No es que estaba ajeno a todo eso, pero tenía el prejuicio -no hay por qué no llamarlo así- de que la noción de inconsciente en Freud era demasiado determinista y atentaba contra la libertad del sujeto. Entonces, no se trata de oponer a Sartre con Freud sino de buscar qué clase de diálogo crítico puede haber entre esas dos formas de pensamiento.