Marea Editorial

La democracia y sus ausentes

Dos libros recientes analizan, desde enfoques diferentes, las carencias del Estado para dar respuesta ante las personas desaparecidas.

En 1983, con el advenimiento de un nuevo periodo democrático en la Argentina luego de haber vivido la dictadura militar más sangrienta de su historia, Charly García lanzaba su segundo disco solista, Clics Modernos. En aquel entonces era imposible saberlo pero el track siete de aquel álbum se convertiría en un himno de aquellos tiempos: “Los amigos del barrio pueden desaparecer, pero los dinosaurios van a desaparecer”, cantaba la leyenda del rock argentino de bigote bicolor que acaba de cumplir 70 años.

La palabra desaparecido se cargaría de una potencia simbólica muy fuerte. Algo, tal vez, único en el mundo que tendría que ver con el amplio consenso social de un pueblo que se fundía en un grito generalizado: nunca más. Sin embargo, el drama de las personas que desaparecen no sería patrimonio exclusivo de los gobiernos dictatoriales. Dos libros de reciente aparición, escritos por las periodistas Ximena Tordini y Adriana Meyer, exploran las características y los motivos por los cuales hombres, mujeres y niños desaparecen por acción u omisión estatal. La incertidumbre, la ausencia, la búsqueda y la evocación atraviesan sus investigaciones las cuales tienen puntos en común y, también, diferencias.

Adriana Meyer, periodista de Página 12 de amplia trayectoria, publicó Desaparecer en democracia, cuatro décadas de desapariciones forzadas en la Argentina (Marea). Ella, a diferencia de Tordini, utiliza la categoría “desaparecido en democracia” y se centra en las denominadas “desapariciones forzadas”. Es decir, los casos en donde estuvieron involucradas las fuerzas de seguridad.

Meyer, en diálogo con Ñ via Zoom, detecta continuidades con la última dictadura. “Quizás no con la dimensión sistemática, por supuesto, pero el brazo represivo del Estado no se limita a controlar el tránsito y a perseguir a los ladrones que bastante mal lo hace. Esto es claro. Una de las conclusiones a las que llego es que aquella famosa consigna de desmantelar el aparato represivo de la Dictadura que se cantaba en los ochentas no fue cumplida. Eso conlleva que más allá de que vos tengas nuevas generaciones, hay un entramado. Por ejemplo, la mafia de la bonaerense, ¿qué rol juega acá? Muchas veces estos delitos tienen que ver con el poder político local. Para mí es muy ingenuo pensar que estos no son crímenes de Estado”.

Tordini prefiere no usar el término “desaparecido en democracia” y lo explica: “Me parece que relaciona las desapariciones del presente con las desapariciones de la dictadura y es problemático porque no es equivalente en la construcción gramatical. La dictadura tenía un plan represivo que incluía la destrucción y el ocultamiento de los cadáveres. Eso es un tipo de dispositivo que incluía la desaparición como una estrategia represiva. La democracia no es eso. Para mí eso instaura una jerarquía de desapariciones en donde las que son importantes, las que logran espacio en la opinión pública que generan mucha indignación, son las desapariciones que se parecen a las de la dictadura. Eso instaura una jerarquía de desaparecidos. Entonces pareciera ser que una persona, un desaparecido/a es más importante si en su desaparición hay rasgos que la emparentan con lo que pasaba en la dictadura. Por ejemplo, si intervinieron las fuerzas de seguridad. En cambio, la persona cuya desaparición no tiene nada que ver con eso pero en la que el Estado no puede dar una respuesta y su condición de desaparecido persiste parecen menos importantes”.

Meyer, en este punto, disiente: “Yo no considero que haya un ranking, que estas son más importantes y no. Por eso en la bajada del libro decidimos poner ‘desaparición forzada’ para decir ‘nosotros vamos a tomar estas’. Claramente el Estado está en deuda con todas”. Agrega: “Por supuesto que ya no es el Estado planeando desapariciones en forma sistemática. Pero sí es el Estado encubriendo, tolerando y no estableciendo búsquedas eficaces”.

Ineptitud, mala leche y complicidad

Las historias que pueblan ambos libros están plagadas de irregularidades, vacíos legales y represión. Algunos son sucesos que lograron calar hondo en la opinión pública, como la desaparición de Jorge Julio López o Luciano Arruga y otros, igual de impactantes pero no tan renombrados, como el caso de Mariela Tasat. Ella estuvo desaparecida durante 15 años y resultó estar enterrada como NN en un cementerio a pocas cuadras de su casa. Había sido atropellada por un tren. El dato que resulta indignante y tragicómico en partes iguales es que en la misma fiscalía de Lanús se encontraban los expedientes de su causa por desaparición y del entierro de una joven como NN.

Tordini le dedicó varios pasajes a esto ya que, confiesa, la conmueve “la burocracia como personaje”. Enfatiza: “Ahí me estalla la cabeza: ¿Cómo esto puede estar pasando? Y, de algún modo, cómo puede estar pasando en este país porque yo sabía que parte de la estrategia de la Dictadura para ocultar y secuestrar los cadáveres de las personas era enterrarlas sin identificar en los cementerios y que eso se había podido conocer por el trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense que fue el grupo de personas que entendió cómo funciona eso. O sea, ¿cómo en un país en donde ya descubrimos esa operatoria esto sigue siendo posible?”.

Meyer coincide con que hay desaparecidos del sistema burocrático y agrega que “los desaparecedores (sic) de uniforme saben eso. Cuando investigaban el caso Jorge Julio López, tenían que escuchar conversaciones de genocidas presos en Marcos Paz. Estos, que tenían todos los privilegios, cambiaron las fichas. Entonces, durante meses, los federales escuchaban a presos comunes. ¿Nadie se dio cuenta? De esas cosas burdas hay toneladas. Adriana Calvo decía: ‘Esto es una mezcla explosiva de ineptitud, mala leche y complicidad’. No podemos descartar el componente cómplice".

Meyer se mete de lleno con el entramado policial y jurídico y también narra cientos de irregularidades y abusos asistida por un equipo de investigación integrado por Daniel Satur, Juan Pablo Csipka, Gioia Claro, Sol Segade y Martín Cossarini. También, fue central en su libro el trabajo de la Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional (Correpi).

“Hay una herencia maldita, tradiciones no escritas. Un ejemplo me lo da el propio Alejandro Inchaurregui, director de Personas Desaparecidas de la provincia de Buenos Aires, cuando le pregunta a un policía cualquiera cuánto hay que esperar para hacer una denuncia por desaparición, este le responde ‘24 horas’. Le pregunta: ‘¿De dónde lo sacaste?’. No saben qué responder. Y no existe eso. Es un mito. Si el policía, que es el que toma esa denuncia, no sabe que hay que tomarla inmediatamente sin esperar nada, ahí está el problema. Otro entrevistado me decía: ‘Esto se repite porque en la cabeza de las fuerzas de seguridad todavía desaparecer a una persona es un escenario posible’. Eso es lo que me enloquece y me moviliza”.

Misma agua, distintas embarcaciones

Ambos libros navegan las mismas aguas aunque en embarcaciones distintas. Mientras Tordini divide su investigación en capítulos más bien conceptuales, en una tónica del periodismo narrativo, Meyer se zambulle en la historia de las desapariciones forzadas en orden cronológico desde el regreso de la democracia hasta la fecha dividiendo la historia según los gobiernos de turno.

”Las desapariciones en democracia no reconocen grieta ideológica o partidaria”, escribe. Mientras Tordini pide disculpas por no haber podido reconstruir todas las vidas que hubiese querido: “La mayor parte de las biografías no fueron narradas. A ellas, a ellos, a quienes sé que debería haber hecho presentes en este libro pero no fui capaz, dedico estas páginas”, escribe en la “Introducción”. Meyer ordenó su relato a través de la narración de las biografías de los desaparecidos caso por caso.

Sin saberlo, ambos textos se retroalimentan y dialogan entre sí. Evidencian un problema: en el país de los 30 mil desaparecidos, del Nunca más, siguen desapareciendo personas. ¿Cómo es posible? Urge una respuesta a un interrogante que no deja de dar vueltas y vueltas en el aire: ¿Es necesario modificar lo ya existente o mejorar el funcionamiento de los engranajes de la maquinaria estatal que, al parecer, se encuentra oxidada y falta de soluciones ágiles? ¿Qué pasa con los resabios de aquella maldita máquina de matar que, al parecer, aún sigue activa en ciertos sectores de las fuerzas de seguridad?

Meyer sostiene que “es necesaria la unificación de las bases de datos, la creación de un banco de ADN. La Argentina tiene una especie de síndrome Cromañón, en el sentido de que hacemos después que pasó” y agrega: “Hay muchos intereses para que la palabra desaparecido no se instale porque ahí tenés la atención de los organismos internacionales, el crimen de crímenes que tiene una pena alta y tenés la posibilidad de que sobre ese delito se pongan muchas luces, mucha fuerza y cobre mucha resonancia.

Con la aparición del cuerpo, se evapora el reclamo. Me sigue haciendo ruido que vos tengas un sistema de personas desaparecidas y extraviadas (Sifebu) porque las pone en un mismo plano y no porque una sean más importantes que la otra sino porque tenés que investigar de una manera absolutamente diferente cada una de esas situaciones”.

Tordini opina que “hay que discutir la jerarquía. Para resolver esos crímenes que son tan graves, necesitás que todo el sistema funcione. No se sabe a qué fenómeno corresponde una desaparición hasta que no la investigás. Y si no lo podés investigar, ¿Cómo vas a saber si es una desaparición forzada, un crimen común o un femicidio? Hay una politicidad en todas las vidas, en todas las trayectorias, aunque la desaparición no se haya politizado de la manera tradicional. Lo político atraviesa esa desaparición, atraviesa la jerarquía, cuánta atención se le prestó, cuánta bola le dio el funcionario judicial, qué hicieron con ese cuerpo muerto, dónde lo enterraron. Todo eso es política.

Y concluye: “Todas las vidas importan.Todas las desapariciones importan. Si una persona falta y su grupo afectivo pregunta dónde está, el Estado tiene que poder dar una respuesta. No es aceptable que nos acostumbremos a que el Estado no de una respuesta. No es aceptable el caso Tehuel. Eso es lo que hay que cambiar”.

Meyer evoca una imagen a modo de reflexión final: “Me viene a la mente el cartel de la Universidad de la Plata que alude a Jorge Julio López: ‘¿A qué te podés acostumbrar?’ En una sociedad que pudo juzgar el genocidio, que es algo reconocido internacionalmente, no se puede decir nada más que qué bien, justamente, para mí, una cara muy oscura que tiene ese gran mérito fue el no haber podido establecer los mecanismos para que no se sigan cometiendo delitos de lesa humanidad en Argentina. Me desvelan tanto las desapariciones forzadas en democracia como las torturas en las cárceles. Porque la tortura también era una herramienta de la Dictadura. ¿Qué le pasó a esa democracia que no supo, no pudo o no quiso evitar esos resultados?”.