*Texto extraído de ‘Dijimos Nunca Más’, por Patricio Barton:
“Lloren, chicos lloren”, dice el pregón playero del vendedor de pirulines. Yo, que todavía no cumplí diez años, entiendo que tal apelación al llanto infantil es porque esa golosina es fea. No distingo aún el filo agudo de la ironía ni el poder tóxico del cinismo. Ya habrá tiempo para eso.
Ahora me entretengo con todo lo que brilla: el sol de enero que pega recto sobre las baldosas blancas de la rambla marplatense y las luces de la televisión que iluminan lo iluminado. Una hipérbole lumínica para alumbrar a las estrellas que visitan al presentador Juan Alberto Mateyko en su programa “Una terraza al mar”. Es raro ver a Mateyko en color y al aire libre: le brilla el pelo gris, le brilla la piel marrón bronceadísima, le brillan los dientes blancos. Toda su sombra fue abolida. Guardaré esta imagen saturada de brillo para cuando me aceche el terror nocturno y la luz del baño encendida no logre aplacar a los monstruos.
Ayer estuvieron Susana Giménez y Juan Carlos Calabró, pero no pude verlos. Es una pavada, Patricio. Vinimos a la playa para disfrutar del mar, andá al agua, hacete un amiguito, jugá con la arena, hacé un castillo, comé la fruta que trajimos, en la playa todo es más caro, no pidas nada, a la noche tomamos un helado. Todo el día debajo de la sombrilla, la nuestra es la rayada azul y blanca. No te olvides, acá es muy fácil perderse.
Pero hoy subí solo a la rambla sin avisar. Dije voy al agua. Me parece que dije, y corrí en dirección contraria al mar, hacia la ciudad, hacia la televisión, hacia la luz. En el programa de hoy va a estar la Mujer Biónica, la actriz de la serie en persona. Lindsay Wagner existe, y ¡está en Mar del Plata! Así lo anuncia estridente el triunvirato que lidera Mateyko y que completan sus vértices isósceles: Julio Lagos y Adolfo Cassini. Lo dicen los tres a la vez, ¿cómo hacen? Así son de unísonos los Chiclana, Sarratea y Paso del Trece, el canal que gestiona la Armada, sabré después -muchos años después- cuando ya sea tarde.
“Lloren chicos lloren”, desde mi posición el sonido de la playa llega seco. Parado sobre alguna protuberancia de cemento que emerge de la frontera entre la arena y las baldosas logro una vista panorámica e inestable del set de televisión, de un lado; y de la playa atestada de sombrillas, del otro. La nuestra es la rayada azul y blanca. Ya sé. Ahora veo todo, así deben ver los adultos. El mangrullo de la infancia es bajito y parece de juguete, no sirve para nada. En cambio, desde acá la playa es multicolor y tiene el olor caliente de la crema Sapolán Ferrini. Las curvas de las sombrillas hacen el horizonte a su antojo. Y más allá, el mar. Siempre el mar.
Falta mucho. El programa no empieza todavía, y la Mujer Biónica seguro que estará al final. Hace calor, recién me doy cuenta. Y tengo sed. El chicle Yum Yum que llevo como reserva pegado en el paladar desde la mañana abandona su letargo y vuelve a la actividad ya sin gusto a banana, ni a ninguna otra cosa. Quizás sea hoy el día en que la boca seca se asuma como síntoma inaugural de un peligro difuso y conjetural, el peor.
“Me gusta el mar, tengo alma de navegante. Mi bandera va adelante y mi corazón detrás”, la voz de Palito Ortega suena fuerte en los parlantes. Repiten la misma parte cada vez, nunca ponen la canción entera. Acá nada está entero.
Prenden más luces. Enormes faroles de luz blanca para competir con el sol. Escucho que los técnicos dicen “dale más, dale toda, toda”. Acá nada alcanza.
A mi alrededor, la multitud no sabe que todos somos ella, y cogotea para ver mejor, y pregunta cuándo viene, cuándo empieza. Acá nadie sabe nada.
Por fin suenan aplausos y palmas regulares, no es lo mismo. Los unos aprueban, las otras reclaman. Pero tampoco. Son palmas del código morse playero que advierten la presencia de un niño perdido (la ausencia de todo su mundo, la desaparición súbita). ¿Seré yo aquel que llora montado a esos hombros desconocidos? Mi sombrilla es aquella, esa no, la otra, es muy parecida, o quizá tampoco, la de más allá, me parece, no sé, dónde está.
Debí sospechar de la luz. Tanta luz. No veo la sombrilla (la rayada azul y blanca, la nuestra). Ya no está donde estuvo. Tampoco su sombra, ni eso. Desapareció. Hace un rato estaba ahí, yo la vi. Cómo puede ser que de pronto no haya nada donde había y, sin embargo, está todo tan lleno. Todo brillante y ajeno. Todo normal. Sólo la bandera del balneario asume la voz de un pronóstico oscuro: mar peligroso, dice.
*Dijimos Nunca Más es un libro compilado por Constanza Brunet y Debret Viana que incluye 80 relatos de distintas personalidades de la cultura como Patricio Barton, Gustavo Sylvestre, Adolfo Pérez Esquivel, Myriam Bregman y Taty Almeida.
A cincuenta años del golpe cívico-militar de 1976, indaga en el drama del terrorismo de estado mediante una variedad de perspectivas que buscan mantener viva la lucha por la Memoria, la Verdad y la Justicia.
El libro fue presentado el sábado 21 de marzo por Taty Almeida y Adolfo Pérez Esquivel en el Auditorio Abuelas de la Casa por la Identidad, en el Espacio de la Memoria que se encuentra en la vieja Escuela de Mecanica de la Armada (ESMA).