Marea Editorial

La última batalla

Como homenaje a las caídos en las Islas Malvinas, reproducimos un fragmento del último libro del Edgardo Esteban, periodista, escritor, docente y ex combatiente.


La noche del 1 de noviembre de 2020 padecimos una extraña primavera: humedad pegajosa, un cielo plomizo que no terminaba de abrirse, lloviznas intermitentes que empañaban los vidrios y un silencio raro en las calles, como si el mundo entero hubiera quedado en pausa. La pandemia todavía nos escondía, y yo aún no me acostumbraba a esa calma forzada.
Me serví una copa de Chardonnay bien frío, con mucho hielo, parte de mi ritual de los domingos por la noche, y me puse a mirar el partido de River Plate, que jugaba de visitante contra Banfield, por la primera fecha del torneo local, y perdía 3 a 1. Resultaba extraño ver por televisión un estadio completamente vacío. Ese vacío también hablaba: los gritos aislados de los jugadores rebotaban en las tribunas desiertas, un eco de otro tiempo. Aun así, el fútbol era un alivio en medio del encierro.
Solo salía de casa para comprar alimentos y para ir al Museo Malvinas. El edificio se había transformado en una fábrica solidaria. Con impresoras 3D producíamos viseras de acetato para proteger al personal médico, sanitaristas y de seguridad que enfrentaban el covid en los hospitales. El resto del tiempo lo pasaba en el departamento de cien metros cuadrados. Allí también inventé una rutina: caminaba ciento cincuenta vueltas por las habitaciones, engañando al cuerpo y a la ansiedad, como si esos pasos fueran kilómetros recorridos hacia alguna parte.
Aquella noche, en medio del partido, el celular no dejó de sonar. Una y otra vez, insistente. Lo ignoré. María me miró 24 desde el sillón con impaciencia, pero cuando jugaba River el tiempo exterior se detenía. Lo puse en silencio y lo dejé sobre la mesa. River ganaba uno a cero.
En el entretiempo, mientras preparaba una picada, vi la pantalla llena de mensajes de Daniel, todos urgentes. Me pedía que atendiera a una periodista cordobesa llamada Alicia. Rezongué: no era el momento. Pero terminé llamándola.

–Hola, soy Edgardo Esteban. Me dijeron que estabas tratando de comunicarte conmigo.
–Hola, Edgardo –respondió con voz agitada–. Soy Alicia Panero, periodista de Córdoba, especializada en Malvinas. Quizás me conozcas o me hayas escuchado nombrar. Perdón por la hora, pero necesito contarte algo urgente.
Pensé que se trataba de algo vinculado al Museo. Le propuse hablar al día siguiente, pero entonces dijo las palabras que me dejaron helado:
–Encontré en un remate de eBay tu cédula militar de la época de soldado. Está en Inglaterra.
El silencio se volvió más espeso que la humedad de esa noche. Apoyé la copa en la mesa. Sentí un viejo zumbido en el oído, el mismo que me había dejado sordo aquella madrugada en Sapper Hill, cuando la onda expansiva de un proyectil me lanzó contra el suelo. La periodista seguía hablando con cuidado, pero ya no la escuchaba. Solo repetía en mi cabeza: ¿Mi cédula militar? ¿Después de cuarenta años?
Ni siquiera la había dado por perdida. ¿Quién me la había quitado? ¿Cómo había viajado hasta un remate en el Reino Unido?
Con la ayuda de María entramos a eBay. Buscamos hasta que apareció la imagen: mi rostro rapado y serio, de marzo de 1981. La foto de ingreso al servicio militar, cuando me entregaron ese cartón blanco con mi nombre y mi grupo sanguíneo. Ahí estaba yo, con una mirada dura y desamparada: el gesto vacío de quien parte sin saber si volverá, sin imaginar que el destino lo llevará al infierno de la guerra.
Esa noche, frente a la computadora, sentí que todo mi pasado me golpeaba de una sola vez: la muerte de mis padres, los días en Malvinas, los compañeros caídos, los suicidios de la posguerra, la depresión, el periodismo, mis hijos, mi nieta, María, todo junto. En el centro, esa cédula perdida que de pronto encendía la memoria del archipiélago.
Me quebré. Lloré como un niño de nueve años. Lloré como el día en que murió mi madre. Lloré por los que no volvieron, por los que se fueron después en silencio, por la herida que ni cuarenta años después había terminado de cerrar. Esa foto era también mi identidad, arrancada en la guerra y devuelta de la forma más impersonal y absurda: un remate digital.
Verme con solo dieciocho años fue revivirlo todo: el barro, las balas trazantes, la sangre en el cuello, el miedo constante. La sensación de que el enemigo no solo te arrebata un documento, sino también el nombre, la voz y la historia.
La guerra volvió sin pedir permiso. Y con ella, la certeza de que estaba por comenzar una nueva batalla: la batalla por recuperar mi identidad.
Después de aquella llamada, mi vida ya no fue la misma. El partido quedó en silencio en la pantalla como un telón de fondo que había dejado de importar. Durante varios minutos permanecí inmóvil con el celular todavía en la mano. Intenté recordar dónde había quedado aquella cédula militar, pero la memoria se volvió un laberinto. Cuarenta años se comprimieron en un instante. Volvieron los proyectiles, el olor a pólvora, el miedo a morir. ¿La olvidé en el pozo de zorro? ¿Se me cayó en la turba helada? ¿Me la quitaron cuando subimos como prisioneros al buque Canberra?
Aquel domingo dejó de ser un día cualquiera. La llamada de Alicia me devolvió a Malvinas en medio de la pandemia y lo cubrió todo: el encierro, la rutina, el partido, la calma impostada de esos días de cuarentena. Me asaltaron preguntas que dolían: ¿cómo algo tan íntimo, tan mío, una parte de mi identidad, podía estar en venta, convertido en un trofeo de guerra?
Volví a entrar una y otra vez a eBay, como en una pesadilla. Allí estaba. La pantalla me devolvía una imagen que me golpeó el pecho: yo, pelado, con el uniforme, apenas dieciocho años. La cara seria, endurecida por el frío, perdida en una mirada sin horizonte. Era mi foto de ingreso al servicio militar. Me vi y no me reconocí. Esa cara era la mía, pero también la de un extraño. El impacto fue brutal.