Marea Editorial

Los enfermos del ministro Tróccoli: homosexuales, maricas, prostitutas y travestis

Por Mabel Bellucci

Mientras que la intelligentsia como gran parte de la dirigencia radical del gobierno de Raúl Alfonsín (1983-1989) se esmeraban en anunciar garantías institucionales donde la libertad, la paz, el respeto por los derechos humanos y la democracia serían finalmente el reaseguro de su administración, en simultáneo, había una confrontación con el Estado por el uso de la violencia como factor de intimidación dirigido a los homosexuales, maricas, putas y travestis.

Durante la etapa de la post-dictadura, la homosexualidad se integró a una coyuntura atravesada por los organismos de derechos humanos que, por un lado, dispensaban una contención política y, por el otro, servían como espacio canalizador de conflictos. De todas formas, algo no quedaba claro: la intervención del partido gobernante respecto de lo que debía entenderse como lo penalizable. En este terreno, el radicalismo a lo largo de su mandato mantuvo posturas ambivalentes entre el accionar concreto de la represión policial y el discurso de defensa de las libertades individuales. El pretexto más usado para ocultar la intimidación fue la lucha contra la ebriedad, vagancia, mendicidad, desórdenes, prostitución, drogas y pornografía, todo ello podría resultar insignificante frente al conjunto de violaciones a los derechos humanos que resonaba todavía. En el clima social de esos primeros años de la postdictadura, la persecución, si bien se vivía como un acto de hostigamiento focalizado contra los homosexuales, luego de la experiencia dictatorial no resultaba extraño que la policía volviera a tomar el control de la vida pública. Fue una época en la que los procedimientos consistían en parar la música, prender las luces y llevarse a quien estuviera en el lugar, elegido a dedo. Luego de pasar horas en una celda les ponían delante un papel de una contravención y debían firmarlo, bajo la excusa que brindaba la ley de averiguación de antecedentes y los edictos policiales. De esta forma, se justificaba el abuso de autoridad. Esta detallada descripción es relatada por Osvaldo Bazán en su libro Historia de la homosexualidad en la Argentina:

“Las razias de la primera democracia se encargaron de limpiar de maricones las calles porteñas. Las avenidas Corrientes, Santa Fe y Nueve de Julio y las calles Florida y Lavalle fueron cotos de las comisarías 17 y 19. Entre el 20 de diciembre de 1983 y el 21 de marzo de 1984, escaso tres meses, se detuvo a la increíble suma de 21.342 personas por averiguación de antecedentes.”[1]

Asimismo, Bazán se detiene en describir con detalles más que escalofriantes cómo las comisarías seguían siendo cotos de caza con procedimientos totalmente ilegales que arrastraban de las épocas de los “bastones largos”, en el onganiato.

“Recurrían a interrogatorios exhaustivos, a formas de presión psicológicas basadas en llamadas telefónicas tanto a familiares como al lugar de trabajo de la persona detenida para avisar la razón por la cual se encontraba demorada. Todo esto y mucho más era lo que debía atravesar el supuesto ‘acusado’ por el simple hecho de ser homosexual”.[2]

No obstante, al poco tiempo de transcurrida la transición, los homosexuales, maricas, travestis y prostitutas se darían cuenta de que nada había cambiado: las razias policiales utilizando los edictos y la Ley de Averiguación de Antecedentes se hicieron cada vez más frecuentes. Por ejemplo, los edictos 2ª F y 2ª H -cuyos textos respectivamente decían “los que se exhibieren en la vía pública o lugares públicos vestidos o disfrazados con ropa del sexo contrario” y “las personas de uno u otro sexo que públicamente incitaren o se ofrecieren al acto carnal”- fueron soportes cruciales para que la policía, mediante allanamientos, razias y detenciones arbitrarias, pudiese perseguir, detener y reprimir a las minorías sexuales en sus lugares de encuentro.

El entonces Ministro del Interior, Antonio Tróccoli, importante dirigente del ala conservadora de la Unión Cívica Radical (UCR), afirmó en mayo de 1984 “que la homosexualidad era ‘una enfermedad’ y que nosotros pensamos tratarla como tal”.

Estas declaraciones escandalosas aparecieron en El Porteño (1982-1993), revista que construyó una tribuna de la vanguardia alternativa con un claro tono denunciante, a diferencia del periodismo clásico de la época. Se llamó “Tróccoli y las reglas de juego” publicada en mayo de 1984, en el n.º 29. El reportaje estuvo a cargo del escritor y periodista Enrique Symns junto a Juan González. Symns había descubierto de la España posfranquista que luego de una gran dictadura había que lanzarse por fuera de los circuitos culturales comerciales. Y eso hizo. Fue cultor de esa cuota innovadora en la producción gráfica que dejó una impronta comprometida con un estilo marginal. Su talante directo, despojado de sutilezas y con mucho encanto para escandalizar, lo llevó a lanzar Cerdos & Peces, el primer suplemento de El Porteño. Luego cobraría autonomía propia.[3]

En “Tróccoli y las reglas de juego” no faltaron preguntas libertinas para un contexto de iniciación que se estaba atravesando: la homosexualidad masculina, las sexualidades en general, la pornografía, las drogas y, por cierto, la clandestinidad del aborto. Aún persiste la duda de cuáles habrán sido los intereses del funcionario para exponerse a un interrogatorio tan espinoso, por momentos con ribetes imprudentes, sin ninguna retribución a cambio, ni siquiera un plus político a su favor. Por lo visto, el ministro tenía más muñeca para manejarse con los medios gráficos del establishment que con los alternativos, más aún, con uno que se había alineado en encontrar las fisuras del gobierno de Alfonsín.

En consecuencia, sus argumentos no fueron del todo polite. Por ende, generaron un clima de tensión en beneficio de Symns que iba en aumento su filosa provocación a medida que preguntaba como en un efecto cascada. Quizás, a Tróccoli su anacronismo le permitía imponer la idea que el respeto por determinados códigos para las buenas costumbres tenía que ver con el funcionamiento institucional y, sin duda, la moralidad era pensada como parte de la función estatal. Aunque cabe pensar también que tales declaraciones homofóbicas no fueron inocentes, sino que encerraban una severa advertencia para tener en cuenta por los homosexuales, en particular, definidos como enfermos. Partamos de una base que él no era un político improvisado. Por cierto, ocupaba un ministerio tan imprescindible para lograr ese tipo de gobernabilidad que exigía la transición. Experimentado apostó, sabiendo que en esa revista había escucha, y, al mismo tiempo, sería escuchado con atención.

Enrique Symns: Uno de los temas que preocupa al gobierno es la pornografía. ¿Usted considera que la pornografía es perniciosa para la salud mental de la población?

Antonio Troccoli: Nunca se permitió en ningún lado del mundo la pornografía. Se la combatió de distintas maneras: bajo regímenes autoritarios a través de la censura y de la represión, en otros encerrándola para preservar tanto a los menores y a los adultos que no tienen interés en la pornografía. Esta última es la línea estratégica que va a seguir el gobierno. Nosotros vamos a impedir que se haga la exhibición pública, pero no mediante acciones represivas y proscriptivas, sino precisamente haciendo que su acceso esté destinado a aquellos adultos que quieran acceder a ello.

E. S.: Los homosexuales han denunciado que son víctimas de una persecución indiscriminada por parte de la Policía Federal y otros abusos. ¿La homosexualidad está considerada como un delito?

A. T.: La homosexualidad es una enfermedad, de manera que nosotros pensamos tratarla como tal. Si la policía ha actuado es porque existieron exhibiciones o actitudes que comprometen públicamente las reglas del juego de una sociedad que quiere ser preservada de manifestaciones de este tipo. De manera que no hay tal persecución, por el contrario, creo que hay que tratarla como una enfermedad.

E. S.: ¿De qué manera es el tratamiento?

A T: Sobre la base de la educación, una docencia que permita preservar a los jóvenes para evitar que se introduzcan este tipo de prácticas.

Era sabido que un eje de la época representaba la denuncia de los códigos contravencionales y de faltas, la Ley de Antecedentes que atentaba contra los homosexuales, maricas, prostitutas y travestis como los edictos policiales, por los cuales el Frente de Liberación Homosexual (FLH) había luchado desde los inicios de los setenta. De inmediato, hubo respuestas de varios militantes de ese presente que interpelaron al funcionario por sus posiciones homofóbicas, racistas y discriminatorias que no solo se limitaban al odio sino a la exclusión más abyecta.

Si bien, desde la Comunidad Homosexual Argentina (CHA) se impugnaron sus torpes declaraciones, sin embargo, no hubo un comunicado institucional en torno a sus comentarios.

En cambio, la revista Cerdos&Peces n.º3 (junio de 1984), dirigida por Enrique Symns, él llevó a cabo una entrevista” Los gays responden” a Zelmar Acevedo, Elena Napolitano y Héctor C. en representación de los grupos gays con el objetivo de dar una respuesta contundente a las acusaciones de Tróccoli. Al respecto, Acevedo expresó:

“No sé qué datos puede poseer el Sr. Tróccoli que una enfermedad puede inducir a otras formas delictivas. Debe querer referirse a la corrupción de menores, la drogadicción, al alcoholismo, la delincuencia juvenil, se tiende a fusionar la homosexualidad con todas esas anomalías sociales, pero no hay ningún estudio hecho, el tabú sobre la homosexualidad es tan grande que hasta la sociología no se ha ocupado en hacer una investigación profunda”.[4]

Al mes siguiente, el psicólogo Arnaldo Rascovsky, quien cuestionó los dichos del funcionario con un juicio tan anacrónico como el que intentaba desacreditar. En una nota firmada por Gerardo Yomal, “Denme otra madre y le daré otro mundo”, publicada en la revista El Porteño n.º 32 (junio de 1984), Rascovsky declaraba que “la homosexualidad no es una enfermedad, es un estado”; rematando con las siguientes frases:

“La homosexualidad es un trastorno resultante del abandono de los hijos, de la falta del padre. Y si la sociedad lo ha hecho homosexual, tendrá que soportar su homosexualidad y ver que hará para ayudarlo. Reprimirla es peor, el homosexual reprimido se hace criminal… El problema de la homosexualidad, desde el punto de vista social, sería que no favorece la reproducción. Uno puede dedicarse al placer sin la reproducción, pero pobres los que no tienen hijos: están muertos. Para mí el único sentido de la eternidad es la prosecución a través de los hijos”.

Siguiendo con las réplicas, Carlos Jáuregui, presidente de la CHA, en un extenso reportaje llevado a cabo por Diana Bilmezis “Nadie puede estar en contra de los gays. Si hasta en la iglesia, el ejército y la ultraderecha hay notorios homosexuales” (19 de junio de 1984), también lo rebatió con estos comentarios:

“Él dice que los homosexuales lesionamos las reglas del juego de la sociedad argentina. Habría que preguntarles a cuáles reglas se refiere. Porque las que estaban vigentes nos llevaron a callar, a festejar el Mundial y olvidarnos de la muerte. La sociedad argentina vivió dominada y gobernada por el miedo. Nosotros los homosexuales, sabemos mucho del miedo. Nos ha sido impuesto desde nuestras propias casas, desde la educación, hasta la represión oficializada. EI miedo a todo, a salir, a ir a boliches… el miedo a ser homosexual”.[5]

En esa dirección, Alejandro Jockl, secretario de la CHA, fue entrevistado por la revista El Periodista de Buenos Aires, n.º 3 (23 de septiembre de 1984) y su respuesta tuvo un dejo irónico:

“Todavía los homosexuales no sabemos cómo tratará el Ministerio del Interior a los enfermos, si es que le compete hacerlo, ni siquiera cuales son las reglas de juego que aludió Tróccoli. Pensamos que las únicas reglas a las que él y todos debemos atenernos son las de la Constitución. Pregunto. ¿Habrá otras?”

 Los límites de la primavera democrática              

 Durante los primeros meses de 1984 se registró un intenso rebrote represivo policial. De acuerdo al investigador Diego Sempol “las detenciones se habrían producido durante dos olas, la primera ocurrida entre 1984 y 1988, con un pico en 1985 (344 detenciones). Según este autor, entre julio de 1983 y junio de 1986 se produjo un incremento de la violencia policial, que implicó la detención, el maltrato, el chantajeo o coima a homosexuales; la tortura, el asesinato y la coima a travestis, y la detención de lesbianas.”[6] De inmediato, una delegación de la CHA solicitó una audiencia con el Ministro del Interior, quien justificó la derivación de la entrevista frente a su cargada agenda con un funcionario de menor rango. En esa reunión se detalló los procedimientos y abusos de autoridad por parte de las fuerzas policiales que fueron rechazadas de plano por parte del representante de esa cartera. Además, para reforzar el carácter democrático de la institución, este secretario mencionó algunos dichos del presidente argentino durante su reciente encuentro con el líder conservador, Ronald Reagan, en los jardines de la Casa Blanca. Al respecto, Alfonsín en su discurso había declarado “que nosotros apoyamos la filosofía de la democracia, la libertad y el Estado de derecho que nos iguala. Y añadió con gesto adusto, enfundado en un sobretodo azul “en la Argentina todos los habitantes son inocentes hasta que se demuestre lo contrario”. Palabras que se contradecían con la vigencia de la Ley de Averiguación de Antecedentes, los códigos contravencionales y el uso específico que se hacía de la misma sobre las minorías sexuales, en particular, sobre los homosexuales.

Desde aquel ministerio se comprometieron en estudiar el tema con el comisario general y jefe de la Policía Federal, Antonio Di Vietri, quien detentó la jefatura entre diciembre de 1983 y julio de 1986. Era evidente que no había interés alguno por investigar ya que dejar la responsabilidad en manos de Di Vietri, demostraba casi un ensañamiento. Este personaje, que supuestamente se comprometía a emitir una contestación lo antes posible, es  recordado por su compromiso en la tremenda represión del 20 de diciembre de 2001, con seis manifestantes muertos en las inmediaciones de la Plaza de Mayo[7].

De esta forma, con respuestas plagadas de peligrosos conceptos se pensaba y se castigaba a la homosexualidad por parte del Estado y de los discursos científicos y morales. Por todo lo expresado, se consideraba que la transición política liberal avanzaría en una profundización de la democracia, en particular, la social y sexual. En cambio, lo que demostró el alfonsinismo fue las graves carencias para frenar la represión y la violencia institucional que no desmanteló de inmediato. Más aún: prosiguió el aparato represivo en la vida cotidiana, pese a la voluntad de juzgar a las cúpulas militares, los edictos policiales y la Ley de Averiguación de Antecedentes siguieron vigentes. En efecto, el discurso democrático convivía con prácticas policiales heredadas. Por algo la primera expresión de visibilidad que tuvo la CHA fue publicar, el 28 de mayo 1984 en el diario Clarín, una solicitada bajo el título “Con discriminación y represión no hay democracia”. 

Una de las enseñanzas reveladoras de Michel Foucault fue confirmar que los regímenes políticos necesitan disciplinar y para que la disciplina se haga carne, lo mejor es empezar por el cuerpo.

* La autora es archivista, escritora y activista feminista queer. Este artículo es un fragmento del libro de pronta aparición Orgullo. Una biografía política de CARLOS JÁUREGUI. Marea Editorial, 2026. El libro se presentara en el CEDINCI, Rodríguez Peña 356 el 20 de agosto a las 18 hs,

[1]Bazán, Osvaldo, Historia de la homosexualidad en la Argentina. De la conquista de América al siglo XXI, Buenos Aires, Marea, 2004, p. 358.

[2] Ib.

[3]Roxana Patiño en su artículo “Revistas literarias y culturales argentinas de los ochenta”. Ínsula, n.º 715-716, julio/agosto de 2006, relata: “Desde El Porteño se construyó un discurso cultural disidente que, cruzado con la sátira y el registro humorístico, pasó tolerado por el régimen. Aprovechó la liberalización producida durante la guerra de Malvinas para lanzar un discurso opositor que luego el gobierno no consiguió hacer retroceder. El Porteño cubría la llegada de los escritores exiliados, la gestación de los movimientos de derechos humanos y otros movimientos artísticos que impulsaban la apertura democrática. Así, logró traspasar la transición y fue altamente representativa de este período”.

[4]Symns, Enrique, “Los gays responden. Buenos Aires: Cerdos&Peces, n.° 3, junio de 1984, p. 30. Disponible en: https://ahira.com.ar/revistas/cerdospeces/

[5]Bilmezis, Diana “Nadie puede estar en contra de los gays. Si hasta en la iglesia, el ejército y la ultraderecha hay notorios homosexuales”, Buenos Aires: Libre, n.° 23, 19 de junio de 1984, pp. 68-69. Disponible en: https://sexoyrevolucion.cedinci.org/files/original/58c87ee8b2e5ccf08394a7987e5c05de9a01b929.pdf

[6]  Sempol, Diego (s/f), “Capítulo 2: La violencia policial hacia la disidencia sexual en la postdictadura”, s/l,

[7] https://www.lanacion.com.ar/sociedad/citaron-como-testigos-a-ex-jefes-de-la-federal-nid375867/

FacebookXMastodonBlueskyWhatsAppTelegramWeChatEmailCompartir