Marea Editorial

Nostalgia del Paraná

En innumerables notas periodísticas publicadas en este diario durante años, este columnista expresó su amor al río que le da vida, salud, encanto, sustancia y riquezas a la República Argentina toda: el Río Paraná.

Producto de ese amor fue el libro de igual título –Paraná– que publicó Editorial Marea el año pasado, con notable recepción crítica y popular, en el cual y a lo largo de 230 páginas se resumen años de defensa del fluir maravilloso del río más importante y generoso de la América del Sur junto con el Amazonas.

Y río que además fue cuna y alimento de este columnista, como también fue taller y refugio, y fue salud, riqueza y bendición para muchas generaciones de argentinos y argentinas de por lo menos los últimos 100 años.

Y es que el Paraná ha sido, por siglos, la gran maravilla fluvial de este país por su fabulosa riqueza ictícola y por su valoración industrial y comercial. Pero ahora todas las alarmas están encendidas porque el río está siendo vendido a grandes corporaciones, tanto extranjeras como argentinas cipayas, que sólo sirven a intereses foráneos en grave detrimento de la economía nacional.

Dicho con todas las letras: al Paraná lo están vendiendo desde el gobierno nacional, traición que se inició unos 20 años atrás y a espaldas de por lo menos 20 millones de argentinas y argentinos ribereños que bebemos y cuidamos las aguas de esa maravilla natural que es uno de los cinco ríos navegables más importantes, enriquecedores, saludables y hermosos del Planeta.

Precisamente por eso el Paraná fue siempre apetecido históricamente, y su “venta” en forma de concesiones se intentó ya durante gobiernos corruptos como los de Carlos Menem. Y es evidente que es por eso mismo que en las últimas décadas nuestro río viene siendo saqueado y lentamente asesinado –los ríos tienen vida y los saqueos suelen incluir dragados malignos– mediante tramposas astucias de funcionarios y empresarios corruptos.

Y esto es lo que explica que todos los planes anunciados y mentidos por las grandes compañías depredadoras que vienen a abusar y destruir costas y calados, apuntan a la liquidación inconfesada del exquisito sendero natural que es el Paraná, que por siglos trasladó, alimentó, distribuyó y comerció las riquezas necesarias para el desarrollo y crecimiento de la República Argentina.

Hoy se sabe perfectamente que las más grandes corporaciones exportadoras, y en general el comercio exterior cipayo, desde hace mucho tiempo están listos para dar este golpe, como igualmente se sabe que sólo ahora tendrán permisos y créditos favorables a gusto, medida y placer del mediocre y corrupto Dictador que desgobierna hoy a la Argentina.

De ahí que todos los planes que se conocen, aunque negados por intereses comerciales, al igual que casi todos los capitales que están afilándose los dientes, tienen ya a sus servicios, ahora mismo, a muchos cipayos que desgobiernan hoy la Argentina pero brindan con champán importado.

Al parecer, y hasta donde sabe esta columna, son todas malas crías de las cohortes de funcionarios corruptos y mentirosos que hicieron lobbies durante por lo menos las últimas dos décadas, esperando gobiernos que favorecieran sus desmesurados intereses.

Lo cierto es que ahora es inminente el atentado a la vida, la belleza natural nacional y la salud de millones de ribereños del Paraná que viven, vivimos y sobrevivimos a su vera.

Por eso estas advertencias: porque el delito de lesa bestialidad geográfica que es inminente, no ha sido ni es más que la misión de los intermediarios, negociadores, funcionarios traidores a la Patria que han venido preparando la olla podrida que será el Río Paraná dentro de muy poco tiempo, cuando encima haya quienes además procuren impedir el funcionamiento del Canal Magdalena, que es la otra maravilla natural que conectará al Paraná con el Océano Atlántico, a costos bajísimos y bajo entera soberanía argentina.

Que ése y no otro será el vinculo virtuoso del Padre Río con el Grande Océano, y el cual no deberá ser jamás concesionado sino, al contrario, preservado directo y soberano de manera que todo se opere en nuestras aguas y no en limitados canales extranjeros.

Así, el cambio climático global provocado por el capitalismo desenfrenado ya deforestó casi 100 millones de hectáreas en Nuestra América. Sólo en el Gran Chaco Americano, la segunda superficie boscosa más grande del continente después de la Amazonía, se ha talado alrededor del 50% de la superficie, y la ley 26.331 bien gracias. Estamos entre los 10 países del mundo que más desmontaron en los últimos 40 años. Y ahora corremos el riesgo –dificilísimo de esquivar– de que si mutan todos los ciclos pluviales y los drenajes, se expulsará a los pocos agricultores que resisten y cuyas tierras y aguas encima están envenenadas.

Y es que el Paraná, ese majestuoso río, es mucho más que un canal de navegación de grandes buques exportadores. Cualquier litoraleño lo sabe, en sus orillas sucede de todo: este complejísimo ecosistema es hogar, fuente de trabajo y recreación de las 13 o 14 millones de personas que viven en su cuenca.

Grandes ciudades como Corrientes, Paraná, Rosario, Resistencia, entre muchas otras, tienen a este río como centro de sus vidas. No por casualidad el arte le ha dedicado tantas obras a este río: canciones, pinturas, poemas y cuentos. ¿Alguna vez viste un atardecer desde una barranca? ¿Alguna vez te adentraste en alguno de los bosques ribereños de sus afluentes, donde la naturaleza te toca y te transforma? Hacelo y vas a ver que el Paraná no es solo una vía fluvial para el transporte de materias primas. El Paraná es mucho más que todo lo que se diga. Parafraseando a Aníbal Sampayo en su canto al hermano río Uruguay, puede decirse, y corresponde, que el Paraná no es un río; es un cielo azul que viaja. No hay que permitir, ni tolerar, que lo embarren infames intereses.

Nadie quiere, a orillas del Paraná, marchar hacia la posiblemente bella pero repudiable nostalgia de nuestro Padre Río. Lo que todos quieren en estas costas es que no se lo lastime más. Ni se engañe a los ribereños.

En la defensa del Padre Río, como lo llamaron los pueblos originarios hace seis o siete siglos y para siempre, sólo cabe denunciar –asumiendo con inmenso dolor nuestra impotencia– que lo que se viene si el Paraná es abusado como seguramente harán las grandes corporaciones que manejen y dominen los puertos y pesajes y demás, será el mayor desastre ecológico que afectará la salud, el trabajo y hasta la terminología y la honradez. Porque han venido imponiéndole al Río Paraná los nombres que no tiene y todos falsos, interesados y cretinos: hidrovía, canal de navegación, vía troncal, efluentes y otros macaneos.

Aquella compilación, que ya entonces titulé Padre Río, que es como lo llamaron siglos atrás los pueblos originarios del Norte argentino, es una antología en la que incluí prosas y poesías de todos los tiempos, alusivas al río Paraná y de los más relevantes autores de los siglos 16 al 20, en la que campean textos de Ulrico Schmidel, Ruy Díaz de Guzmán y Juan L. Ortiz, entre muchos otros.

Quién iba a pensar, entonces, que muchos años después y ya en este tiempo de esperanzas adelgazadas y groseras bestialidades de los poderes políticos, este columnista iba a tener que optar, domingueramente, por inventariar algunas reflexiones sueltas, porque, confesado, hoy para esta columna y respecto del Padre Río todo es, por doloroso, dificil de redactar.

Y quizás también porque, precisamente, al cierre de esta nota se reciben informes descorazonadores acerca de una guerra mundial plena de redes que también dañan la cabeza y el corazón –el espíritu mismo– de millones de personas en todo el mundo, en todos los idiomas y en todas las tecnologías.

Así, el cambio climático global provocado por el capitalismo desenfrenado ya deforestó casi 100 millones de hectáreas en Nuestra América. Sólo en el Gran Chaco Americano, la segunda superficie boscosa más grande del continente después de la Amazonía, se ha talado alrededor del 50% de la superficie, y la ley 26.331 bien gracias. Estamos entre los 10 países del mundo que más desmontaron en los últimos 40 años. Y ahora corremos el riesgo –dificilísimo de esquivar– de que si mutan todos los ciclos pluviales y los drenajes, se expulsará a los pocos agricultores que resisten y encima cuando sus tierras y aguas estén envenenadas.