Marea Editorial

Reseña bibliográfica de Marcos Rosenzvaig

Reseña académica de Cabeza de Tigre, por parte de Betina Campuzano, de la Universidad Nacional de Salta.

Cuando nos acercamos a la novela histórica que retrata climas epocales complejos como el universo de la emancipación continental, nos hundimos envarias problemáticas que se suceden alrededor de los procesos de ficcionalizaciónde la historia: las consabidas cuestiones referidas a la verosimilitud, la configuración de las figuras heroicas y de un discurso criollo, las asociaciones dela gesta decimonónica con arcaicas representaciones escolares enraizadas en lamemoria, por ejemplo.

La novela Cabeza de Tigre. La patria que nos robaron (2017), deldramaturgo, ensayista y novelista tucumano Marcos Rosenzvaig nos invita anavegar por estas problemáticas completando el trayecto que se inicia con Perderla cabeza. Los amores que la historia no perdonó (1998), cuya tercera reedicióncorregida circulará en julio de 2018 y que versa sobre la decapitación de MarcoAvellaneda. Y continúa con Monteagudo. Anatomía de una revolución (2016), quefue publicada en el marco del Bicentenario de la Declaración de la IndependenciaArgentina y pone en diálogo los restos del héroe zambo con un forense que, cienaños después de su muerte, procura dilucidar si posee ascendencia afro o indígena.Con esta trilogía — que recupera aquellos episodios, personajes y espacios históricos que, si bien son reconocibles, no forman parte de los relatos centrales dela gesta emancipatoria — el autor entusiasma a los lectores invitándoles a desandarcaminos. Así, se evidencia que, entre retóricas y climas epocales, está cifrada laidentidad nacional y que los avatares de la contemporaneidad argentina puedenexplicarse en matrices conformadas en la larga duración.Tres historias se entrelazan en un mismo espacio - Cabeza de Tigre , parajeque se encuentra entre Córdoba y Santa Fe, que se llamará luego Los Surgentes -.

Tres historias se entretejen en el relato de José Antonio Grimau que, como buen “cuentero”, transmite a sus hijos el “cuento” de la familia y de la patria, tramitando así la memoria personal y la nacional. La primera sucede en 1810 y es quizá lahistoria por la que todos conocemos la existencia y la relevancia de Cabeza deTigre , relevancia por la que — incluso — se ha producido un filme homónimo en el2001, dirigido por Claudio Etcheverry: nos referimos al fusilamiento de Santiagode Liniers. La segunda también acontece durante el periodo emancipatorio, un pocodespués, en 1817, y quizás nos resulta la más novedosa porque es, tal vez, la menosconocida. Pero, sin duda, es la más relevante porque articula las diferentestemporalidades de la novela: se trata del robo de las Actas de la Independencia aCayetano Grimau y Galvez, el chasqui de la Independencia, luego de unaemboscada comandada por el Inglés García, soldado de Artigas. La tercera historiaforma parte de la aún convulsionada memoria reciente. Sucede en 1976, en el mismo lugar que conserva su signo de desgracia con un nuevo nombre: “LosSurgentes”. Entonces y allí, se produce el fusilamiento de siete militantes montoneros.

Las tres historias que ficcionalizan diferentes episodios históricos seengarzan en la cadencia del relato de José Antonio Grimau, descendiente deCayetano, quien en un presente — en el que siguen batallando diversas versiones dela memoria nacional — busca inicialmente la venganza y, con ella, el desagravio:en primer lugar, busca resarcir la historia de Cayetano rescatando las Actas de laIndependencia robadas y ajusticiando a los descendientes del crimen. Este rescatesignifica recuperar la legitimidad de la emancipación nacional pues, como dice el protagonista, “Ningún pueblo puede ser libre con una partida de nacimiento trucha.Yo, José Antonio Grimau, tengo el mandato de devolverle a este pueblo asaltado su dignidad” (Rosenzvaig, Cabeza de Tigre 151).

De algún modo, el robo de las Actas — quizá por ese poder performativoque tiene la palabra escrita tan bien capturado en la noción de la ciudad letrada (Ángel Rama, 1984) — ha significado el arrebato de una identidad nacional que,como la silueta de los desaparecidos, precisa ser encontrada para lograr su “reparación”. Hablamos aquí de “reparación”, no de la venganza inicial ni de armoniosas reconciliaciones. De esa forma, la memoria del chasqui o mensajero — que sobrevivió al robo, pero sucumbió ante la deshonra de un juicio y de una muertepor fiebre amarilla — y, por ende, la memoria de su familia, puedan reivindicarseen el camino de José Antonio, quien busca un lugar en los anales heroicos de lapatria. Así, el protagonista emprende el camino del héroe.

En segundo lugar, como un nuevo chasqui, José Antonio en su itinerario dedesagravios busca reclamar otro robo más próximo, un arrebato identitario: el de lafamilia de su esposa Ana. Su madre se incorpora a la novela en el personaje deDiana, a través de la ficcionalización de una octava fusilada en Los Surgentes. Deesta manera, Ana queda en su temprana adolescencia doblemente despojada: poruna parte, de los bienes materiales de su familia que han sido apropiados por losmilitares; por otra, de los bienes afectivos pues queda huérfana y a expensas de lospeligros y las violencias propias de la vida en la calle. La de Ana — al igual que lade José Antonio, cuyo padre se suicida — es la historia de la orfandad. Loshuérfanos de la dictadura que dolientes remiendan vidas maltrechas para continuar:

 

Quizás, pensó, dos huérfanos de alma podrían completar algo. Pero nofue así, porque esas heridas no cicatrizan nunca. Llevan la infección de laverdad escondida. José Antonio tenía miedo de que las heridas supuraranhablando, y Ana confiaba que la tierra las cubriría. (169)

 

Pero la herida de las identidades y los destinos robados — la de una naciónsin acta de nacimiento y la de una joven huérfana — solo podrán suturarse en elcamino de desagravio que emprende José Antonio cuando se condensa en la figurade Cayetano. De este modo, se convierte en un nuevo chasqui y en un héroevengador, las figuras de José Antonio y Cayetano se superponen, al igual que lastemporalidades, para refundar, reparar así el derrotero de la patria huérfana:

 

Él debió hacer lo que estoy haciendo ahora. Soy él, pero muero como unhéroe, sin extender décadas y décadas inútiles para sucumbir en ladeshonra de la fiebre amarilla. ¡Yo ajusticié a un traidor de la patria! ¡Yosoy el verdadero Cayetano Grimau! (14)

 

Cabeza de Tigre , como bien lo sugirió Noé Jitrik a propósito de su presentación, supera al género “novela histórica” y se enmarca en la tradición de la literatura de viaje. Sin duda, el camino de José Antonio, chasqui y héroe, busca — más que vengar — “reparar” los robos famili ares y nacionales para reescribir lahistoria. Una historia que se reescribe también con la incorporación de quienes han sido olvidados en los relatos criollos que procuran el “blanqueamiento” de la nación. Así, podemos verlo con la referencia al mestizaje, tema escamoteado por lanovela histórica argentina y reservado para los países hispanoamericanos deascendencia indígena; la referencia a los quechua y los aymara hablantes, a partirde un personaje muy interesante como lo es Nuna quien, si bien es amada porCayetano, será luego abandonada y sustituida por una esposa criolla; la referenciaa la figura de Güemes y su accionar militar que, como Monteagudo, no goza delmismo renombre que otros referentes del panteón heroico decimonónico.Una historia que se ficcionaliza escapándose del artificioso corsé genérico supuesto en la clasificación “novela histórica”.

Cabeza de Tigre se aleja de lascategorías que la preceden y lo hace con lirismo, con diálogos signados por elmagistral uso del registro dramatúrgico y con exquisitos guiños metatextuales. Sealeja de las variables establecidas para la novela histórica y para un sistema literario argentino que presume seguir un derrotero diferente al del resto del continente. Sealeja para encontrar un espacio único y propio: el de una escritura que experimentay ficcionaliza echando mano tanto de procedimientos poéticos como de losteatrales. Cabeza de tigre es entonces, más que una novela histórica, un camino o unaindagación poética sobre los procesos identitarios familiares y nacionales. Como losugiere el mismo narrador, que aparece hacia el final del relato, Cabeza de Tigre — el paraje, pero también la escritura — se erige como una “metáfora” de la Argentina o como un Aleph ; es decir, un prisma desde el que el narrador — ytambién, el lector — se acerca o se aleja para ver la historia nacional. En estaineludible referencia borgeana vemos cómo, en tono metatextual, la novela entabladiálogo no sólo con las referencias históricas de la nación sino también con elsistema literario argentino, con sus aristas más eruditas y más populares: asídiscurren a lo largo del relato las referencias al Gauchito Gil, el Martín Fierro, DonSegundo Sombra, la Pachamama o Rodolfo Walsh.

Y con el mismo acento borgeano y el tono metatextual, hacia el final se incorpora la figura de la “biblioteca” y el “archivo”, a partir del relato de Pablo: un narrador en primera persona que, durante el retorno de la democracia, se ha topadocon el registro de los fusilados de Los Surgentes, con el anaquel rotulado Las Actas perdidas de la Independencia , con unas cartas históricas, con un documento queordenaba el fusilamiento de Liniers. Y tiembla la mano de este narrador cuandodescubre cómo estos episodios se conectan en un mismo espacio. En pocaspalabras, las temporalidades simultáneas que conviven en un mismo territorio,superponiendo diferentes memorias, se suceden en Cabeza de Tigre , lugar que seconforma como metáfora o Aleph. Y allí, entre tiempos trenzados, se enlazan lasmemorias de una patria que ha sido asaltada de diversas maneras desde sunacimiento.

Cabeza de Tigre es un Aleph, del mismo modo que la escritura deRosenzvaig puede ser un prisma desde el que los lectores curiosos, que escarbanlos estantes de novedades en las librerías, siguen pensando en tiempos yuxtapuestos, en las batallas de la memoria y en los caminos de reivindicación.Quizá así, a través del prisma de la ficcionalización, los lectores pueden zarparhacia nuevas reflexiones que den un poco de sosiego en estos convulsionadostiempos.