Sobre los escombros de Gaza reúne intelectuales, militantes y periodistas israelíes que rechazan la brutalidad del gobierno de Netanyahu, la ocupación perpetua y el racismo institucional que han convertido a Gaza en tierra arrasada; pero también condenan sin matices la violencia criminal de Hamás y su fanatismo teocrático.
Las voces que componen este libro representan distintas formas de resistencia a un discurso que parece único en Israel: el de la guerra y la destrucción. Hay relatos de sobrevivientes al 7 de Octubre, miembros de kibutz arrasados, que sin embargo siguen diciendo no a la destrucción planificada por el Estado de Israel. Están las crónicas de las artistas palestinas-israelíes que capturan en obras plásticas el duelo por los niños y niñas asesinados, músicas censuradas por negarse a cantar para el Ejército, fotógrafos que hace décadas documentan la ocupación y las masacres. También especialistas realizan análisis económicos e históricos, que recorren el pasado y el presente de Gaza como una herida abierta desde 1948, el avance paciente y cruel de la colonización en Cisjordania y el derrumbe moral de una democracia que ya no logra reconocerse. Y frente a lo cual, nos muestra este libro, hay marchas y resistencias casi nunca visibilizadas por los grandes medios y su cerco informativo.
Desde el corazón de Israel, un libro vital para pensar qué significa resistir en tiempos en los que todo parece enemistarse con la posibilidad de la paz; en tiempos en los que es imprescindible no callar.
A continuación, un fragmento a modo de adelanto:
Rompecabezas de la derecha israelí: entre conservadores, religiosos y fascistas
por Dani Filc
La coalición que asumió el gobierno el 29 de diciembre de 2022, la coalición gubernamental cuyas políticas permitieron el bárbaro ataque de Hamás el 7 de Octubre de 2023, la coalición que lidera una espantosa guerra de exterminio en la Franja de Gaza es la coalición más derechista de la historia de Israel. Es una coalición conformada por tres corrientes diferentes de derecha radical: populismo de derecha radical, fundamentalismo nacionalista y fascismo clerical. Este artículo analizará las expresiones ideológicas y partidarias de las tres corrientes.
Como lo planteara Norberto Bobbio, derecha e izquierda se diferencian por su postura frente a la igualdad. Mientras que las derechas consideran que la desigualdad social es la expresión natural de desigualdades biológicas o primordiales, por lo cual las políticas tienen que expresar o reforzar esas desigualdades, la izquierda considera que, a pesar de las diferencias que caracterizan a los seres humanos en nuestra pluralidad, hay una igualdad esencial que nos define, y que las desigualdades entre diferentes grupos sociales son consecuencia de estructuras sociales que la política debe modificar.
El término “derecha radical” incluye a todos los partidos y movimientos que buscan cambiar el sistema político y la sociedad en su conjunto desde sus raíces para que estos expresen todos los ejes de desigualdad que consideran primordiales: de clase, de género, o de pertenencia étnica, nacional o cultural. Michael Minkenberg define la derecha radical como aquellos partidos y movimientos que buscan anular por completo los cambios sociales igualitarios que siguieron al período de reformas abierto por la Revolución Francesa, “radicalizando los criterios de inclusión y exclusión”. Se sustentan en el mito de una nación “natural” homogénea que debe ser protegida de aquellos que, supuestamente, socavan su pureza, ya sea desde “afuera” (extranjeros) o desde “adentro” (miembros desleales).
La nueva derecha radical, sugiere Minkenberg, no se opone necesariamente (de hecho, algunas de sus corrientes la apoyan fervientemente) a la idea democrática de la soberanía popular y el gobierno de la mayoría, pero adopta una visión excluyente, xenófoba y racista del pueblo soberano. Minkenberg considera que existen cuatro tipos de derecha radical: autocrático-fascista, racista o etnocéntrica, populista-autoritaria y fundamentalista religiosa.
La derecha radical, por tanto, abarca diferentes movimientos y partidos que comparten ideas importantes, pero difieren en otras. Basado en el caso israelí, este artículo presenta una tipología ligeramente distinta de la de Minkenberg, como se mencionó antes. Dado que el etnocentrismo/nativismo es una característica común a todos los tipos de derecha radical en la actualidad, propongo entender la derecha radical como compuesta por los siguientes cuatro tipos: derecha radical fascista/posfascista, populista, fundamentalista religiosa y nacionalista conservadora. El artículo analizará los tres primeros, porque son aquellos cuyas expresiones políticas conforman la actual coalición gubernamental en Israel.
Como suele ocurrir con las tipologías, estos son tipos ideales y no existen en forma pura en la realidad. Los cuatro comparten ciertas características, como nacionalismo extremo, nativismo y antiliberalismo. Sin embargo, como veremos a continuación en el análisis del Gobierno israelí, existen diferencias, entre otras la actitud frente al fenómeno democrático, la violencia o las políticas económicas.
Populismo de derecha radical
El populismo ha sido definido como una ideología, un discurso, un estilo político, una estrategia, un medio de movilización, una lógica de la política y de la política antiliberal, o bien una combinación de estos conceptos. El enfoque ideacional de Cas Mudde ampliamente utilizado, define populismo como una ideología “delgada”, que considera que la sociedad está dividida en dos grupos antagónicos: el “pueblo puro” y homogéneo, y las élites. El segundo componente de dicha ideología “delgada” es la concepción de democracia solo como la expresión inmediata de la voluntad de un pueblo soberano homogéneo.
El influyente análisis de Ernesto Laclau del populismo lo considera como una de las dos posibles lógicas de la política contemporánea (la otra es la lógica democrática). El populismo es la lógica política que surge cuando el establishment es incapaz de atender de manera diferenciada las distintas demandas sociales. Como resultado, se construye una cadena de equivalencias entre esas demandas diferentes, de tal manera que el campo político queda dividido entre “el pueblo” –el sujeto constituido a través de la cadena de equivalencias– y “las élites” en el poder, incapaces de responder a las demandas del pueblo. Robert Jansen define el populismo como una forma de movilización popular construida en torno a la oposición pueblo/élites.
Teniendo en cuenta las limitaciones de los distintos enfoques, propongo una definición que combina los de Mudde, Laclau y Jansen para argumentar, en primer lugar, que el populismo es una “familia” de movimientos y partidos políticos que presentan proyectos hegemónicos alternativos. En segundo lugar, el populismo emerge en sociedades en las que los conflictos por la inclusión/exclusión de ciertos grupos sociales son centrales. En tercer lugar, los movimientos populistas construyen cadenas de equivalencias que constituyen al “pueblo” frente a “las élites” y movilizan a los primeros resaltando el antagonismo elitista. En cuarto lugar, dado el estatus hegemónico de la concepción liberal de democracia, el populismo promueve una visión antiliberal, en la cual democracia es solo la expresión no mediada de la voluntad del pueblo soberano.
Las diferentes acepciones del término “pueblo” permiten dividir al populismo en dos grandes subgrupos. Así, “pueblo” puede referirse a toda la comunidad política, como sinónimo de nación; puede referirse a la plebe, al popolo minuto, en oposición a la aristocracia, los grandi o las élites; o puede ser interpretado como unidad orgánica etnocultural, expresado en el término alemán volk.
Las distintas formas de combinar estos significados dan lugar a los dos miembros de la familia populista: populismo inclusivo y populismo excluyente. Mientras que el populismo inclusivo privilegia la concepción del pueblo como plebe y promueve la inclusión en el nosotros de sectores previamente excluidos, el populismo excluyente, típico de la derecha radical populista, favorece una visión orgánica del pueblo como una totalidad étnica o culturalmente homogénea, excluyendo a trabajadores migrantes, minorías étnicas u otros grupos presentados como una amenaza para el pueblo entendido como un todo homogéneo y orgánico.
Benjamín Netanyahu se convirtió en líder del Likud en 1992. Bajo su liderazgo, el Likud se volvió un partido neoconservador, en la línea del Partido Republicano durante la época de Ronald Reagan y George Bush (padre). El período neoconservador del Likud abarcó la década de los noventa del siglo XX, y la primera década del siglo XXI. Luego de que Ariel Sharon fracturara el Likud para crear el partido de centro-derecha Kadima, Netanyahu lideró al Likud en las elecciones de 2009, en las que el partido obtuvo el peor resultado electoral de su historia, que expresaba los límites que presentaba en Israel un programa neoconservador (que tenía como elemento central un programa socioeconómico neoliberal radical).
La reflexión sobre la derrota llevó a un nuevo proceso de transformación del Likud, esta vez en un partido populista radical de derecha. El Likud, que ya era un partido nacionalista, se transformó en un partido nativista, y trastocó su concepción liberal conservadora de la democracia por una populista. Más aún, se alejó de la ortodoxia neoliberal de la etapa neoconservadora para adoptar una política económica neoliberal heterodoxa, en consonancia con las políticas económicas aplicadas por otros gobernantes populistas de derecha como Reccep Erdoğan o Viktor Orbán.
El nativismo del Likud tiene características únicas en comparación con los partidos populistas excluyentes europeos o asiáticos. El nativismo de estos es territorial: quienes no “pertenecen” al territorio, es decir los inmigrantes o minorías nacionales o religiosas, no
son parte de la nación, no son parte del pueblo soberano. El nativismo del Likud, en cambio, no es territorial, sino religioso-cultural: los árabes nacidos en Israel no son considerados nativos a los ojos de los populistas excluyentes, mientras que los judíos nacidos en otros países sí lo son. El pueblo judío es para el Likud de Netanyahu una unidad etnocultural cerrada, en la que el judaísmo es definido de acuerdo con la concepción religiosa ortodoxa, cuasibiológica, por la cual judío es quien nació de madre judía, o se convirtió según los preceptos de la ortodoxia. Como afirmó Netanyahu: “Debemos recordar siempre una verdad simple y única. Somos hermanos, somos un solo pueblo, no hay otro”. El “Otro” del pueblo en esta visión nativista son los no judíos, y más precisamente el Islam, y en particular los palestinos. En línea con esta división nativista y maniquea, el pueblo judío está constantemente defendiéndose de enemigos eternos, encarnados en este momento por los palestinos, incluidos aquellos que son ciudadanos israelíes, y quienes los apoyan (y que son considerados como la expresión actual de la némesis bíblica del pueblo judío: Amalek). Esta concepción se expresa tanto en el plano simbólico como en el político, a través del discurso, la legislación y las políticas públicas. La guerra de exterminio que el gobierno de Netanyahu lleva a cabo en Gaza es la expresión más violenta y desencadenada de esta visión nativista. A lo largo de los últimos quince años, Netanyahu y el Likud han construido una y otra vez lo que Ernesto Laclau llamó “cadena de equivalencias”, por lo cual se igualaba desde ISIS hasta los palestinos ciudadanos de Israel, pasando por Hezbolá, Hamás y la Autoridad Palestina, y terminando en aquellos que, en la izquierda o en el centro del espectro político israelí, eran acusados por Netanyahu de apoyar a los palestinos. Todos los esla bones de esta cadena son enemigos del “verdadero pueblo”.
Un ejemplo de esta cadena de equivalencias es la declaración de Netanyahu durante la campaña electoral de 2015: “Israel rechaza totalmente la escandalosa decisión de la fiscal de la Corte Internacional [de aceptar a Palestina como miembro]. Tras su absurda decisión, Hamás ya declaró que demandará al Estado de Israel. No me sorprenderá si oímos planteos similares de Hezbolá, ISIS y Al Qaeda […] la fiscal decidió investigar a Israel, que defiende a sus ciudadanos de la organización terrorista islámica extremista Hamás, que pretende masacrar a los judíos. Es el mismo Hamás que tiene un pacto con la [Autoridad Palestina]”.
Encontramos otro ejemplo de dicha cadena de equivalencias en una “reunión de emergencia” que convocó Netanyahu como parte de sus intentos de evitar la formación de un gobierno centrista apoyado por la Lista Árabe Unida, que representa a amplios sectores de la minoría palestina en Israel. Netanyahu declaró que los parlamentarios árabes “quieren destruir el país” y que, si tal gobierno se estableciera, “Teherán, Ramala y Gaza lo celebrarían”.
El Islam es el Otro por antonomasia para Netanyahu, y la islamofobia es central en su retórica: “Después de un atentado terrorista, nosotros lloramos. Ellos convierten a los terroristas en sus héroes. Nombran calles y plazas en su honor. […] Quien mata indiscriminadamente a ciudadanos inocentes no lucha por los Derechos Humanos ni por la libertad, busca la exterminación y la tiranía […] como en Irán, Gaza o bajo el ISIS”. En esta visión apocalíptica, el pueblo judío, entendido como una entidad definida por la biología, se enfrenta a constantes y eternas amenazas de exterminio.
El día de las elecciones de 2015, cuando las encuestas indicaban que Netanyahu estaba por detrás del laborismo y la participación electoral era baja, utilizó esta cadena de equivalencias para alentar a los votantes a acudir a las urnas. En su página de Facebook (más tarde replicado en otros medios), dijo:
El gobierno de la derecha está en peligro. Los votantes árabes están yendo a las urnas en grandes cantidades. ONG de izquierda los llevan a votar en autobuses. Nosotros no tenemos a V15 [una ONG de centroizquierda que apoyaba a la oposición al Likud y a Netanyahu]. Los tenemos a ustedes [ciudadanos judíos]. Vayan a votar, traigan a sus amigos y familiares, voten por el Likud. Con su ayuda y la de Dios conformaremos un gobierno nacional que protegerá al Estado de Israel.
La cadena de equivalencias que construye el antipueblo también se extiende hacia la izquierda y centroizquierda israelíes (todas referidas como “la izquierda”), supuestamente desleales. Comentando sobre la Resolución 2334 del Consejo de Seguridad de las Naciones
Unidas (ONU), que reafirma que los asentamientos en Cisjordania son ilegítimos, Netanyahu declaró:
Los políticos de los partidos de izquierda y los periodistas de televisión estaban extremadamente satisfechos con la resolución del Consejo de Seguridad; casi tanto como la Autoridad Palestina y Hamás.
En las elecciones de abril de 2019, la campaña electoral del Likud amplió aún más la cadena de equivalencias que define al “antipueblo”. El Likud afirmó que Benny Gantz, líder del partido centroderechista Azul y Blanco, “formaría un gobierno con los partidos árabes”
y que dicho gobierno sería apoyado por Teherán. Esto, argumentó el Likud, era “prueba” de que Gantz no era una alternativa legítima.
Aunque el nativismo del Likud se dirige principalmente contra los palestinos y el Islam, también se orienta contra otros no judíos que son percibidos y presentados como una amenaza, como por ejemplo los solicitantes de asilo. Miri Regev, todavía como diputada antes de ser nombrada ministra, los presentó como una amenaza para las necesidades y el bienestar de la población judía trabajadora que vive en los barrios del sur de Tel Aviv (donde reside la mayoría de los solicitantes de asilo africanos). Regev llamó a los refugiados sudaneses “un cáncer en el cuerpo de nuestra nación”.
El antielitismo de Netanyahu y del Likud no está orientado contra las élites económicas, y por supuesto tampoco contra la élite de los colonos en los territorios ocupados, que son parte de su coalición. Bajo el liderazgo de Netanyahu, el foco del antielitismo del Likud está puesto en las élites jurídicas, académicas, burocráticas y culturales, todas englobadas bajo el término “la izquierda”. Como en otros lugares, el antielitismo insinuaba –y a menudo afirmaba abiertamente– que dichas élites detentan el poder (en ocasiones bajo la forma de un “estado profundo”) que impide al gobierno electo ejecutar la voluntad del pueblo. Los líderes del Likud culparon a las élites de una crisis de gobernabilidad que impide al gobierno elegido implementar sus políticas, una crisis que solo puede resolverse desmontando dicho poder, como intentó hacer a través de la reforma judicial anunciada en enero de 2023.
Como todos los populismos radicales de derecha, el Likud es antiliberal en lo político. Durante la última década, el Likud ha desarrollado una concepción antiliberal por la cual la democracia se entiende principalmente como el “gobierno del [pueblo] judío”, entendido como el gobierno incontestado del sector que ellos plantean como mayoritario y, por lo tanto, única voz dentro de la mayoría judía de Israel. Elementos centrales de la democracia liberal, como el equilibrio entre las diferentes ramas del Estado, el pluralismo institucionalizado o ciertos derechos individuales, son considerados secundarios o, como en el caso de la revisión jurídica de decisiones del Poder Ejecutivo o de la legislación, claramente antidemocráticas.
En la visión mayoritaria de democracia que el Likud ha adoptado, el Poder Ejecutivo y la coalición parlamentaria gobernante son vistos como la expresión de la voluntad del pueblo, ya que han sido elegidos por la mayoría. En consecuencia, deberían tener autoridad plena para determinar las políticas, sin interferencias ni del funcionariado profesional ni de la Corte. Elementos centrales de la democracia liberal, como la revisión jurídica o la independencia del Poder Judicial, son percibidos como obstáculos a la voluntad popular. Yariv Levin, quien más tarde orquestaría la reforma judicial, lo explicó en una entrevista:
El rol de la Corte […] no es reemplazar a la Knéset [el Parlamento israelí], al Gobierno o al pueblo. Aunque se llame Corte Suprema, los jueces no son personas superiores, sus valores no son superiores a los del ciudadano común. Esta forma de pensar es antidemocrática y peligrosa.
En 2020, como presidente de la Knéset, Yariv Levin atacó a la Corte Suprema, argumentando que:
[…] cuando [la Corte Suprema no permite] destruir la casa de un terrorista, pero al mismo tiempo ordena destruir las casas de judíos [la Corte Suprema ordenó el desmantelamiento de las viviendas del asentamiento judío ilegal Mitzpe Kramim en los territorios ocupados] esto es insoportable […]. El problema es que lo que decide cómo falla la Corte no es la esencia del derecho, sino quién está pidiendo el derecho: hay una justicia para unos, y otra justicia para otros. La retórica de los pseudo derechos humanos oculta visiones políticas de izquierda radical, y el resultado es insoportable y debe cambiarse.
Otro foco del antielitismo son los medios de comunicación, muy críticos con Netanyahu y su gobierno, y por lo tanto retratados como parciales y antipatrióticos. Esto es paradójico, dada la forma en que se “enrolaron para la causa” en la guerra de Gaza, no informando, o informando muy parcialmente, sobre la catástrofe humanitaria.
Para Netanyahu, el ataque a la prensa conjuga lo personal con lo político:
Los medios de izquierda mantienen una cacería bolchevique, un lavado de cerebro y un asesinato de carácter contra mí y mi familia […] Dudo que haya precedentes de algo así en un país democrático. ¿Por qué lo hacen? Porque la izquierda domina los medios desde la creación del Estado de Israel, dominan distintos centros de poder de manera antidemocrática, y yo soy el primer Primer Ministro que intenta cambiar este estado de cosas. Por eso hacen todo lo posible por deshacerse de mí, y así eternizar el control de la izquierda, en contra de la voluntad de los votantes.
En lo que hace a políticas socioeconómicas, el Likud ha adoptado a partir de la segunda década del siglo xxi una forma heterodoxa de neoliberalismo, en consonancia con la adopción de formas neoliberales heterodoxas adoptadas por otros gobiernos populistas radicales de derecha, como el de Orbán en Hungría o el del partido PiS en Polonia.
Cuando están en el gobierno, los partidos populistas de derecha radical deben sustanciar su afirmación de ser representantes del “pueblo”. En consecuencia, pueden adoptar el proteccionismo (como en el caso de Trump en Estados Unidos), beneficiar a los capitalistas
“nacionales” a expensas del capital internacional (como hizo Orbán en Hungría), o implementar una expansión selectiva de las políticas de bienestar (como Erdoğan en Turquía o el PiS en Polonia).
Estas políticas combinan algunos de los dogmas neoliberales, como la centralidad del mercado o la disciplina fiscal, con medidas redistributivas más heterodoxas que requieren la intervención del Estado, en forma de “competencia dirigida”, subvención de consumo
o de sectores determinados de la economía. En segundo lugar, los partidos populistas radicales de derecha adoptan alguna forma de chauvinismo del bienestar, incorporando en sus programas políticas que pueden considerarse como “socialdemocracia nacionalista”.
En el caso del Likud, sus políticas incluyeron el aumento real del salario mínimo (que se incrementó en un 38 % entre 2013 y 2019, por sobre el índice inflacionario en ese período), la extensión del “impuesto negativo” (por el cual familias cuyos ingresos eran menores que un mínimo establecido recibían un pago del Estado), subsidios a la vivienda y a ciertos servicios y productos, disminución de las tasas impositivas a ciertos productos importados haciéndolos más accesibles, entre otras medidas, que llevaron a que por primera vez desde la década de los ochenta, el índice de Gini, que mide el grado de desigualdad en la distribución del ingreso, disminuyera.
En resumen, el Likud a partir de la segunda década del siglo XXI presenta las características del populismo radical de derecha: nativismo, xenofobia, una concepción antipluralista de la democracia, antielitismo focalizado en las élites culturales y judiciales, y políticas socioeconómicas neoliberales heterodoxas.
Dani Filc es profesor de Ciencias Políticas y fue presidente de la organización Médicos por los Derechos Humanos. Es uno de los fundadores y dirigente de la organización judeo-árabe Standing Together, formada por jóvenes israelíes judíos y palestinos israelíes que son la pesadilla del gobierno de Netanyahu: irrumpen en programas de TV, van a la frontera con Gaza para pedirles a los soldados que se nieguen a servir en el Ejército y denuncian de múltiples maneras la política de destrucción de lazos entre palestinos y judíos.